Fotografía realizada por el autor a la obra 'The End', de Luis E. López-Chavéz

Gran parte de la nación aún piensa que la arquitectura navega entre ser la rama más profesional de la albañilería o un arte decorativo que podemos hacer nosotros mismos. Esta disciplina milenaria ha sido anulada por su aplicación. Mientras muchos creen que los algoritmos matemáticos de Pinterest son suficientes para poder imaginar algo nuevo, el Grupo de Estudios Cubanos de Arquitectura (GECA) practica pequeñas maniobras de resistencia para devolver a la ciudad ocasionales fragmentos de belleza.

Ver lo sublime en la destrucción de la Habana es un lujo aristocrático. Un folclórico espectáculo que, mientras se encuadre desde lejos, produce ganancias a la economía de servicios. Sin embargo, la arquitectura popular hoy habla desde un lenguaje que perdió el poder de sintaxis sobre las palabras. Sin mejor cosa que copiarse a sí misma, el único lujo que se puede dar es el lujo de los detalles. Una arquitectura de sumatoria compuesta por ventanas caras, muebles caros, lamparas caras, estructuras caras, y decoraciones caras; que siguen viéndose como espacios baratos. Cada elemento desconectado de los demás reproduce un lenguaje afónico. La ausencia de los arquitectos es algo tan evidente que ya no podemos percibirla, es parte natural de nuestro paisaje urbano. El vacío histórico de la arquitectura cubana tiene su reflejo en el vacío legal de su práctica.

Debo a la conjunción del acceso a los datos móviles y a un grupo de WhatsApp mi descubrimiento de GECA. Hace dos años me encontré con Orlando Inclán una noche y me comentó que algunos arquitectos estaban debatiendo a través de un chat, al que me añadiría. Al principio creí que era un irresponsable vuelo de la imaginación. Ahora sé que es una ficción posible. Sean legales, no legales, escondidas, o enmascaradas, las nuevas arquitecturas aumentan en número y se hacen presentes en nuestras ciudades. La realidad es indiferente a las descripciones oficiales que se hacen de ella.

Tras un largo vacío de acontecimientos, GECA emerge como un grupo periférico y apolítico. Su objetivo es divulgar la arquitectura cubana independiente e intentar alcanzar la legalidad legítima de una profesión necesaria. Sin escapar de las demandas del mercado, su épica microhistoria ha sido la del rescate de la arquitectura de autor. Respondiendo únicamente al sector privado, muchas veces han tenido que diseñar espacios para un turista incapaz de entender la inmensidad y acostumbrado a confundir dolor con souvenir. Pero, aunque sus estéticas sean comerciales, neoliberales o radicales, su condición alegal los convierte en un sutil acto de resistencia.

Para hablar de su origen, el plural es inevitable. La hipótesis de un solo inventor se desliza en el abrazo grupal. GECA encontró el método para pretender ser una institución sin serlo. Ama a la ciudad, pero sólo se le ha permitido ser su amante. Regresa a escondidas cada noche para dar el amor que durante el día la ciudad no pudo recibir de las Empresas Estatales y de los Arquitectos de la Comunidad. No se sabe cuántos arquitectos forman parte de su interior, ni cuantos estudios representa. GECA es sólo una hermosa idea compartida que podría ser cierta.

Hablo de una generación que no ha podido probar aún su compromiso social porque no ha tenido acceso a la obra pública. Carga sus propias culpas porque no tiene agenda propia. Depende del impulso privado y custodia intereses ajenos. Sueña con la posibilidad de diseñar escuelas, parques, viviendas sociales, hospitales y monumentos. Desea regalar algo al futuro de la ciudad, pero ha tenido que acostumbrarse a pensar que, ser reconocida de manera legal y poder trabajar sin restricciones, es un lejano sueño que quizá nunca pueda ser realizado.

Ante el incompleto proyecto de la construcción estatal de viviendas, la vivienda por esfuerzo propio sigue siendo el horizonte que menos nos decepciona. Es allí donde ha demostrado la arquitectura independiente su valor. Contrario a esto, el futuro de la prefabricación nunca llegó. La Empresa Estatal de Diseño Arquitectónico fue la respuesta a la falta de viviendas a principio de los sesenta. Fue el acto grupal y optimista de un grupo de arquitectos jóvenes que sacrificaron sus beneficios personales por las victorias colectivas. Pero como todo en esta vida, incluida la eternidad, los sueños nacen se desarrollan y mueren. Hoy estas mismas empresas estatales no tienen tiempo para perder en la vivienda social porque deben emplearlo en diseñar hoteles.

Antes de existir GECA, la arquitectura independiente cubana era un archipiélago de guetos. La Fundación Ludwig de Cuba dio el paso decisivo al planear en 2016 una serie de conferencias que se llamaron Tiempo Extra, haciendo alusión a que la mayoría de los arquitectos tenían trabajos estatales y manejaban sus estudios en los ratos libres. Desde 2019, GECA ha organizado exposiciones en galerías de arte, conversatorios, entrevistas, encuentros con asesores legales, fiestas, visitas a estudios y conferencias. El incipiente reconocimiento logrado hasta hoy ha sido posible gracias al esfuerzo grupal de muchos arquitectos.

En el 2016, fundé mi estudio junto a otros tres amigos. Tenía veintitrés años y aún estudiábamos en la Facultad. Sabíamos que no íbamos a obtener ninguna legalidad, no teníamos experiencia y ninguno de nosotros había construido antes. Entendimos que, si no existía infraestructura alguna para crear un estudio, lo único que había que hacer era creérselo. Un estudio de arquitectura en Cuba es simplemente una ficción capaz de incidir sobre la realidad. Una vez que logras conseguir tu primer cliente, tu mayor limitación es tu única libertad: todo hay que inventarlo desde cero.

Conozco algunos estudios que, por el contrario, prefieren no difundir su trabajo por miedo a lo que les pueda pasar. Un miedo difícil de explicar. Si algunos no sentimos ese peligro no es porque no sabemos lo que nos pueda ocurrir, sino porque aún no sabemos qué es lo que hemos hecho mal. GECA tiene algo de absurdo y de terco que sólo la eficiencia de la juventud puede lograr. Enfrenta su condición ilegal con respecto a la ley de una manera similar a como lo hizo Rosa Parks. Un asesino que mate y se opone a su condena sólo lo hace por el beneficio propio, Pero Rosa Parks fue una mujer afroamericana que, en 1955, en Alabama, decidió no pararse para darle su silla del autobús un hombre de piel blanca, como la ley la obligaba a hacerlo. Rosa Parks no se enfrentó a la ley por su propio beneficio, se enfrentó a la ley para cambiarla por el beneficio de la mayoría. Su “no” es una ley legitima, su ilegalidad un proyecto, su condena una culpa que aún carga el sistema. Me permito esta injusta comparación de un genocidio histórico con la simple omisión legal de una profesión, no porque crea que son luchas similares, sino porque sus metodologías lo son.

La arquitectura independiente en Cuba se manifiesta de manera similar a lo que Saskia Sassen llama “contrageografías”, que son aquellas fugas que tienen los sistemas y “son parte de la economía sumergida, pero también es evidente que utilizan infraestructura institucional de la economía regular […]. Estos circuitos no son representados de forma suficiente, escasamente considerados en sus conexiones con la globalización, circuitos que con frecuencia operan por fuera de la ley, sin que por ello estén implicados en acciones criminales.”

Todo sistema tiene un reverso que le da forma. Mientras lo formal (o lo oficial) es una región conocida y segura del plano, lo informal habita en su reverso. Su dispersión ocasiona que los bordes de lo oficial se vuelvan difusos todo el tiempo. Mirar hacia otro lado y no dejar claro dónde está la línea de lo legal, es para la oficialidad un económico mecanismo de control, a la misma vez que forma parte de un diálogo escondido y silencioso. Sze Tsung Leang nos explica que “en términos espaciales, una buena parte de la ciudad se genera más por omisión que por intención, creándose así una nueva cartografía compuesta por espacios controlados y espacios residuales.”

Vivimos un tiempo de prórroga, como le llama Marina Garcés. Una condición póstuma, donde ya acabaron los noventa minutos, pero aún no se ha acabado el juego. Una sola generación de arquitectos podría bastar para cambiar las cosas. La nueva Ley del Trabajo por Cuenta Propia prohíbe explícitamente tener un estudio de arquitectura en Cuba. La arquitectura independiente ahora pasó de la zona gris de lo ambiguo a la zona negra de lo prohibido. Esta disposición convierte en un crimen un acto de buena fe de los arquitectos que no sólo genera belleza y plusvalía a las ciudades y sus habitantes, sino que permite al sector privado hacer aquello que las empresas estatales no pueden por falta de infraestructura y de personal. Esta ley acabada de salir, de la que aún esperamos los reglamentos de su implementación, podría ser vista también como una posibilidad de debate y de cambio. Podría significar la destrucción del sueño de una generación de arquitectos que quiere quedarse trabajando en su país o el comienzo de una nueva etapa de la arquitectura cubana.

Según Jacques Lacan amar es dar algo que no tienes a alguien que no lo quiere. Preferir que no exista la arquitectura independiente y que nuestra ciudad, con su alarmante fecha de caducidad, sea vandalizada por Pinterest, Bouygues y la improvisación, es un error político que aún puede ser corregido. Aún no nos hemos ido. Los arquitectos independientes, aunque hayamos sido excluidos del nuevo contrato social, seguiremos dando lo que no tenemos a los que no lo quieren.

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