Luis Manuel Otero Alcántara en una acción del performance ‘Drapeau’ (2019)

La bandera es el símbolo mayor de la nación y, por tanto, también su mayor fetiche. Recientemente, la desbordada imaginación de la opinión pública ha producido una insidiosa interpretación de una foto que la propaganda estatal cubana ha repetido hasta el cansancio, en su afán de desvirtuar y presentar un performance como un acto sacrílego. En la foto, Luis Manuel Otero Alcántara aparece sentado en un inodoro con la bandera sobre sus hombros. La traducción de la imagen en el lenguaje popular enuncia, sin embargo, que el artista “se cagó en la bandera”. La traducción, de vaga exactitud, presenta la relación entre lo mundano y lo sagrado como una imposición de la inmundicia –el excremento– sobre el símbolo que la tradición pregona como intocable. Ello hace que la descripción del acto aparezca a la imaginación como algo grotesco, mucho más de lo que la imagen misma presenta.

Esa re-presentación, que remite a la profanación de lo sagrado, dice mucho de la condición de fetiche que ha terminado por habitar en la bandera y de su impacto sobre la atención de los espectadores atrapados en su poder capturador. Como fetiche, la bandera no es tanto un soporte de significados imbuidos de la parafernalia del nacionalismo –patria, soberanía, sangre, pureza–, como un sujeto convertido, por efecto de la magia del Estado sobre su vida pública, en un cuerpo hipersensible. Este requiere de un tratamiento preferencial por parte de una élite que habla en nombre del Estado y se ha autoasignado el privilegio de la relación con ese cuerpo. Cuando tal tratamiento es subvertido, como lo hace Luis Manuel Otero Alcántara, la reacción visceral no se hace esperar.

“¿Qué otra cosa más que una especie de sacralidad podría mantener juntos […] la promesa de la justicia y el monopolio de la violencia al mismo tiempo?”. Michael Taussig se hacía esta pregunta, retórica sin duda, en su libro La magia del Estado. Y ciertamente, sacralidad es una de las formas en que podría describirse el poder hipnotizador, mesmerizante, que opera en la cohesión que hace confluir y volver inseparables la justicia prometida y la violencia ejercida por un poder totalizador y monológico en nombre de su defensa. De eso, y no de otra cosa, se trata el Estado. Tal sacralidad es producida, explica Taussig, a partir de algo semejante a una fagocitosis transformativa, generadora de los símbolos inapelables que sostienen el edificio de la nación. Desde el propio título, sin embargo, Taussig sugiere que tal sacralidad tiene la cualidad y el efecto de una operación ritual que puede provocar la captura de la atención; es más propiamente un acto de magia, uno que “convoca a los muertos para usarlos en provecho del Estado”. Así, el Estado, a quien Taussig llama el “Estado del todo”, por su propensión a la captura absoluta, nace y crece alimentándose de fantasmas e historias del pasado que son transformados al servicio de su acción totalizadora.

Luis Manuel Otero Alcántara en una acción del performance ‘Drapeau’ (2019)

En ese proceso, el Estado produce fetiches: monumentos, bustos, banderas, escudos, himnos, que en la medida en que están alejados de su identidad original y han sido reproducidos y reducidos “mediante acartonados ritos de reconocimiento de las ficciones fundacionales de la identidad” producen el kitsch: la única estética posible para la magia del Estado. Es a la luz de esta captura de la atención colectiva en la producción del fetiche que puede quizás entenderse una parte de la recepción popular a la propaganda mediática del Estado cubano cuando intenta denigrar a Luis Manuel Otero Alcántara por su uso desacralizado de la bandera.

No es necesario argumentar mucho a favor de la necesidad de liberarse del poder de semejante embrujo. Las ficciones del nacionalismo producen monstruos cuya fijeza anquilosada impide una y otra vez cualquier transformación radical, cualquier escape, cualquier resignificación. Hacer que esos monstruos tropiecen, anden a gatas y caigan por fin, es de lo que trata una gran parte de la obra de Luis Manuel Otero Alcántara.

La foto presentada hasta el cansancio en la televisión nacional ha sido desprovista de su contexto. Si la bandera misma es ya resultado de esa reducción de la identidad fundacional a través de la repetición, el aislamiento del contexto de la imagen elegida para intentar demostrar que Luis Manuel Otero Alcántara ha cruzado la línea de lo perdonable y ha cometido la peor de las herejías requiere una presentación aislada; sólo en una presentación aislada es posible inutilizar e invisibilizar la desestabilización que la obra de la que forma parte pretende. Luis Manuel vivió un mes con la bandera sobre los hombros. Durante ese mes, la bandera fue utilizada como una tela, como soporte, como cobertor; incluso se bañó en la playa y visitó una sex shop. Su gesto fue acompañado por decenas de participantes. El concepto que sostuvo tal acción se alimentó del performance y su capacidad de encontrar formas de desestabilización de los fetiches. Drapeau (bandera, en francés) fue su nombre. Como ha señalado Anamely Ramos: “una obra de arte sirve para señalar las cosas que deben ser solucionadas, para imaginar escenarios diferentes, e incluso entretejer ficciones que anticipen soluciones o abran posibilidades, para mover los límites y erosionar lo que parece inamovible”.

De eso trataba Drapeau; y lo logró por un momento. Pero el Estado del todo tiene la capacidad de subvertir aquello que lo desestabiliza. Así, tuvo el poder de descontextualizar una obra que lo cuestionaba y, seleccionando aquel fragmento que más le convenía, echar a andar la maquinaria de la adoración del fetiche.

Luis Manuel Otero Alcántara en una acción del performance ‘Drapeau’ (2019)

Llegados a este punto, corresponde a la esfera pública retomar la renuncia a la captura estatal de la nación y sus afectos a través del fetiche. No necesitamos envolvernos nuevamente en la bandera, llevarla a la playa, al baño, a la cocina o a correr en la calle para desagregar de ella el privilegio de la élite que, a través del Estado, usurpa todos los cuerpos, a la vez que nos la devolvemos a nosotros mismos. Nada de eso estaría mal, ahora que repetimos con inusitada tozudez: “Cuba es de todos y todas”, pero la operación es quizás más simple y íntima: separar el pedazo de tela de sus significados y de su identidad sacra, para renunciar al hilo que enhebra la promesa de justicia y la violencia ejercida en su nombre. Y si aparece esa sensación de repulsa al ver el pedazo de tela con su triángulo, sus franjas y su estrella ocupando un lugar que “no le corresponde”, abrazada a otros cuerpos, explorando una vida fuera de los matutinos escolares y los actos patrióticos, es pertinente observar esa repulsión y redirigirla. En todo caso, es a los que nos dejaron con el fetiche, mientras mancillaban todo lo que estaba vivo y se insinuaba en la bandera, a quienes debemos exigir explicaciones.

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