Diana Moreno Castellanos estrena su cortometraje ‘Los coleccionistas’ en La Habana

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Fotograma de ‘Los coleccionistas’, Diana Moreno Castellanos, dir. 2020

Por estos días se estrena en La Habana, como parte de la programación del 42do Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, el cortometraje cubano de ficción Los coleccionistas, de la realizadora independiente Diana Moreno Castellanos. Producido por Wajiros Films, de entrada, esta película vuelve a llamar la atención sobre dos particularidades definitorias del campo cinematográfico cubano contemporáneo: el sistemático incremento de mujeres realizadoras y el trabajo cada vez más esencial de las productoras independientes.

Los discursos más contundentes del actual cine cubano –su preocupación política por las articulaciones sociales del país, su insistencia en desmontar las tecnologías del poder, su obsesión por los preceptos éticos que modelan la vida del cubano contemporáneo– derivan, en buena medida, del ingreso a la creación de identidades laterales (entre ellas, las femeninas) y de la descentralización institucional de la producción.

Las anteriores particularidades constituyen un umbral para la recepción de Los coleccionistas. Por sobre su propuesta temática y formal, este filme es un ejemplo notable de cuánto ha alcanzado el cine cubano en su recorrido cultural luego de la irrupción tan determinante que tuvieron las producciones independientes en el escenario artístico de la isla hacia finales de la década del noventa. La variedad de productoras independientes que se aprecian hoy –Producciones 5ta Avenida, Estudio ST, Wajiros Films, por poner algunos ejemplos entre los que podemos encontrar proyectos estéticos bastante perfilados– han reportado a la creación audiovisual cubana una diversificación estética y un ascenso cualitativo que hacía tiempo necesitaba.

Luego, la incorporación de voces femeninas a la dirección cinematográfica ha resultado tan sustancial en la medida en que su condición sexual y la historia cultural de su género han incidido en las estructuras y en los discursos actuales de las películas. Ciertamente, la mayor parte del cine dirigido por mujeres (sin que esto constituya un cerco para la creación, al contrario) se ha ocupado de problematizar y socializar la singularidad de las mujeres, los distintivos de su sexualidad, desnudando las contingencias psicosociales en que se expresan sus identidades.

En Los coleccionistas, la mirada femenina más militante de Diana Moreno Castellanos se concreta, quizás, en las continuas violaciones sexuales que sufre el personaje de Lili, una niña de apenas diez años, por parte de su padre. Esta es una de las zonas más complejas del argumento del filme, en la medida en que mira hacia esta situación no tanto para explorar los efectos directos que tiene sobre la niña –el modo en que puede afectar su mundo emocional y racional–, sino para mirar las contingencias que propician estos hechos, para observar las razones contextuales que los aúpan y el lugar que la infancia tiene en esos entornos sociofamiliares.

La directora tiene el cuidado de no espectacularizar el tema de la violación, motivo por el que lo coloca como un aspecto casi marginal de la trama, pero que deviene el detonante y el motivo de resolución del conflicto. Colocar a Papoto –hermano de Lili, acaso uno o dos años mayor que ella– en el personaje protagónico es un acierto indiscutible del guion, sobre todo porque Papoto simboliza la ruptura con determinada hegemonía masculina para la que una mujer (no importa si es una niña, una hija o ambas cosas) se reduce a la materialidad de su cuerpo.

Estos dos niños deben sobrevivir a la vida incierta que llevan en un pueblo pesquero venido a menos, donde pasan sus vacaciones bajo el mando déspota de su padre. El lugar parece un sitio olvidado por la Historia, donde las personas se esconden en sus casas de alguna enfermedad existencial derivada de la pobreza y la marginalidad propias de esa geografía.

El paisaje natural del lugar, la precariedad constructiva de las escasas viviendas, los patrones que se observan en la vida doméstica son rasgos caracterizadores de esa comunidad que la puesta en escena y la fotografía destacan, y que hablan entonces del paisaje humano, de los sujetos que allí habitan, resignados a una existencia anodina o desesperados por escapar de ese páramo extraviado donde todos parecen sufrir una condena a pesar de sí mismos. Apenas vemos personas congregadas –sólo durante una fiesta nocturna a la que asisten los niños y que representa una fuga efímera a la rutina de aquellos días–. La realización opta por observar ciertos interiores o exteriores para mostrar una geografía desolada donde, como los niños, la gente no parece conseguir ser feliz en medio de tanta pobreza. Quizás por eso mismo la película dibuja la emigración hacia los Estados Unidos como la única posibilidad de escape y perspectiva del futuro.

Aunque no es precisamente la cultura rural o costeña el sujeto dramático del cortometraje, hay que destacar el protagonismo que ese contexto consigue tener en la trama. No sólo resulta una forma de ilustrar el mundo de relaciones y el estado de vida de los personajes, sino que la propia narración tiene el interés antropológico de registrar el ethos de esa localidad, dibujar los perfiles existenciales de ese territorio poco explorado por nuestro cine.

La sobriedad de la exposición y el naturalismo de la fotografía contribuyen a la centralidad que la mirada al contexto alcanza en la totalidad del discurso. Sin necesidad de ahondar en las convenciones sociales, en los ritos cívicos y las costumbres que rigen la existencia en ese sitio, Los coleccionistas confronta el ánimo de los individuos que lo ocupan y ciertas vibraciones de su cotidianidad.

Lili y Papoto viven solos con su padre, su madre es una figura ausente de quien tenemos noticia por algún otro personaje. El padre es un déspota que no sólo se aprovecha sexualmente de su hija, sino que explota y maltrata a Papoto; no le importa un ápice el bienestar o la vida futura de sus hijos. Pero como el pequeño no puede tolerar más las mezquindades de su progenitor, decide tomar las riendas de su propio destino y el de su hermana, sobre todo después de descubrir que uno de sus amigos del barrio se irá para “la yuma” en una lancha que está preparando su familia. La relación siempre hostil entre Papoto y su padre obliga al primero a violentar su infancia, a renunciar a la inocencia de que se supone debe disfrutarse en la niñez, para tomar conciencia de la miseria en que vive, una miseria no exactamente material.

Es justo la pérdida de la inocencia uno de los asuntos privilegiados por el discurso de Los coleccionistas. Para Papoto, enfrentar a su papá no significa únicamente socavar la autoridad paterna, la figura hegemónica que tiene el control de sí y de Lili, sino también la renuncia a un mundo de valores (a un esquema social y a un modelo de masculinidad) con el que no puede identificarse; es su forma de salir a la búsqueda de su propio destino. Este niño no puede tolerar más ver a su padre aprovecharse del cuerpo de su hermana para saciar sus apetitos sexuales, y decide entonces rebelarse. El mundo al que aspira Papoto para él y su hermana es otro, distante de tanta miseria humana.

De este modo, en el eficaz mundo dramático construido por Diana Moreno Castellanos, la infancia aparece despojada de toda ilusión. La de Los coleccionistas es una infancia extraviada, víctima de sí misma, condenada a la violencia de un entorno periférico, presa de la crueldad de un padre que la inhumanidad del pueblo protege. Esta niñez desamparada descubre temprano –no hay acá un viaje de aprendizaje, sino una confrontación temprana con la fatalidad de la vida que le ha tocado– que su única salida es la emigración.

Los coleccionistas logra tejer coherentemente en la trama disímiles temas: la niñez, la paternidad –vista desde su costado más oscuro y aberrante–, la emigración, la vida rural, la masculinidad y la familia. A propósito, resulta notable la lectura alegórica que traza el discurso alrededor de la familia. La composición filial, como una estructura plagada de tensiones, conflictos y desacuerdos, donde el padre rige la naturaleza de las relaciones interpersonales, pasa a ser epítome de una serie de problemáticas sociales. Al poner un fuerte acento en la descomposición de la familia, en la crisis de sus valores tradicionales y en un grupo de contradicciones internas que desfiguran toda noción preconcebida de la infancia, el filme ofrece la devastación de un ámbito social mucho mayor. Esa configuración familiar en crisis que dibuja Los coleccionistas proyecta, y acusa, el tejido de relaciones sociales tan complejo que vive Cuba en la actualidad.

La austeridad expresiva de la realización, el alto grado de comunicabilidad de la puesta en escena –que trasciende lo estrictamente funcional–, la precisión narrativa y la fluidez de la trama son recursos que garantizan la eficacia del discurso y hacen de este un cortometraje de apreciable factura. Con un excelente trabajo en la construcción de los personajes –sobre todo en el diseño del trayecto dramático de Papoto–, Los coleccionistas expone el calvario existencial de estos infantes, y se adentra así en algunas de las torceduras más trágicas que afectan a la sociedad cubana actual.

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ÁNGEL PÉREZ
Ángel Pérez (San Germán, Holguín, Cuba, 1991). Licenciado en Historia del Arte. Artículos y ensayos suyos aparecen en libros, antologías y publicaciones periódicas nacionales e internacionales. Compiló y prologó con Javier L. Mora, Long Playing Poetry. Cuba: Generación Años Cero (Editorial Casa Vacía. Richmond, Virginia, 2017) y con Jamila Medina, Pasaporte. Cuba: poesía de los Años Cero (Editorial Catafixia, Guatemala, 2019). Ha obtenido los Premio Caracol de crítica y ensayo cinematográficos de la UNEAC (2017 y 2019), el Premio Internacional de Ensayo de la revista Temas (2019), además de la Beca de Creación Dador (2018) y el Premio Pinos Nuevos de Ensayo (2020), ambos otorgados por el Instituto Cubano del Libro. Es programador del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. Integra el staff de Rialta.
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