Extremista

He aquí el robacámaras: el gran protagonista político de nuestros tiempos. Si el mundo se está yendo a la mierda, lo debemos, en gran medida, a la amoralidad con la que esta bestia continúa desajustando el lenguaje político. No vamos a ponerle apellidos; no los necesita. El extremista constituye una sola especie, con independencia de su tendencia ideológica. Lo nocivo de su esencia no reside en la agenda que diga defender, sino en el absolutismo y la intolerancia con que lo hace.
El extremista no permite que nada haga tambalear su sistema de creencias. Ha encontrado un relato que lo favorece, y la sola idea de abandonar esa simplificación lo aterroriza, quizás porque sus cimientos son menos firmes de lo que aparentan. Su ego, demasiado frágil, no soporta el desdoblamiento: se haría pedazos. De ahí que elija la inflexibilidad.
Es más cómodo vivir en la tranquilidad del dogma que en el sobresalto de la sospecha; cancelar lo diferente que tratar de entenderlo o convivir con ello. Así que el extremista prefiere embutirse, como una masa acéfala, en su propia ignorancia. Después de la negación de cualquier verdad que no sea la que uno se figura, ¿qué queda sino la muerte del conocimiento, el despertar del odio? Aunque la historia lo haya empujado hasta ese límite oscuro, se niega a ver lo que tiene delante: que el extremismo conduce inequívocamente al fascismo, que lo semejante engendra lo semejante, que toda acción provoca una reacción igual y opuesta, que lo que se teme en el Otro es lo que llevamos dentro. Es así que, invariablemente, esta bestia terminará convirtiéndose en lo mismo que desprecia.
Bestiario Miserable es un catálogo de los excesos, miserias, deformaciones que las contorsiones circenses del panorama político cubano, global y virtual han ido pariendo. Como decía Leónidas Lamborghini, la verdad del modelo es su propia caricatura. Pues este quisiera ser un retrato realista de los arquetipos de conducta que florecen en toda su monstruosidad por el extremismo ideológico, la antipatía, la deshonestidad intelectual, o la pura estupidez, ahora abonados en ese terreno de la pseudo ética que puede ser ciberespacio. En un mundo que se parece cada vez más al que describiría Weill, donde la espera de lo que vendrá ya no es esperanza, sino angustia, quizás bosquejar nuestros monstruos, los que todos en menor o mayor medida somos, pueda hacer los mitos más lógicos, dar alguna pizca de sensatez.

