“Un cambio no es factible realizarlo con los mismos que ostentan el poder”

Camila Acosta entrevista a Yoandy Izquierdo Toledo, miembro del Consejo Directivo del Centro de Estudios Convivencia.
Yoandy Izquierdo Toledo (Foto: Cortesía)

LA HABANA, Cuba ― Casi 70 años de totalitarismo han costado más que miseria económica en Cuba: han dejado un grave “daño antropológico”. ¿Cómo se reconstruye un país desde sus cimientos éticos? En Pinar del Río, los investigadores del Centro de Estudios Convivencia (CEC) han dedicado casi 20 años a diseñar la arquitectura de la Cuba que viene.

Con una formación única que une la microbiología con la bioética y la acción política, Yoandy Izquierdo Toledo, miembro del Consejo Directivo del CEC, ofrece una perspectiva interdisciplinaria de la crisis actual y, sobre todo, de las posibles soluciones. En este diálogo, exploramos los síntomas del agotamiento del modelo cubano, las estrategias indispensables para alcanzar una libertad definitiva y los elementos necesarios para una democracia estable. No se trata solo de cambiar un sistema de gobierno, sino de aplicar la cura a un “cáncer” que ha consumido a la sociedad por décadas. 

Más allá de las instituciones, Izquierdo Toledo pone el foco en lo invisible: la necesidad de “cerrar heridas y sanar el daño antropológico” que la dictadura ha dejado en la psiquis de los cubanos.

―¿Cómo define usted la crisis actual en Cuba más allá de lo económico? ¿Existe un “daño antropológico” que deba ser sanado para que cualquier reforma política sea efectiva?

―La crisis actual cubana es el resultado de más de seis décadas de un modelo de gobierno, unas políticas públicas y una gestión fallidos. Cuba atraviesa una enfermedad crónica con causas muy bien definidas y presenta un fallo multiorgánico que impide que el “organismo” funcione como un todo; que está aquejada de una especie de tumor maligno surgido a partir del crecimiento descontrolado de diferentes células (males nacionales) que no fueron atendidas a tiempo.

Sin embargo, más allá de lo económico, que a veces es lo primero que salta a la vista, existe un daño notable en el tejido social. Es lo que, desde el año 1994, Dagoberto Valdés ha venido trabajando bajo el concepto, primero, de “fracaso antropológico” y, luego, desde 2019, como “daño antropológico”. 

Él mismo define el daño antropológico causado por el totalitarismo en Cuba como “el debilitamiento, la lesión o el quebranto de las facultades cognitiva, afectiva y volitiva, así como de las dimensiones ética, social y espiritual de la persona humana, todas o en parte, según sea la profundidad del deterioro o trastorno causado, no obstante, subsistir siempre la esencia de la persona humana y su dignidad”.

Por tanto, este daño infligido es necesario sanarlo para contar con personas capaces de superar la cultura del “todo vale” y el relativismo moral, para reconstruir el entramado de la sociedad civil, de manera que cada uno sea capaz de velar por sus propios derechos y de superar el adoctrinamiento. 

Su policausalidad hace al fenómeno más complejo, pero, de todos modos, el daño antropológico tiene que ser superado para que las reformas políticas lleguen a buen término. Solo logrando la sanación del alma del cubano es que podría formarse el capital social deseable para el cambio. Así podríamos ser, verdaderamente, los “protagonistas de nuestra propia historia, personal y nacional”, como nos exhortó Juan Pablo II durante su visita a Cuba en 1998.

―Como experto en fortalecimiento institucional, ¿cuáles considera que son los “pilares” que hoy sostienen la inmovilidad del sistema cubano y qué instituciones están más erosionadas?

―El sistema cubano ha ejercido a lo largo de los años un control férreo que podemos llamar “monopolio de Estado”. De esta forma, ha ido copando todas las instituciones y ha blindado la Constitución de la República, incluso en su más reciente proceso de reforma, en 2019, para subordinarlo todo al Partido Comunista de Cuba, “fuerza política dirigente superior de la sociedad y del Estado” (artículo 5 de la Constitución). 

No podemos hablar de una solidez inamovible en un sistema que, como un barco en plena tormenta, hace aguas por todos lados. Es mejor referirse a ciertas dinámicas de coacción, correlación de fuerzas y estrategias pensadas y repensadas para mantener lo que desde la misma cúpula prefieren llamar “resistencia”. 

Por un lado, desde el punto de vista económico, durante años el sistema se ha sostenido a base de dos sectores fundamentales: el turismo y la biotecnología. Al respecto, es válido señalar que ni siquiera en el período de pandemia de COVID-19 el país cesó la construcción de hoteles. El conglomerado militar GAESA, controlador de sectores estratégicos de la economía, que incluyen no solo el turismo, sino también la captación de divisas y las operaciones en las zonas especiales de desarrollo del país, podría ser considerado uno de esos “pilares” que sostienen, digamos, a la élite militar. 

La exportación de productos biotecnológicos también ha sido una fuente de ingresos. Pudo ser que en plena pandemia escasearan hasta los analgésicos, pero el país desarrollaba varios candidatos vacunales contra el coronavirus con el fin ulterior de venderlos al mercado internacional. Otra fuente importante de ingresos ha sido la “exportación de médicos”, considerada una modalidad de esclavitud moderna.

Por otro lado, desde el punto de vista de la política y su relación con la sociedad, y poniéndonos en el rol del sistema, otro pilar sería la construcción de mitos. Creo que esto, fundamentalmente, ha sostenido durante todo este periodo de “Revolución en el poder” la idea-mito de “invencibilidad”, “fortaleza ideológica”, “unidad inquebrantable”, “incondicionalidad a toda prueba”, “resistencia creativa” y “continuidad histórica”. Estos mitos políticos, unidos al omnipresente aparato de control, vigilancia y represión para disminuir las acciones de la sociedad civil en Cuba, coadyuvan a que el sistema se sostenga, cada vez con más grietas, pero con la misma identidad discursiva victoriosa.

La prueba más fehaciente de la desestructuración y debilidad sistemática es el deterioro notable, creciente y casi generalizado de sus instituciones. Lo que otrora fue considerado “escudo de la nación” hoy se desploma. Las instituciones más erosionadas son las de la salud y la educación, aunque siguen siendo un mito para aquellos que intentan alabar al régimen desde el desconocimiento del exterior y desde la complicidad del color político. 

La falta de recursos básicos, el deterioro de las infraestructuras y la ausencia de una planeación estratégica adecuada han provocado el colapso de la salud pública en Cuba. Cada ciudadano cubano puede contar su propia historia repleta de vicisitudes. La disminución del número de maestros, desmotivados al igual que los médicos por la pésima política salarial y la escasez de medios de trabajo, unida a la ideologización de la enseñanza, también conduce al sistema educativo por una ruta cuesta abajo. 

Una tercera institución, más que erosionada, dañada en su propia esencia, ha sido la familia cubana. Fenómenos como el envejecimiento poblacional, el éxodo masivo, la separación de las familias por otras causas como las “misiones” o “colaboraciones internacionalistas”, las escuelas al campo y en el campo han relegado el rol de la familia en la educación a un segundo plano. El paternalismo de Estado ha destruido la comunidad educativa formada por la familia y la escuela, para imponer sus cánones y suprimir la libertad de elegir el tipo de educación. 

Al final, lo que muestra el sistema cubano es una arquitectura desvencijada que ya no se sostiene orgánicamente, porque se basa en la supervivencia y el control, en lugar de garantizar a los ciudadanos una arquitectura de bienestar y servicio público. Se ha roto el pacto social porque la Política, con mayúscula inicial, ha perdido su esencia de gestionar y organizar el ejercicio del poder para mantener el bien común.

―Si analizamos el sistema cubano como un organismo, ¿podría decirse que el totalitarismo actúa como un patógeno que ha mutado para sobrevivir? ¿Cuál sería el tratamiento específico para un sistema que se resiste a morir?

―Si el sistema cubano fuera considerado un organismo, entonces podríamos ver los efectos negativos del patógeno que es el totalitarismo. Eso sería lo primero, inclusive, antes de las posibles mutaciones del patógeno, que le podrían conferir mayor grado de virulencia, aumentando el daño y conduciendo, finalmente, al cese de las funciones vitales del sistema. 

El totalitarismo es, por sí mismo, la causa de todos los males, porque con él se ha intentado establecer el control de todas las dimensiones del ser y del desempeño humano. La supervivencia del totalitarismo tiene que ver con esa erosión de las instituciones de la que hablábamos anteriormente. Al desintegrarse las estructuras sociales y deteriorarse el sistema, el totalitarismo viene a ser esa suerte de oportunista que se afianza, justamente, cuando la vía de entrada está garantizada. No se trata ya del “patógeno dictadura” o del “patógeno autoritarismo”, sino de un potente agente dañino que sufre cambios para perpetuarse, reciclándose en su propio mal. 

En Los orígenes del totalitarismo (1951), Hannah Arendt describió los rasgos de ese sistema, que podrían ser considerados por nosotros como los factores de virulencia, los atributos que caracterizan al daño: el control de las masas a través de la propaganda, la ideologización absoluta, el terror como esencia del sistema, la destrucción de la sociedad civil y la banalización del mal.

En un “antibiograma” que nos revele a qué es sensible el patógeno totalitarismo, de seguro aparecen como “antibióticos” la reconstrucción y fortalecimiento de la sociedad civil, la memoria histórica, la verdad sobre los hechos, la justicia transicional, el cultivo del pensamiento crítico, la capacidad de juzgar por cuenta propia y la educación en valores y virtudes. Solo faltaría ajustar las dosis y comenzar el tratamiento lo antes posible.

―El Centro de Estudios Convivencia (CEC) se caracteriza por proponer soluciones antes que solo diagnosticar problemas. ¿Qué elementos considera indispensables para que ocurra una transición a la democracia en Cuba y, sobre todo, que sea estable a largo plazo? 

―Durante 19 años el Centro de Estudios Convivencia (CEC) ha apostado por pasar de la queja a la propuesta, por invertir de cada hora del día 15 minutos para las quejas y 45 para las propuestas. A través del ejercicio de prospectiva estratégica, se han esbozado, en 21 informes de estudios del CEC, visiones, objetivos generales, objetivos específicos, estrategias, acciones concretas y leyes complementarias en los diferentes sectores que los propios participantes en los encuentros del Itinerario de Pensamiento y Propuestas para Cuba hemos jerarquizado por orden de prioridad e importancia. 

La transición hacia la democracia es un proceso largo y complejo, sobre todo cuando provenimos de un sistema de partido único y muchos años de totalitarismo. Es un cambio multidimensional que combina elementos políticos, económicos, sociales y antropológicos. 

En primer lugar, tendríamos que hablar de renovar el marco legal de manera que garantice, más allá de elecciones libres, un proceso efectivo y duradero. Dentro de esta reforma legal integral debemos incluir elementos como: 

1. La redacción de una nueva constitución que elimine el carácter irrevocable del sistema, que suprima la lucha armada como forma de violencia, que establezca la pluralidad política. 

2. La separación de los tres poderes del Estado como garantía de que el Poder Judicial evite la impunidad y el Poder Ejecutivo realice procesos de rendición de cuentas sistemáticos e integrales.  

3. Un marco jurídico complementario que, entre otras normas, incluya una ley de partidos políticos que permita la participación de diversas fuerzas políticas sin sesgos o imposiciones ideológicas ni de ninguna otra naturaleza. 

En segundo lugar, tenemos que hablar de la necesidad de una sociedad civil fuerte, articulada, que incida sobre las políticas públicas que implemente el Estado y sea intermediaria entre este y la ciudadanía. Una sociedad civil que respete la diversidad de roles y que coloque a Cuba en el centro, más allá de los intereses específicos de cada organización. Para garantizar también esta pluralidad de organizaciones intermedias se requiere establecer en el marco jurídico una ley de asociaciones que respete la autonomía y permita operar con total independencia financiera y legal. 

En tercer lugar, el país requiere una reforma económica integral que lleve unido un componente social. La transformación política debe estar intrínsecamente ligada al bienestar económico, porque si las reformas no se traducen en una mejoría de la calidad de vida de los ciudadanos, estos pueden quedar descontentos con el proceso y dejar de apoyarlo. 

En cuarto lugar, y no menos importante, es indispensable para la transición una formación ética y cívica que sea capaz de traducir la anomia social que padecen los cubanos en un activismo social, en un conocimiento pleno de los deberes y derechos, y en una conciencia recta, verdadera y cierta sobre lo que es el futuro y la responsabilidad que compartimos todos en la reconstrucción.

―¿Cree que sea factible una convivencia con quienes llevan en el poder tantas décadas y han llevado al país a la miseria y la represión? ¿Usted la aceptaría? ¿Por qué sí o por qué no?

―Una cosa es la convivencia social y otra muy distinta es concordar con métodos, programas y carismas que resultan totalmente antagónicos con la democracia y todo lo que huela a libertad. 

En una sociedad plural pueden convivir ateos, agnósticos y creyentes. En una sociedad plural pueden convivir los diferentes tipos de orientación sexual. En una sociedad plural pueden convivir, incluso, todo tipo de partidos políticos con tal de que sean pacíficos y no promuevan el odio entre los miembros de la sociedad. Todo esto enriquecería la vida en democracia. 

Lo que sí no puede convivir en una sociedad que aspira a ser justa, “con todos y para el bien de todos”, como la soñó Martí, son las mafias, los crímenes de lesa humanidad, las manos manchadas de sangre, la impunidad, el exilio forzado, la represión, la tortura psicológica, la manipulación y el odio. Ya tocará a los tribunales juzgar cada uno de los hechos cometidos. 

Un cambio no es factible realizarlo con los mismos que ostentan el poder en la actualidad. Eso no sería un verdadero cambio. Eso sería el cambio-fraude. 

Creo que ningún cubano, por muy amante del prójimo que sea, toleraría reformas cosméticas venidas de manos de quienes han provocado la crisis terminal en la Isla. No podemos ser realmente diferentes haciendo lo mismo y el cubano hace mucho tiempo que perdió la esperanza en la dirigencia actual.

―En su opinión, ¿es posible una transición sin un proceso de memoria histórica y justicia? ¿Cuál es el equilibrio necesario entre la justicia por los abusos del pasado y la necesidad de una convivencia nacional?

En el XII Informe del CEC, “La transición en Cuba: memoria histórica, justicia transicional y reconciliación nacional. Visión y propuestas”, analizamos este tema. En una transición es indispensable recorrer una hoja de ruta que incluya estos tres procesos:

1. Comisión de la verdad y memoria histórica que evite la amnesia de lo ocurrido y que rescate la verdad de los hechos históricos. Los resultados de sus investigaciones podrán servir a los tribunales de justicia transicional.

2. Justicia transicional y restaurativa que evite la impunidad y que juzgue con imparcialidad y garantías a los responsables.

3. Reconciliación nacional que sane las heridas después de rescatar la verdad y juzgar los crímenes. Esto evitaría que el odio, la venganza y la violencia regresen continuamente. Hay que cerrar las heridas y sanar el daño antropológico.

―Si tuviera que asesorar a un gobierno de transición, ¿cuáles serían las tres primeras medidas institucionales que no podrían esperar?

―La liberación de todos los presos políticos. La redacción de una nueva carta magna. La convocatoria a elecciones libres, competitivas y transparentes.

―¿Qué tipo de democracia imagina para Cuba? ¿Un modelo parlamentarista, presidencialista, o una adaptación propia basada en la historia constitucional cubana?

―Imagino un tipo de democracia de calidad, que combine la representatividad con la participación directa cuando sea necesario; que equilibre la primacía de los programas propuestos con el necesario liderazgo sin caudillismos, ni populismos; que combine las elecciones libres, competitivas y transparentes con el control, la rendición de cuentas a sus electores para evaluar el cumplimiento del programa de gobierno y sus promesas electorales; así como la revocación cuando sea necesario. También debe garantizar el Estado de derecho y la independencia y mutuo control de los tres poderes: legislativo, ejecutivo y judicial.

En cuanto al modelo del sistema político considero que Cuba necesitaría un modelo combinado: semi-parlamentario o semi-presidencialista. Ese modelo permitiría regular y evitar, precisamente, el caudillismo y el populismo, ambos presentes en la historia de Cuba.

―Cuba necesitará una apertura económica para salir de la miseria. Desde su visión humanista, ¿cómo evitar que esa libertad económica se traduzca en un “sálvese quien pueda”? ¿Cómo garantizar que la transición a una economía de mercado no deje atrás a los sectores más vulnerables (ancianos, personas sin remesas)?

―Es obvio que, tras la reforma económica, Cuba podría encontrarse con el dilema de los ricos más ricos y los perjuicios para los sectores más vulnerables. 

En el Primer Informe del CEC se establece como visión: “un modelo económico caracterizado por una economía de mercado, con un papel adecuado del Estado, como regulador, propietario de bienes y servicios declarados estratégicos”, que garantice “la solidaridad entre la población y un estado de bienestar social”. 

En el acápite dedicado a la seguridad social creo que es donde mejor se responde esta pregunta, porque en él se plantean acciones de impacto social que, justamente, están pensadas para eliminar esa brecha que, aun sin haber llegado a un sistema con economía de mercado, ya estamos padeciendo. 

Es por eso que se propone un sistema de seguridad social público, integrado y financiable, que pueda ser complementado por diversas entidades e instituciones, que tenga un carácter mixto con un pilar público solidario de reparto (reserva) y un pilar de capitalización con cuentas individuales con administración privada, pero también una estatal en competencia. 

Otras acciones podrían ser: promulgar una ley de seguridad social que asista y proteja a los más débiles sin paternalismos, mejorar el sistema actual de pensiones, crear un sistema de casas de amparo filial para menores sin protección familiar, crear un sistema de hogares de ancianos en correspondencia con el envejecimiento poblacional y posibilitar legalmente la libre participación de las organizaciones religiosas, fraternales, caritativas y privadas en la atención a los más necesitados.

En cualquier caso, toda reforma económica debe mantener la centralidad de la persona humana, garantizando el desarrollo pleno de los procesos de personalización-socialización en el camino de alcanzar el desarrollo humano integral.

―¿Cómo se integrarían los cubanos del exilio en este proceso de reconstrucción?

―En Convivencia preferimos hablar de “diáspora”, que es un concepto más amplio, que incluye a todos los hijos de Cuba dispersos por el mundo por cualquier causa. 

Consideramos que el aporte de la diáspora es indispensable en la reconstrucción de la única nación que somos. Esta debe tener no solo el derecho, sino el deber y la responsabilidad de participar, tanto en lo económico como en lo político, cultural y social. ¿De qué manera? Así lo resumimos en el XV Informe de Estudios del CEC

En cuanto a lo económico: recursos materiales y financieros, tecnologías, inversiones, conocimientos.

En cuanto a lo político: creación de partidos políticos, formación política y exigencia de que los candidatos residan en Cuba.

En cuanto a lo cultural: compartiendo los talentos y conocimientos de las artes, de las letras, de los valores, de la religión y del patrimonio humanístico surgido, cultivado y desarrollado en la diáspora.

En cuanto a lo social: ejercer iguales derechos en todos los aspectos.

En fin, se trata de una construcción colectiva, de una nueva narrativa nacional para refundar una república justa, próspera, plural y democrática, de la que podamos estar orgullosos.

―¿Qué tecnologías pudiera necesitar Cuba para agilizar y facilitar ese proceso de reconstrucción?

―Cuba necesita todo tipo de tecnologías para que el proceso transcurra de la manera más rápida y eficaz posible. 

En primer lugar, un área clave podría ser la infraestructura y matriz energética de la Isla.

En segundo lugar, serían necesarias tecnologías asociadas a la agricultura como sector de desarrollo fundamental aprovechando los recursos naturales autóctonos. 

Y, en tercer lugar, por citar solo tres, incluiría una renovación tecnológica en el sector de la salud. 

Las tecnologías por sí solas no reconstruyen al país, pero funcionan como un catalizador del proceso, que requiere un marco legal que fomente la inversión, la libertad de innovación y la protección de la propiedad privada y colectiva; así como la dedicación de ciudadanos comprometidos con el futuro luminoso de la Patria.

―Después de décadas de un modelo único, ¿qué es para usted, en una sola frase, “vivir en convivencia” en la Cuba del futuro?

―Para mí, es vivir en “amistad cívica”, un estado que permitiría que las diferencias de pensamiento, religión, opciones filosóficas y políticas no fueran un motivo de exclusión ni en el seno de nuestras familias, ni en planos más abiertos como la escuela, el trabajo y la sociedad; sino que sea la base de un proyecto común fundado en la libertad y poniendo por encima de todo: la dignidad plena de cada persona.

Nota: Esta entrevista se realizó como parte de una colaboración con el proyecto de Cuba Siglo 21 «Cuba:
reconstruir y reinventar».

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