septiembre 10, 2026

Raúl Castro prologa a Fidel: un elogio construido sobre omisiones

Raúl Castro firma el prólogo de los 23 tomos de su hermano: lo que cuenta importa menos que lo que calla. 
Fidel y Raúl Castro (Foto: Cubadebate)

LA HABANA, Cuba ― Continuando con esa costumbre de escribir la historia exaltando las supuestas bondades del castrismo, y ocultando o minimizando las falencias de ese régimen, el menor de los hermanos Castro escribió el prólogo de las Obras escogidas de su hermano mayor, presentadas durante el I Coloquio Internacional “Fidel: legado y futuro”, celebrado en La Habana del 10 al 13 de agosto con motivo del centenario del exdictador.

La colección reúne 23 tomos con documentos fechados entre 1940 y 2016. El prólogo realiza un recorrido por la vida de Fidel Castro en el que se insta a las actuales y nuevas generaciones de cubanos a estudiar la obra del comandante en jefe, en la que “tendrán una fuente inagotable para comprender los tiempos que vivimos y una formidable arma para continuar defendiendo la patria con la fuerza de Baraguá y el espíritu inmortal de Maceo”.

Acerca de los sucesos en la Sierra Maestra, el prologuista achaca la victoria rebelde sobre las tropas de Batista a la conducción de Fidel, pero calla lo referido al embargo de armas que Estados Unidos le impuso al ejército batistiano en marzo de 1958, y que mucho debilitó a esa tropa.

Al referirse a las nacionalizaciones de propiedades en 1960 se habla de la nacionalización de las empresas extranjeras como paso decisivo para la construcción del socialismo, pero se omite la apropiación por el Estado cubano de las grandes empresas nacionales, con lo cual el castrismo le propinaba un golpe demoledor a la economía cubana, al separar de esas entidades a sus legítimos propietarios que sabían cómo hacerlas producir con eficiencia. Un golpe del que aún Cuba no se recupera. 

El prólogo también evita aludir a la carta que Castro envió a Nikita Jruschov durante la Crisis de Octubre. No dice que el propio dirigente soviético le reprochó por escrito al “máximo líder” cubano: “En su cable del 27 de octubre usted propuso que deberíamos ser los primeros en llevar a cabo un ataque nuclear contra el territorio enemigo”. Jruschov advirtió que aquello “no hubiera sido un simple golpe, sino el comienzo de una guerra mundial termonuclear”. 

De no haber sido por la rápida actuación de Jruschov y John F. Kennedy, que frenaron esa crisis, el entonces joven gobernante cubano habría contribuido a desatar una verdadera catástrofe mundial. 

El general sin batallas se refiere a la “dirección victoriosa” de su hermano de las tropas cubanas que combatieron en Angola. Claro, es fácil dilucidar qué hacía Fidel Castro a más de 10.000 kilómetros del teatro de operaciones militares, en una confortable oficina en el Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (MINFAR), mientras más de 2.000 cubanos —según la cifra que el propio régimen reconoce— morían en un conflicto que nada significaba para la Isla, salvo el hecho de defender los intereses geopolíticos del Kremlin en tierras africanas. 

Pero cuando el prólogo se aleja más de la realidad es en lo concerniente al culto a la personalidad del fundador de la dinastía castrista. Se recuerda que Fidel Castro pidió que no se le rindiera culto tras su muerte, voluntad que la Asamblea Nacional convirtió en la Ley No. 123 de 2016, la cual prohíbe erigirle monumentos y bautizar instituciones con su nombre. Sin embargo, los cubanos vivimos bajo un bombardeo permanente de su figura en todos los medios de difusión.

Todos los días la Mesa Redonda de la Televisión Cubana culmina con algún pasaje o discurso del “comandante en jefe”, mientras que entre los programas de la televisión, donde en otros sitios se colocan anuncios comerciales, aquí siempre trasmiten algún fragmento de determinado discurso del ex máximo líder. Una situación comparable con lo hecho en China con la figura de Mao Zedong, o el endiosamiento de algunos de los integrantes de la dinastía Kim en Corea del Norte. 

Y, por supuesto, no podía faltar la afirmación de que el mayor de los Castro era el mejor discípulo de Martí. Se intenta equiparar a un demócrata liberal que fundó un partido político solo para librar una guerra de independencia, con un tirano comunista que utilizó al partido para dominar la sociedad a su antojo. 

No dudamos de que en cualquier momento estas Obras escogidas, con su correspondiente prólogo, sean incorporadas a los planes de estudio del sistema nacional de enseñanza en la Isla.

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