LA HABANA.- Los mandamases del régimen de la continuidad castrista llevaban meses ganando tiempo a la espera de las elecciones de medio término en Estados Unidos. Cifraban sus esperanzas en que una previsible victoria del Partido Demócrata limitaría el margen de maniobra de Donald Trump y les permitiría sobrevivir a la política de máxima presión a la que se han visto sometidos desde la orden ejecutiva del pasado 29 de enero.
Pero los mandamases castristas no deberían estar demasiado optimistas ni confiados por el triunfo de los demócratas en las elecciones del 3 de noviembre. Que estos hayan ganado la mayoría en la Cámara de Representantes y el Senado no significa que vayan a paralizar la política exterior de Trump, que tiene a su disposición las órdenes ejecutivas y el poder de veto, y seguramente no escatimará en su uso.
Recordemos que Barack Obama perdió la mayoría en la Cámara de Representantes en 2010 y que, tras las elecciones de 2014, los republicanos también se hicieron con el Senado. Eso no le impidió impulsar, mediante decisiones del Ejecutivo, su política de acercamiento a Cuba. El deshielo, anunciado en diciembre de 2014, condujo al restablecimiento de las relaciones diplomáticas, la reapertura de las embajadas en Washington y La Habana y la salida de Cuba de la lista de Estados patrocinadores del terrorismo en 2015.
No hay por qué pensar que alguien con las características de Donald Trump, en los dos últimos años de su mandato y sin posibilidad de ser reelegido —«estando cumplido», como dicen los aseres habaneros cuando nada tienen que perder—, se resigne a gobernar con las manos atadas. Imprevisible como es, Trump puede decidirse por cualquier opción con respecto a Cuba antes de terminar su mandato. Incluso por una intervención militar, aunque parezca la más improbable en este momento.
Un Congreso de mayoría demócrata podrá cuestionar la política de Trump hacia Cuba, sobre todo desde la Comisión de Asuntos Exteriores de la Cámara y su Subcomisión del Hemisferio Occidental. Cambiarla sustancialmente será otra cosa. El Ejecutivo tiene un amplio margen para conducir esa política, amén de que el tema cubano no es una prioridad en Washington.
Para que el castrismo vea un alivio sustancial de la presión norteamericana, tendría que ganar un demócrata la presidencia en 2028. Pero si los demócratas tienen en cuenta el portazo que el régimen le dio a Obama, difícilmente volverán a ofrecerle las oportunidades que desperdició durante el deshielo de 2014 a 2016.
De cualquier modo, mientras esperan un escenario menos hostil con un eventual gobierno demócrata, los mandamases se preparan para la guerra con el ridículo Ejercicio Estratégico Moncada 2026, armamento obsoleto y generales que deberían estar en un asilo geriátrico.
Más les valdría hacer reformas de calado en su economía de timbiriche. Con el paquete de 176 medidas no basta. Tendrían que renunciar al predominio de la empresa estatal, dejar de ponerle trabas al sector privado para favorecer a sus compinches y acabar de crear un marco legal que dé garantías a la inversión extranjera.
Pero los mandamases, soberbios y torpes, siguen chapoteando en el fango. Culpan al bloqueo de todos sus reveses, arrecian la represión y reiteran su disposición a resistir todos los sufrimientos que tenga que soportar la dotación de esclavos y rehenes en que nos han convertido a los cubanos.









