El tormentoso empeño de comerse un trozo de pan

El tormentoso empeño de comerse un trozo de pan

La reducción en la oferta de pan se añade a la cadena de penurias que ensombrecen el retorno a la “normalidad”

Cuba, Pan, La Habana
Una mujer camina con dos bolsas de pan en La Habana (Foto: Agencias)

LA HABANA, Cuba. – La relativa facilidad para comprar el pan en venta libre se fue a bolina, un asunto que preocupa a las numerosas familias capitalinas acostumbradas a mitigar el hambre con un pedazo del referido producto, acompañado de una leve untura de aceite, una pizca de sal y el infaltable vaso con agua y azúcar.

Es una combinación habitual en los amplios señoríos de la miseria, desde marzo expandidos por la llegada del coronavirus. Los devastadores efectos en la economía han ido a peor debido a los prolongados confinamientos, la limitación del transporte y la total parálisis de la industria turística, uno de los rubros que aportaba significativas sumas en moneda dura.

La reducción en la oferta de pan con los consiguientes tumultos, broncas y largas esperas, sin la certeza de regresar a casa con el preciado botín, se añade a la cadena de penurias que ensombrecen el retorno a una “normalidad”, al menos parecida a la que había antes de la pandemia. En sí, se trataba de una anormalidad soportable. Nada o muy poco que ver con la lógica y el sosiego.

Desafortunadamente, las esperanzas de vivir con menos sobrecargas existenciales se difuminan con el nuevo inciso del profuso catálogo de la escasez.

Al inicio, la gente pensaba que el problema se debía a alguna rotura, pero el asunto radica en la falta de harina de trigo. Uno de los tantos productos que se compran en el mercado internacional.

En las condiciones actuales es imposible mantener las erogaciones anuales para adquirir una notable cantidad de mercancías en el exterior, como parte de la absurda política de estímulo a la importación, en vez de potenciar las producciones nacionales, con el consecuente abaratamiento de los costos.

Gastar más de 1 800 millones dólares cada año para satisfacer el consumo básico de la población es una tarea imposible en estos tiempos de grandes contracciones económicas en el mundo entero.

En el barrio de Belén -no en el que nació Jesús de Nazaret, según los evangelios de Lucas y Mateo, sino el de los solares y cuarterías, los charcos de aguas albañales y los inmemoriales baches, ubicado en la Habana Vieja- donde nací hace casi seis décadas, hay un motivo más para dudar del discurso triunfalista de los mandamases que describe una paulatina solución a la retahíla de carencias que se amontonan en los nichos de la desesperanza.

La lenta y no menos traumática despedida del pan que se puede adquirir sin la tarjeta de racionamiento es para muchos “belenienses”, de la capital como la partida definitiva de un familiar o amigo de probada fidelidad.

Esa ausencia indica que será imposible mantener a raya las fieras de hambre que acechan a cualquier hora en los vecindarios, donde sobrevive el proletariado con sus eternas agonías.

En esta zona de la Cuba real, atiborrada de tristezas y bajo la tiranía del espanto, no hay espacio para asimilar literalmente la frase expresada por el apóstol San Mateo, de que “No solo de pan vivirá el hombre…”.

Ese bocado de harina cocida, en momentos de apetitos desenfrenados, se saborea como un suculento bistec de res encebollado o una chuleta de cerdo al horno.

No se descarta que el codiciado producto comience a revenderse en el mercado negro al doble de su precio actual de cinco pesos (CUP) por unidad.

La carestía y el permanente racionamiento han naturalizado este tipo de transacciones. De seguro, no faltarían compradores en esta interminable lucha por cubrir las necesidades más apremiantes a como dé lugar.

Hace unos días, en uno de los recurrentes pugilatos para comprar un par de libras de pan, una señora decía que Donald Trump era el culpable de la escasez de harina. Algunos aprobaron su acusación. Un joven le dijo que no sabía lo que estaba diciendo, que dejara de hablar boberías. En un abrir y cerrar de ojos se armó tremenda discusión. Acto seguido, alguien dijo: “Se acabó el pan”. El altercado se disolvió en un pausado y triste silencio.

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Jorge Olivera Castillo

Jorge Olivera Castillo. Ciudad de la Habana, 1961. Periodista, escritor,
poeta y editor de televisión. Durante 10 años trabajó como editor en la
televisión cubana (1983-1993). A partir de 1993 comienza su labor en las filas de la disidencia hasta hoy. De 1993 a 1995 como secretario de divulgación y propaganda del sindicato independiente Confederación de Trabajadores Democráticos de Cuba (CTDC). A partir de 1995 labora como periodista independiente. Fue director de la agencia de prensa independiente Habana Press, de 1999 hasta el 2003. El Instituto Lech Walesa publicó en 2010 su libro de poemas Cenizas alumbradas en edición bilingüe (polaco-español). También en el 2010 la editorial Galén, publica en edición bilingüe (francés y español), su libro de poemas En cuerpo y alma, editado en el 2008 por el Pen Club checo.

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