LA HABANA, Cuba ― Desde hace varios años se ha estado especulando, tanto en Cuba como en el exterior, acerca de la posibilidad de que en nuestro país ocurran cambios económicos, obviamente que tiendan hacia el fortalecimiento de las relaciones de mercado, sin la necesidad de que haya cambios en el sistema político de la nación. Sería algo así como implantar en la Isla el modelo chino o vietnamita, es decir, una economía de mercado con características propias. O sea, sin alterar el modelo socialista de partido único.
Creo que muy pocos estarían en desacuerdo con que aquí se instaurara un modelo económico al estilo del que existe en esas naciones asiáticas, en las que ya casi no quedan huellas del nefasto sistema de economía centralizada que había sumido a esos países en el atraso y la pobreza de sus ciudadanos. Además hay que considerar el gran avance de China y Vietnam en el panorama económico internacional.
Sin embargo, existe una diferencia de historia e idiosincrasia entre China y Vietnam, por una parte, y Cuba por la otra. Esa diferencia viene dada, entre otros factores, por las tradiciones. Es decir, por el poco historial de libertades individuales en esas sociedades, y por el contrario la rica tradición cubana de lucha por el respeto a las libertades ciudadanas.
Tanto en China como en Vietnam ha calado con fuerza la doctrina confucionista, que predica la obediencia al superior: obediencia al padre, a los mayores y a los gobernantes. Se trata de una doctrina que, a no dudarlo, aleja a las autoridades y también a las personas del ansia de vivir en una sociedad donde prime el liberalismo político.
En Cuba, por el contrario, las libertades individuales y el ideal liberal han estado presentes casi desde el nacimiento de la nación. A solo seis meses del inicio de nuestra gesta independentista de 1868 fue promulgada la Constitución de Guáimaro para dar forma jurídica a la Revolución. Y, como sabemos, esa constitución fue de corte liberal, con total respeto a las libertades individuales, al Estado de derecho, y con una separación de poderes que ponía freno a cualquier intento dictatorial por parte del Poder Ejecutivo. Uno de los redactores de la Constitución, el joven abogado habanero Antonio Zambrana afirmó entonces: “Seamos primero enemigos de la tiranía que enemigos de los españoles”.
Precisamente la destitución del presidente Carlos Manuel de Céspedes en 1873 por la Cámara de Representantes (exponente del Poder Legislativo), a pesar de todo lo que haya escrito al respecto la historiografía castrista, fue una muestra de la buena salud, por medio de la separación de poderes, de las instituciones liberales en los campos de Cuba libre.
Después, en la contienda martiana de 1895, otras dos constituciones, la de Jimaguayú y la de la Yaya, también fueron cartas magnas que resaltaron el ideal liberal de nuestros mambises. Esta ideología presidió también la Constitución de 1901, con la que la República de Cuba nacía al concierto internacional de naciones independientes.
Los cubanos de hoy, por supuesto, veríamos con buenos ojos la implementación de cambios económicos, al estilo de los efectuados en China y Vietnam. Pero no podemos detenernos ahí. Se hace imprescindible la realización de reformas políticas en el país que garanticen el advenimiento de la democracia y el Estado de derecho. Evidentemente, no debemos renunciar a nuestras tradiciones.







