MATANZAS.- La antropóloga e historiadora cubana Jenny Pantoja habla de su vida como de una cadena de revelaciones tardías. Algunas llegaron en la infancia; otras, a golpes, décadas después, cuando decidió manifestarse pacíficamente y terminó detenida, golpeada y procesada por las autoridades.
Su nombre, cuenta, fue una decisión cargada de símbolos. “Jenny me lo pusieron por la esposa de Carlos Marx. Victoria por el día 2 de la victoria. ¿Viste que marca eso?”, recuerda. Creció en un hogar profundamente integrado al sistema revolucionario. Su madre, misionera pentecostal en su juventud, abandonó la vida religiosa tras convencerse —según le explicaría después a su hija— de que la Revolución venía a cumplir en la Tierra el paraíso que antes había prometido la fe.
Cuando decidió mudarse a La Habana, el Partido la ubicó en el Comité Central. “Era una persona superintegrada”, dice Pantoja. Como parte de esos privilegios, recibió una vivienda en un reparto exclusivo, una casa que había estado cerrada durante años porque sus antiguos dueños se habían ido del país. “Era tremenda casa, pero estaba llena de ratas. Mi mamá la entregó y le dieron dos llaves para que escogiera la que quisiera. Incluso le dieron una planilla para que ella pusiera el salario que estimara”.
La contradicción entre el discurso oficial y la realidad empezó a insinuarse temprano. A los nueve o diez años, Jenny se colaba por curiosidad en el jardín de una casa culto pentecostal cercana a su vivienda para escuchar los cantos. Un día le preguntó a su madre por qué esas personas no podían hacer ciertas cosas. “Me hizo una explicación larguísima, pero al final yo le dije: ‘Eso no me responde, eso no me explica’”.
La familia siguió ascendiendo dentro del sistema. Su madre pasó a la vida militar y Jenny se crio dentro de unidades de las FAR. “Yo oía cosas que decían los propios militares y pensaba: ‘Bueno, pero eso está mal’”. El Mariel fue otro golpe de realidad. En su escuela, dos compañeras de séptimo grado, Jacqueline y Yelaine, solicitaron salir del país. La respuesta fue un acto de repudio.
“Yo participé”, admite sin rodeos. “Dije un discurso frente a sus casas. Tenía 12 años. Estaba totalmente adoctrinada”. Recuerda, con incomodidad, cómo algunos estudiantes llevaron huevos para lanzarlos. Ella no estuvo de acuerdo, pero calló. Hoy, cuando escucha a otros decir que nunca participaron en esos actos, se pregunta quiénes eran entonces los que llenaban las calles. “Para mí eso es un bochorno”, reconoce.
El quiebre definitivo llegó al finalizar el noveno grado, con la muerte de su madre. “Todo lo que yo soy hoy, insistente en valores cívicos, me lo educó ella”. Su tutor legal era un militar, su tío, quien nunca supo que años después la policía la golpearía por manifestarse. “Él defendía todo esto con una inocencia tan grande que yo nunca me animé a decirle que eso que decían que era mentira, sí pasaba. Para mí ha sido muy triste”.
Durante años, Jenny contrastó lo que veía en la televisión con lo que leía en la prensa oficial, que guardó cuidadosamente. En conversaciones íntimas empezó a verbalizar lo que ya intuía: “La Revolución no es exactamente lo que dice ser. Esto es una mentira. Están usando chivos expiatorios”.
El Período Especial la empujó a reinventarse. Sacó licencia de cuentapropista, vendió muñecos de barro y así sobrevivió. En 1994 nació su hijo, con apenas tres meses cuando ella retomó su carrera como actriz. “Tenía alergias alimentarias, de esas que en Cuba no se pueden tener. Si había que vender dulces para que él comiera, yo los vendía”.
Más tarde estudió Historia, carrera que terminó en tres años y de la que se graduó con 41. Cuando tuvo que quedarse en casa para cuidar a su hijo, retomó saberes heredados de su bisabuela: el tarot y la astrología, a los que se dedicó durante una década.
La represión llegó cuando decidió manifestarse pacíficamente. Iban rumbo al Parque Central cuando un patrullero los siguió. “Nos detuvieron antes de llegar. Trazaron una línea en el piso y empezó todo: jalones, tirones, golpes”. Recuerda con precisión a una mujer corpulenta, exjudoca, que se le montó encima. Golpearon también a Alina, a quien imputaron tres cargos. A Jenny, uno: atentado. La Fiscalía pidió tres años de cárcel para ella.
Hoy el proceso sigue en un limbo judicial. Les levantaron la reclusión domiciliaria, pero aún no hay fecha de juicio. “Es como si no quisieran que yo caiga presa”, reflexiona. Su familia la apoya, aunque no todos compartan su activismo. “Nos respetamos”.
Sobre el país no tiene dudas: “Cuba está colapsada totalmente. No son solo los apagones. Es un sistema disfuncional que te obliga a vivir como un cimarrón”. Rechaza esa lógica de supervivencia individual que, dice, se ha normalizado. “El cimarrón no construyó una nación. Aquí cada cual se encimarrona y hace su palenque, pero así nadie llega a ninguna parte. Eso es pura individualidad”.
Su vida, atravesada por la fe, la ideología, la decepción y la represión, es también el retrato de una generación educada para creer y obligada, con los años, a despertar.


