Durante los primeros años del régimen castrista, la Editorial Nacional de Cuba, dirigida por Alejo Carpentier, publicó múltiples títulos de autores de renombre de la literatura universal. Entre ellos hubo uno, publicado en la Colección Cocuyo, que resultó insólito por su contenido en contra del comunismo: Un día de Iván Denisovich, del escritor soviético Aleksandr Solzhenitsyn.
Un día de Iván Denisovich había sido publicado en la Unión Soviética el 18 de noviembre de 1962, durante el llamado deshielo, como es conocido el período de desestalinización que se inició con el informe de Nikita Jruschov al XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) en febrero de 1956.
El libro describe un día cualquiera en la vida de un preso llamado Shújov en uno de los campos del gulag en la época de Stalin.
En Cuba, con ilustración de portada del pintor Raúl Martínez, Un día de Iván Denisovich salió de la imprenta en la Unidad 206-04 “Mario Reguera Gómez” de la Empresa Consolidada de las Artes Gráficas, ubicada en la calle Benjumeda número 407, en Centro Habana, el 13 de agosto de 1965.
Ese día era el cumpleaños número 39 de Fidel Castro. ¿Sería casualidad?
El poeta Aleksandr Tvardovski, director de la revista Novy Mir (Nuevo Mundo), la más importante publicación literaria soviética, donde apareció por primera vez la obra, explicaba en el prólogo: “Solo una realidad vivida podía conferir a ese relato la veracidad y autenticidad que lo caracterizan”.
En efecto, Solzhenitsyn había estado durante once años, desde 1945 hasta 1956, en uno de estos campos de trabajo por criticar la conducción de la guerra por Stalin.
Algunos párrafos del libro son muy significativos por lo que reflejan acerca de una realidad que fue escondida durante muchos años.
En cierto momento, el protagonista refiere: “No había momento más amargo que el de salir por la mañana. Salir para pasar el día entero en la oscuridad, en el frío, con el estómago vacío, le quitaba a uno el habla. Ni daban ganas de conversar con el vecino”.
Más adelante explica: “Había pasado tanto tiempo en los campos y cárceles que se había deshabituado Iván Denisovich a preocuparse por lo que sucedería al día o al año siguiente, y mucho menos por mantener a su familia. Todo lo pensaban los jefes por él”.
Otro fragmento interesante es cuando Shújov, en una conversación con un capitán de marina preso también, aclara que en esos momentos “era a la una del día y no a las doce, como antes decían hasta los abuelos, pero había un nuevo decreto que establecía que el sol estaba más alto a la una del día… ¿Y de quién es el decreto? Del Poder Soviético”.
Unos párrafos más adelante, dice: “Con la vida que se llevaba, con la vista puesta siempre en el suelo, ni siquiera quedaba tiempo para pensar cómo se había llegado al campo ni cuándo se saldría de él”.
Hay un fragmento en que el protagonista expone: “Se puso a comer. Primero sorbió el caldo. En cuanto el calor empezó a entonarle el estómago, a extenderse por todo el cuerpo, sintió un estremecimiento de fruición. ¡Qué bien! Este era el instante fugaz para el que vivía el recluso”.
He leído varias veces Un día de Iván Denisovich y cada vez que lo hago siento una gran angustia, pues establezco un paralelo con ciertas similitudes de mi existencia pasada en sitios como las escuelas al campo, las unidades militares durante el Servicio Militar Obligatorio y la época en que fui obligado a trabajar en el campo bajo la llamada Ley de la Vagancia. En esos lugares nuestras vidas eran casi como las de los presos.
Digo casi, porque las vidas de los reclusos en las cárceles cubanas eran y son mucho peores. Basta escuchar las narraciones de quienes han estado en cárceles y campamentos de trabajo forzado en distintos momentos del castrismo. Las comparaciones con lo que narra Solzhenitsyn son inevitables.
Después de Un día de Iván Denisovich, Solzhenitsyn no volvería a ser publicado en la Unión Soviética ni tampoco en Cuba.
Cuando ganó el Premio Nobel de Literatura en 1970, Aleksandr Solzhenitsyn no pudo viajar a Estocolmo a recoger el galardón. En 1974, un año después de que, burlando la persecución de la KGB, se publicara Archipiélago Gulag en Francia, fue forzado al exilio por las autoridades soviéticas.
No pudo regresar a su patria hasta veinte años después, en 1994. Falleció en Moscú, a la edad de 89 años, el 3 de agosto de 2008.







