LA HABANA.- Allá por los años noventa, en lo más crudo del Período Especial, en el apogeo de un hambre que los cubanos solo creían posible en la época de Batista, una valla grande, emplazada en la avenida Malecón, desafiaba al gobierno de los Estados Unidos. Recuerdo la figura caricaturesca de un yanqui que rabiaba, en su orilla, ante el pueblo uniformado que, desde la orilla de enfrente, le gritaba que no tenía miedo. Por detrás del mensaje en la valla miles de cubanos, cojonudos de verdad, se hacían a la mar en embarcaciones improvisadas, dispuestos a cruzar el estrecho de la Florida infestado de tiburones, movidos por el anhelo de pisar la arena de algún cayo imperial.
Entonces, como ahora, el discurso iba en sentido contrario a la realidad. El drama se intensificaba detrás de la algarabía fidelista, los cubanos se enfermaban y morían eclipsados por el espectáculo, bastante manoseado ya, del David caribeño contra el Goliat de la era moderna. Fidel hablaba y hablaba mientras el país caía hasta cero. La gente se acostaba sin comer, se levantaba sin desayunar, y si hasta el momento no se sabe de nadie que, como Chaplin en La Quimera del Oro, haya hervido una bota para comérsela, es porque ni botas había.
Hambre, odio, consignas y el fantasma eterno de la invasión. Cada vez que la situación en Cuba se tornaba crítica y el pueblo manifestaba síntomas de malestar, Fidel Castro reavivaba la amenaza de un ataque estadounidense, induciendo una paranoia colectiva similar a la de la Crisis de los Misiles de 1962, o a la fiebre defensiva de los años ochenta que puso a decenas de miles de cubanos a cavar refugios y construir túneles por toda la isla, a integrar nuevas milicias y decirles a los niños que si el enemigo ponía un pie en nuestro suelo, ellos también tendrían que pelear.
Nada pasó, salvo que Cuba se llenó de huecos, algunos tan mal construidos que terminaron desplomándose sobre los trabajadores, ocasionando víctimas mortales. El cuento de la invasión es de tan larga data como aquel del “futuro luminoso”, por eso no resulta extraño que la gente haga tan poco caso de la alarma que hoy intentan sembrar los medios oficiales y algunos independientes, obsesionados con la retórica a veces agresiva, a menudo indiferente, ambigua y hasta jocosa, que el presidente Trump emplea cuando le preguntan sobre Cuba.
Los cubanos se inquietan cada vez que el republicano menciona a la isla porque quieren que algo pase ya. La encuesta realizada por El Toque y difundida por otros medios reveló que más de la mitad de los opinantes considera que solo una acción militar podría sacar al castrismo del poder. Los señores imperialistas deben saber que no les tenemos ningún miedo, pero eso no significa que vayamos a enfrentarlos como quería Fidel. Eso se acabó. Hoy, tal como están las cosas, el cubano le tiene más miedo al presidio político que a convertirse en el daño colateral de la bomba que haga saltar por los aires al Consejo de Estado. Más vale una muerte rápida que se lleve por delante a la plaga verde olivo, que morir lentamente a manos de un puñado de sádicos que se da prisa en conversar con el “enemigo histórico”, sea para ganar tiempo hasta las elecciones de medio tiempo, o para salvar el pellejo en caso de que en Cuba se produzca una operación similar a la del 3 de enero en Venezuela.
Con nosotros no hablarán. Nosotros somos animales, como gritó una cubana, puro hueso y rabia, durante las protestas de los últimos días por la vida miserable que llevamos. Y me atrevo a asegurar que somos menos, a fin de cuentas, los perros tienen a los animalistas para que luchen por sus derechos, mientras que nosotros no somos capaces de levantarnos por nuestro propio bien y el de nuestros hijos.
La más reciente conversación en la cual se vieron las caras el enemigo histórico y nuestro enemigo, dejó un sonriente apretón de manos entre el ministro del Interior y el director de la CIA, rematada por el ofrecimiento de una ayuda humanitaria de 100 millones de dólares que hasta el día antes la cúpula negaba, pero después de la reunión fue aceptada con una bravuconería mansa por parte del canciller Bruno Rodríguez y Miguel Díaz-Canel. No tiene sentido entregar semejante suma de dinero si la opción de invadir está realmente sobre la mesa, aunque la noticia de 300 drones comprados por Cuba y el proceso judicial contra Raúl Castro por el derribo de la avioneta de Hermanos al Rescate, ponen una nota de urgencia mayor a la necesidad de responder adecuadamente al mensaje enviado por Trump a través de John Ratcliffe.
Ahí hay gato encerrado, como encerrados continúan los más de mil presos políticos, entre ellos un adolescente enfermo y maltratado en una cárcel de adultos. Al encierro volvieron también Yoan de la Cruz y Yasmani González tras ser revocadas, por motivos que la seguridad del estado quiso inventarse, sus excarcelaciones.
Mírese por donde se mire, no veo ganancia para el pueblo en todo esto. Ante un posible esquema de transición donde se conjuguen castrismo y libre mercado, la alternativa de una invasión vendría a representar, para muchos, el premio de consolación al cabo de una vida mal vivida gracias a la Revolución. Algunas señales apuntan a un entendimiento entre los represores y la Casa Blanca. El “cambio” podría llegar (o no) con apretones de mano todavía más efusivos y un brindis con el mejor ron de Cuba. Nosotros, que somos el Punto Cubano no en el sentido folclórico, sino en su significado barrial y peyorativo, seguimos esperando que arranquen las termoeléctricas, que se apruebe mágicamente la Amnistía y que nos toque alguito de esos 100 millones de dólares.
Nos están cogiendo pa’ eso durísimo.









