MADRID, España ― A Clara Caballero no me la presentó nadie. Asistió por invitación de un entrevistado a la presentación en noviembre de 2025, en Madrid, del primer tomo de Como el ave fénix: 50 historias de Cuba en exilio.
Luego, como sucede casi siempre en el ámbito del exilio cubano, nos dimos cuenta de que conocíamos a muchas personas en común y continuamos frecuentándonos hasta que nos encontramos recientemente al margen de la Feria del Libro de Madrid, en el restaurante de comida cubana Borax, sito en la calle Pelayo del barrio de Chueca. Allí, y luego en la terraza de la azotea del mercado San Antón, me contó a grandes rasgos aspectos relevantes de sus orígenes y de su vida, tanto en Cuba como en España.
Clara desciende del ilustre patriota cubano Juan Gualberto Gómez, una personalidad pública que sus contemporáneos llamaron “El gran ciudadano”. Fue uno de los principales líderes independentistas cubanos junto a José Martí, Máximo Gómez, Antonio Maceo y Guillermo Moncada. Juan Gualberto, por su relevante labor durante la redacción de la Carta Magna, su incansable defensa de los derechos de la población negra, su firme postura antianexionista y sus aportes cívicos durante las tres primeras décadas de la República, fue condecorado por Gerardo Machado con la orden Carlos Manuel de Céspedes en el grado de Gran Cruz de Oro.
Pero, como Clara apuntó durante nuestra conversación, son muchos los jóvenes cubanos de hoy día que apenas saben de él más allá de que fue amigo de Martí. Las generaciones nacidas bajo el castrismo han creído que el régimen eliminó el racismo en Cuba y que los barbudos le dieron todo a los negros. La propaganda y la reescritura de la Historia han anulado la existencia de élites negras integradas por prestigiosos veteranos de guerra, políticos, intelectuales del mundo académico y cultural, así como profesionales de diferentes ámbitos, que tenían sus sociedades y clubes ―como el Club de Atenas― y que eran parte de la clase media cubana con holgados recursos económicos.
Mejor que sea esta cubana que ha vivido casi cuatro décadas en la capital española quien nos lo cuente de primera mano.
―Ya sé que la genealogía correspondiente a tus orígenes en Cuba promete ser complicada. Empecemos entonces por el lado materno para ponerle orden al desorden, como decía nuestro amigo, el pintor Waldo Díaz-Balart, también exiliado en Madrid.
―Mi madre, Encarnación Caraballo Jiménez, nació en 1933 en el seno de una familia mestiza cienfueguera. Su padre, Dimas Caraballo Marrero, era nieto de Margarita, una negra esclava de la casa Caraballo y de un campesino blanco llamado Alejo Althares, por lo que su padre Gregorio Caraballo tuvo que llevar el apellido de la casa esclavista y no el Althares genético.
Mi abuela materna, Ángela Jiménez Palma, también cienfueguera, era nieta por los dos linajes de mestizas criollas casadas con descendientes de españoles. A su padre, Enrique Jiménez, le conocí bien porque vivió hasta 1968 y falleció en un asilo de la Calzada del Cerro. Era un hombre alto, rubio y de ojos claros. Mis abuelos Ángela y Dimas emigraron a La Habana con sus cuatro hijos (la pequeña era mi madre), y ya en la capital nació su último hijo, en 1941. En una carretilla mi abuelo ejercía el oficio de cerrajero en el mercado de Cuatro Caminos hasta que montó su propia cerrajería en la curva pronunciada de la calzada de Diez de Octubre, cerca de la esquina de Tejas. La casa familiar se encontraba en Santos Suárez. Mi abuelo Dimas era muy católico y practicante, fiel de la iglesia de Reina, y dirigía un Club juvenil de recreo y de catequesis para matrimonios en la calle San Nicolás, en el Barrio Chino de La Habana. En la segunda planta de este mismo centro tenía su vivienda. Por el linaje materno de los Caraballo Jiménez, la familia había progresado y vivía de la cerrajería. Al triunfo de la Revolución, dos de sus hijos se fueron para Nueva York y, cuando el gobierno castrista le confiscó y cerró todo, abandonó el país con mi abuela, en 1963.

Mi madre también quiso partir al exilio, pero no pudo hacerlo porque tenía tres hijos de ocho, nueve y diez años, y el padre de estos estaba en México. Para sacar a los menores del país se requería la autorización del progenitor, y mi padre no autorizó.
De Nueva York mis abuelos maternos pasaron a Miami y, allí, en la Calle Ocho de La Pequeña Habana abrieron la cerrajería Caraballo Locksmith, que aún existe y está en manos de un primo. Mi tío Joseíto, el hijo menor de mis abuelos maternos, también cerrajero, emigró en 1970 a Miami y montó con su esposa la cerrajería Althares, apellido que siempre reivindicaba mi abuelo Dimas en evocación de su padre biológico.
Aunque mi padre estaba en México, teníamos apoyo material y económico de la familia paterna (Caballero Edreira). Las dos hermanas de mi padre, Clara y Angelina, profesionales de la educación que vivían en Nueva York y Chicago, respectivamente, llamaban por teléfono a menudo y me escribían muchísimas cartas, por lo que desde niña mantuve una comunicación epistolar con la segunda de ellas. Apoyaban a mi madre enviando varias veces al año tres grandes cajas con todo lo que comenzaba a escasear en Cuba (sábanas, ropa, zapatos, telas, lápices, bolígrafos, cuadernos, objetos y enseres domésticos). Mis abuelos paternos, por su parte, proveían el sustento económico. Mi madre recibió mucha ayuda familiar al quedarse sola con tres hijos sin saber desenvolverse en el ámbito doméstico.
Aunque mis abuelos paternos tenían casa en la playa de Baracoa, a mi madre le gustaba que veraneáramos en la de Bacuranao, en forma de herradura, con paseos arbolados y muy bonita vegetación, con zonas rocosas y menos peligrosa que Baracoa. El restaurante de grandes ventanales de cristal frente al mar era muy agradable.

―Pasemos ahora a la rama paterna, la de Juan Gualberto Gómez, para la cual vas a tener que hacer un croquis para que no me pierda…
―Mi padre, Octavio Caballero Edreira, nieto de Juan Gualberto, nació en 1927 en Mayarí, cuando mi abuelo José Antonio era juez en ese pueblo. Su madre, Angelina Edreira Rodríguez, hija natural de Juan Gualberto, era profesora normalista y tenía la posibilidad de cambiar de destino y acompañarle.
Mi abuelo José Antonio Caballero Gaínza nació en Trinidad, en junio de 1890, en la antigua casa en la que el padre Las Casas ofició la primera misa al fundarse la villa. Domingo, el padre de mi abuelo, era el hijo único de un adinerado español de porte distinguido. Su madre era una cubana criolla típica de tez morena. En 1907, al fallecer su padre, se trasladó a La Habana, se hizo sastre, ganó dinero y, entre 1910 y 1922, trabajó en distintas oficinas del Estado. En 1919 comenzó a preparar su ingreso en el Instituto de Segunda Enseñanza de La Habana y obtuvo el título de bachiller en Letras y Ciencias. En 1923 se casó con mi abuela Angelina y, en 1925, se graduó de doctor en Leyes en La Universidad de La Habana. Se presentó a las oposiciones para cubrir una plaza en la carrera judicial y al ganarlas fue designado juez municipal en el distrito de Mayarí, donde desempeñó el cargo de 1927 a 1928. El abuelo “Ñico”, por ser negro, nunca pudo oficiar en La Habana y quedó como juez del pueblo de Bauta. Era masón, estaba afiliado al Club de los Rotarios de Bauta y participaba en las actividades de la Asamblea Rotaria de Occidente y de la Gran Logia de La Habana.
En la casa en que nació en Trinidad, vivieron siempre los descendientes de Caballero hasta que en la década del 2000 el Gobierno priorizó el turismo y se la cambiaron por un apartamento en un edificio de microbrigadas para convertirla en un restaurante turístico.
Mi abuela Angelina Edreira Rodríguez fue la hija natural primogénita de los tres hijos de Juan Gualberto Gómez y de Angelita Rodríguez, su novia de juventud.

―¿Puedes contarnos un poco de los primeros años de vida de Juan Gualberto y de su numerosa y dispersa descendencia?
―Se sabe que Juan Gualberto nació en la antigua Sabanilla del Encomendador, municipio que ahora lleva su nombre, en la provincia de Matanzas. Era hijo de Fermín Gómez, pardo claro (como se decía en la época) de nariz recta y ojos claros, y de Serafina Ferrer, parda clara (“lavada”, como se decía entonces), esclava en un ingenio de Alquízar y comprada para que se casara con Fermín. Ambos eran esclavos domésticos de Catalina Encinoso de Abreu y Gómez, propietaria del pequeño ingenio Vellocino, en el que nació libre Juan Gualberto por haber sido comprada su libertad desde el vientre materno. Posteriormente, sus padres compraron su propia libertad a un precio reducido y, en 1864, cuando Juan Gualberto tenía 10 años, se trasladaron a La Habana para que el joven estudiara en la escuela de Los Desamparados, del notable maestro negro Antonio Medina Céspedes.
La Guerra de los Diez Años empezó a extenderse a Occidente y sus padres, para protegerle, lo enviaron a los 14 años a París, a los famosos Talleres de los Hermanos Binder, conocidos como los “Príncipes de la Carrocería”, para que aprendiera el arte de hacer carruajes. Al año siguiente, cuando sus padres le visitaron acompañando a su antigua propietaria Catalina Gómez, les informaron que Juan Gualberto era muy inteligente y que con lo que pagaban podían financiarle estudios superiores. Entonces lo matricularon en la Escuela Monge de París (construida en honor al prestigioso matemático, político y masón Gaspar Monge, creador de la geometría descriptiva), en donde se preparaban los futuros ingenieros y arquitectos de Francia.
Durante los tres años que estudió en la Monge, se relacionó con la colonia antillana de París y con muchos independentistas cubanos. Fue traductor y secretario de Francisco Vicente Aguilera, presidente de la República en Armas, y del general Manuel de Quesada, quienes llegaron a Francia para recabar fondos para la causa independentista. También vivió los acontecimientos de la Comuna de París. Su vínculo con el Comité Revolucionario Cubano en Francia le permitió conocer y sensibilizarse con los temas relacionados con la política nacional. El haber vivido el derrocamiento de una monarquía le fue de mucha utilidad, puesto que luego participó en la primera constituyente cubana, en 1901.

En 1874 sus padres no pudieron seguir pagando sus estudios, y en vez de regresar a Cuba decidió quedarse en París, donde se hizo periodista. Comenzó escribiendo crónicas teatrales hasta especializarse en las polémicas de la política francesa. En París conoció al músico cubano Brindis de Salas, quien lo contrató como empresario para su gira por México, donde se encontró con Nicolás Azcárate en el hotel en que se alojaron, un personaje que luego, en 1878, le presentó a José Martí, cuando ya todos estaban en Cuba de regreso, tras el Pacto del Zanjón.
Juan Gualberto y Martí compartieron experiencias políticas, ideológicas y culturales similares por sus vivencias europeas. Martí había pasado por París en los años en que Juan Gualberto vivió allí y se había relacionado con el ambiente cultural en que se desenvolvía Juan Gualberto para escribir sus crónicas, algo que favoreció la conexión entre ambos, por lo que rápidamente comenzaron a conspirar contra el poder colonial, hasta caer presos.
―Tengo entendido que tuvo que salir muy pronto al exilio…
―En efecto, aquellas conspiraciones culminaron con su detención y su deportación a la Península, en 1880. Nicolás Azcárate le recomendó que le escribiera al político y abolicionista Rafael María de Labra, quien, sin conocerlo, tramitó su traslado a Ceuta y posteriormente a la Península.

―¿En qué momento conoció a tu bisabuela Angelita?
―Durante los dos años de conspiración en La Habana, Juan Gualberto mantuvo un noviazgo y una relación de complicidad política con mi bisabuela Angelita, modista habanera pupila de una costurera francesa. Al ser deportado a Ceuta, dejó en Cuba a sus padres, a su novia y a Epifanía, su hija primogénita y fruto de una relación con Epifanía Vegnier, a la que dedicó el bello poema de la Cana temprana. Luego, ya en Ceuta, tuvo a Vicente y Mercedes con la ceutí Asunción Haro. Más adelante se unió a la viuda andaluza Manuela Benítez Mariscal que había perdido, además, a dos hijos a causa de la disentería (le quedaba solo una niña). Con Manuela tuvo cuatro hijos, uno en Ceuta, otra en Madrid (Juan Eusebio y Juana) y, luego de su regreso a La Habana en 1890, dos niñas más (Manuela María y Alejandrina).
―¿De cuáles de los hijos de Juan Gualberto Gómez desciendes entonces?
―Desciendo de Angelina Edreira Rodríguez, la primogénita de los tres hijos que tuvo con Angelita Rodríguez, su novia de la juventud en sus años de conspiración con Martí, a quien ya mencioné. Cuando él regresa a La Habana en 1890 se reencuentran. Para entonces, Angelita había heredado el taller de costura de su mentora francesa y, durante el exilio de Juan Gualberto, se había casado con el español Sebas Edreira, con quien había tenido cuatro hijos.
Mi bisabuela Angelita se había separado de Edreira, pero no divorciado porque el divorcio no existía entonces. Por ello mi abuela y los otros dos hijos que tuvieron llevan el apellido Edreira. Instaurada la República, Juan Gualberto quiso reconocer a todos sus hijos y lo hizo con Epifanía y los de Ceuta, pero Angelita prefirió que todos sus hijos llevaran el mismo apellido. Los hijos que había tenido con Edreira quisieron a Juan como a un padre, e incluso Oscar le pasaba una mensualidad en los últimos años. La relación entre Juan Gualberto y Angelita (que no se debe confundir con su hija Angelina) era también de complicidad y responsabilidad sociopolítica. Cuenta la memoria familiar que Angelita aconsejó a Juan Gualberto para que se casara con su mujer gaditana, Manuela Benítez Mariscal, antes de levantarse en armas. Así lo hizo justo tres días antes del levantamiento de Ibarra en 1895.

Mi bisabuela Angelita y sus padres conocieron a Martí. Lo cuenta Jorge Mañach en la biografía de Martí, el Apóstol, en la que cuenta que, como Martí “se valía de Juan Gualberto para mantener sus comunicaciones, alguna que otra noche de improviso y por razones de urgencia (…) acudía a la humilde casita en la que Juan Gualberto se encontraba visitando a su novia Ángela Rodríguez González, modista”. También dice que Martí era “tan cariñoso y cortés en sus excusas que la familia se quedaba prendada de él y a la novia no le importaba que se llevara a su novio”. Sergio Aguirre, en su libro Un gran olvidado, Juan Gualberto Gómez, narra que Ángela Rodríguez fue la verdadera compañera de los últimos 40 años de su larga vida. Por ello, tras el advenimiento de la República, Ángela recibió el grado de teniente de la guerra, honor otorgado por coser para los mambises durante la contienda.
―¿Se hablaba de Juan Gualberto y de su obra en el seno de tu propia familia? ¿Influyó, por ejemplo, en los ideales de tu padre?
―Siempre. Ya sabes que a Juan Gualberto lo llamaron “El gran ciudadano”, por su actitud cívica y sus ideas. Incluso siendo negro se opuso a la Guerrita de 1912, conocida como “la guerrita de los negros”, porque no deseaba que un levantamiento debilitara a la República. Aclaro que estaba en contra de la guerrita, pero que denunció la matanza que hubo durante esta.
Mi abuela Angelina contaba que, al fallecer Juan Gualberto en 1933, todos sus hijos y descendientes se reunieron en el funeral. Veinte años después, en 1953, el gobernador de la ciudad de La Habana, Rafael Guas Inclán, recibió a mi abuela, que dijo estas tristes palabras: “Gobernador, la República de fiesta un 24 de febrero y los restos de mi padre, de Juan Gualberto Gómez, están acogidos al respeto de una archicofradía religiosa que los guarda en una tumba”. Esas palabras, según el propio Guas Inclán, fueron un latigazo a su conciencia patriótica y esa misma tarde se dirigió a la Asamblea de alcaldes para que se votara un crédito para que los restos del patriota tuvieran un sitio digno de memoria. Fue así como, al año siguiente, 21 años después de fallecido, se le rindieron honores por primera vez en el centenario de su natalicio. Esa es la razón de las caras sonrientes y llenas de alegría que se ven en las fotos de la inauguración de su tumba en el cementerio Colón de La Habana.
A mi padre, Octavio Antonio Caballero Edreira, nieto de Juan Gualberto, lo conocí cuando yo tenía 24 años. Por razones políticas había escapado de Cuba en una lancha con dos cubanos más en 1955, pues eran comunistas de la vieja guardia, de los que realmente militaron en ese partido antes de que Fidel Castro diera el giro inesperado después de 1959. Solo dos de los tres llegaron a las Islas Vírgenes. Mi padre se fue luego a México, donde obtuvo la nacionalidad mexicana que mantuvo el resto de su vida.

Nunca más volvió a vivir en Cuba, y solo fue de visita por un tiempo limitado en 1978 y un par de veces más en los primeros años de la década de 1980. Cuando salió de Cuba en 1955, dejó cinco hijos con tres mujeres, tres de ellos con mi madre. Con su primera esposa mexicana tuvo un hijo y con su segunda esposa, también mexicana y hoy su viuda, una hija. Mi padre conoció a los futuros barbudos en México cuando organizaban el Movimiento 26 de Julio y preparaban el desembarco del Granma. Los rumores familiares cuentan que polemizaron por cuestiones de los bonos del 26 de julio. También tuvo un fuerte desacuerdo, especialmente con Carlos Rafael Rodríguez, razón por la que nunca regresó a la Isla después de 1959.
Mi padre siguió siendo comunista toda su vida. De México emigró como veterinario a España en la década de 1970. En esos años, la ganadería española estaba más atrasada que la mexicana y vio un mercado favorable para el pienso que fabricaba. Se convirtió en mexicano no solo por sus papeles, sino por su pensamiento, acento y proyección, y mantenía su discurso teórico cubano encapsulado en los años de su juventud. Fue en Madrid donde creó, junto a Rosendo Canto, aquellas famosas brigadas llamadas “Los Maceítos” con las que se pretendió crear un puente entre los que salieron de Cuba muy pequeños y quienes se habían quedado en la Isla.
Así fue como mi padre llegó a La Habana, tras 25 años de ausencia, en 1978. Recuerda que, a los verdaderos comunistas de antes de 1959, como César y Aníbal Escalante, entre otros, Fidel Castro los acusó entre 1966 y 1968 de formar una “microfracción” dentro del Partido Comunista, y los juzgó y encarceló. Entre las víctimas de esta represión anticomunista estuvo mi tío José Antonio Caballero, hermano de mi padre, quien cumplió 20 años de cárcel. Estando encarcelado, penetraron en su casa en la calle Sol, esquina Cuba, y se llevaron todos los documentos, cartas y fotos familiares en la búsqueda de materiales incriminatorios.
―¿En dónde vivías en Cuba? ¿Qué recuerdos tienes de la infancia y de tu primera escolaridad?
―Nací en 1954 en una casa a orillas del mar, en la playa de Baracoa, al oeste de La Habana. Era la casa de recreo de mis abuelos paternos Angelina y José Antonio Caballero, juez de Bauta, como ya dije. Pero donde realmente pasé mi infancia fue en Santos Suárez, sobre todo en la casa número 216 de la calle Santa Emilia, cuyo terreno habían comprado Juan Gualberto Gómez y Angelita Rodríguez para su hija Angelina en 1927 cuando estaban en Mayarí. Juan le escribió una carta para comunicarle que su madre ya había liquidado el terreno a su nombre (conservo copia de esa carta). Esta casa fue confiscada por el gobierno castrista cuando mi abuela se fue a vivir a México en 1968. Al solicitar la salida, inventariaron todo lo que había dentro. La casa se la dieron a una familia negra, muy numerosa, que no tenía nada que ver con la nuestra. Lo primero que hicieron fue sacar todos los libros de la casa y tirarlos a la calle.

Yo vivía entre esa casa y la de mi otra abuela materna, en San Benigno, donde residía mi madre. Recuerdo que un buen día, regresando del cine con unas amigas, me encontré la puerta de la casa sellada. Los vecinos me dijeron dónde se encontraba mi abuela. Como solo tenía 14 años y mi madre vivía en la casa de mi otra abuela, no pudimos heredarla. La ley revolucionaria solo permitía tener una sola vivienda en la ciudad. A la salida del colegio iba con un amigo a recoger libros que habían tirado frente a la casa y salvé Por Cuba Libre, de Juan Gualberto Gómez, así como Juan Gualberto Gómez, paladín de la independencia y la libertad de Cuba, de Emilio Roig de Leuchsenring, el primer ejemplar salido de la imprenta, que Roig había dedicado a mi abuela Angelina.
La Habana en los años 1960, aunque se desmoronaba, era diferente. Por las noches se dejaban los pomos de cristal de litro y medio litro de leche vacíos en la ventana que daba al portal y por la mañana el lechero dejaba los llenos. También pasaban el camión de los botellones de agua mineral, el encargado de la tintorería y el limpiabotas, que recogía los zapatos los viernes y los entregaba los sábados. Además, recuerdo que en las bodegas las compras se anotaban y se pagaban con cheques a fin de mes.
En cuanto a mi escolaridad, comencé en un colegio privado llamado León, que rápidamente fue confiscado después de 1961, y pasé a otro frente al parque de Santos Suárez, que se llamaba Raúl Gómez Delgado. De estos dos colegios de preprimaria y primaria recuerdo las fiestas de disfraces, el feo uniforme gris y lo conveniente que era ―para aprobar los exámenes de Historia― escribir al final “…gracias a la ayuda desinteresada de la Unión Soviética”. Las tareas durante la primaria me gustaban mucho. Hacíamos maquetas con plastilina y aprendía mucho con mi abuela, sobre todo de Geografía e Historia. Ella me hablaba de la importancia de las fechas para ubicar y relacionar los acontecimientos. La Geografía me la enseñaba con las postales de sus viajes a Europa; me ponía a clasificarlas por países, a separarlas luego por ciudades y a pegarlas en álbumes.
La secundaria, también en el mismo barrio, se llamaba José María Heredia. Allí fui monitora de Matemáticas, Física y Química porque faltaban profesores. La primera mitad de la clase la transmitían a todas las escuelas por la televisión, y luego los monitores impartíamos la segunda parte. Como los profesores nos tenían que dar los contenidos de las clases anticipadamente, los monitores pasábamos mucho tiempo en la escuela, pero sacábamos las mejores notas y a mí me venía muy bien, porque no tenía que estudiar esas asignaturas y podía leer más libros.
No me gustaba el período en que nos llevaban a trabajar en el campo. Me tocó sembrar caña por Camagüey, recoger tomates y coser hojas de tabaco en Pinar del Río. Los desayunos eran horrorosos, la leche se quemaba y olía ahumada. Recuerdo que hacían caricaturas de mí leyendo y escuchando canciones con un radio portátil. Mi instituto de bachillerato (ya llamado preuniversitario) fue René Orestes Reiné, en La Víbora. Lo que más recuerdo es que las chicas negras me decían “piola” por andar con chicas blancas. También recuerdo cuando me eligieron para “estrellita de carnaval”, pero en la última ronda me hicieron una entrevista con preguntas sociopolíticas y no las superé. La pregunta más fácil era en qué país de África se encontraba Fidel en ese momento de gira. Como no lo sabía, les comenté que África era más grande y tenía más países que Suramérica.
Mis aficiones eran los cines de ensayo, sobre todo el Rialto, con ciclos de películas de diferentes autores o temáticas, así como los conciertos de música clásica. Con mi abuelo paterno veía de niña todos los miércoles un programa de televisión que se llamaba Violines en la noche, y luego una tía que vivía en El Vedado empezó a llevarme a conciertos dominicales en el teatro Amadeo Roldán. Cuando se quemó esta sala, los pasaron para la calle Infanta. Ya en esta época, después de los conciertos, me iba a la playa Santa María del Mar. Recibí también en ese entonces clases particulares de mecanografía.
―¿Llegaste a cursar estudios universitarios?
―Sí, a trompicones, pues me expulsaron en dos ocasiones de la universidad. Al terminar el preuniversitario, de las tres opciones que se podían elegir (las dos primeras fueron carreras de letras) me otorgaron solo la tercera (Arquitectura), a pesar de tener el escalafón que pedían. Pero mi expediente “ideológico” ―con un padre en el extranjero y mis abuelos en Estados Unidos― no me daba ese “derecho”, según los patrones revolucionarios del momento. Empecé Arquitectura en 1973.
Tres años después, en 1975, me expulsaron de la universidad por una sanción disciplinaria y me pusieron a disposición del Ministerio del Trabajo. Fue así como terminé de oficinista en el municipio del Cerro. Estuve trabajando allí hasta 1978, dado que en el XI Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, fui elegida “joven ejemplar” por mi trabajo y aproveché las cartas favorables de recomendación para retomar mis estudios de Arquitectura en la CUJAE (Ciudad Universitaria José Antonio Echevarría). Como los planes de estudio habían cambiado tuve que cursar asignaturas nuevas que se habían incorporado (Topografía, Inglés y Preparación Militar) y otras de quinto año como Marxismo y Comunismo Científico, que habían pasado al primero de la carrera. Pero en 1980 me volvieron a expulsar.
―¿Y esta vez, por qué razones?
―Me expulsaron por “diversionismo ideológico y por vestir ostentosamente y menospreciar a mis compañeros”, según lo escrito. Me relacionaba con estudiantes extranjeros y, además, uno de mis tíos, el cerrajero de Althares de Miami, había ido a buscarnos en lancha para llevarse a mi madre por el puente migratorio del Mariel. Mi madre quiso irse, pero su esposo no, pues tenía un hijo menor. Yo tampoco quise irme porque quería terminar la carrera de Arquitectura. Ni mi madre pudo irse ni yo pude seguir entonces mis estudios, pues me expulsaron de la universidad.

―¿Finalmente pudiste graduarte de Arquitectura?
―Sí. Intercedieron por mí ante Diocles Torralba para que este me ayudara. Entonces era el ministro del Azúcar y tenía otra visión de lo que estaba pasando en Cuba. Gracias a él me pusieron a trabajar en la biblioteca del Ministerio y, como no tenía la formación requerida, me enviaron a estudiar Bibliotecología en horario de trabajo en el Ministerio de Educación Superior. Al parecer fui muy buena bibliotecaria y me gradué de Técnico Medio Superior de Biblioteca a los dos años, pero en 1983 me recomendaron la titulación de licenciatura en Información Científico-Técnica, que era como se le llamaba entonces. El día que fui a matricularla vi que no me gustaban las asignaturas; entonces me fui a mi casa y alteré la documentación cambiando el nombre de la carrera. Me presenté esa misma tarde en la oficina del decano de la Facultad de Arquitectura y expresé mi deseo de retomar mis estudios. Me aceptaron inmediatamente y, luego, Diocles dio la autorización final. Así retomé los estudios que desde 1973 habían quedado interrumpidos en dos ocasiones.
―¿Llegaste a ejercer la arquitectura en Cuba antes de tu salida definitiva?
―Sí. Gracias al arquitecto argentino Roberto Segre, quien había sido mi tutor, me vincularon para trabajar en el proyecto de Expocuba. En ese periodo me casé por poderes con un periodista español, padre de mi hija, estando yo en Cuba y él en España. Celebramos una fiesta de boda en La Habana estando ya casados, pero nadie me cuestionó cuándo habíamos firmado.
Existía un proyecto para construir viviendas en Nicaragua y yo hubiera querido participar. Era la razón por la que permanecía en la Isla a la espera de esta oportunidad. Al final resultó que el lugar era inhóspito y no dejaban ir a las mujeres.

―¿Cómo y en qué circunstancias saliste de Cuba?
―Fue en 1989, justo un poquito antes de la Causa 1 de ese año, cuando se hicieron juicios estalinistas contra el general Arnaldo Ochoa y otros militares del régimen, y antes de que también cayera Diocles Torralba, amigo de Ochoa, ministro del Transporte en ese momento y, de alguna manera, mi salvador.
Llevaba tiempo harta de todo aquello, con un sabor muy amargo por el registro que hicieron en 1982 cuando desvalijaron mi estudio y me llevaron detenida, caminando por las calles junto con otros presos hasta un sitio en que nos hicieron un juicio popular en el que me acusaron de “escándalo público y tenencia de artículos de procedencia ilícita” (televisor, radio, ventiladores, todos a nombre de mi padre y de mi abuela materna). Se llevaron todos los casetes, bolsos, zapatos, perfumes. Le pedí a mi padre que me sacara del país, pero no sucedió nada. No aguantaba más las guardias, los trabajos voluntarios, las reuniones y la perorata del régimen. Por suerte, mi marido me aconsejó que mandara a Madrid todo lo que pudiera y fui enviando, poco a poco, cajas con libros, discos y hasta adornos, recuerdos familiares y obras de arte. Tuve que pedir la autorización y la “liberación” del cargo de arquitecta para poder instalarme en Madrid. Me otorgaron permiso de residencia en el exterior por reunificación familiar, y al año la nacionalidad española. Mi hija nació en Madrid.
―¿Tuviste oportunidad de retomar tu profesión en el exilio?
―De cierta manera sí. En Expocuba trabajé en las dos fuentes del Pabellón Central y mi primer trabajo fuera lo realicé para GEOLINER S.A., la empresa de unos amigos de mi padre que se dedicaba a la construcción de balsas para reutilización de las aguas residuales y que me permitió trabajar poco después en el proyecto CIUDAGUA de Cités Unies Développement (proyecto de políticas de gestión de abastecimiento de aguas y saneamiento de residuales), cuya oficina central se encontraba en París. Me ayudó el hecho de que hablaba francés, gracias a mi abuela Angelina, que era muy afrancesada y me había pedido que estudiara en la Alianza Francesa de La Habana, en la que ella había estudiado. Trabajé y viajé mucho con este proyecto relativo al desarrollo sostenible vinculado con el agua. Y me especialicé en cooperación internacional para el desarrollo.
Desarrollé y compatibilicé varios perfiles de trabajo. Comencé la docencia con las Universidades Populares impartiendo cursos de “Formación de formadores”. Como especialista en cooperación internacional he estado vinculada varios años a la Universidad Autónoma de Madrid en los cursos de postgrado de Cooperación Internacional al Desarrollo y también contratada por el Programa Migración y Multiculturalidad de la UAM y por el Departamento de Cooperación Internacional y de Migraciones de la Universidad Pontificia de Comillas. He trabajado con diferentes organizaciones no gubernamentales españolas en el ámbito de acciones internacionales y publicaciones. También he realizado algunas restauraciones de viviendas privadas y disfruto mucho la docencia.
―¿Regresaste alguna vez a Cuba?
―Sí. Viajé a Cuba en varias ocasiones hasta la muerte de mi madre. La pobre, solo salió en viajes de visita a Estados Unidos y Europa, pero nunca alcanzó su sueño de irse de aquel país. Vio cómo todos se iban, incluso aquel hijo de su esposo que ella crió y por el que no pudo irse en 1980. En 1993, estando yo embarazada de ocho meses y viajando a Cuba por Cités Unies con una colega de Nantes para la identificación de tres proyectos de adjudicación de financiación, me percaté un poco de lo que era el llamado “Periodo Especial”. En 1995, por mi trabajo con un empresario sevillano especializado en restauraciones, viajé a la Isla para reunirme con Eusebio Leal y estudiar la aplicación en La Habana Vieja de las técnicas desarrolladas por su empresa. Mi condición era que incluyeran la restauración de la casa en que Juan Gualberto Gómez había fundado el periódico La Fraternidad. Esta casa es hoy el Museo Juan Gualberto Gómez en La Habana. En 1998 a mi esposo le tocó cubrir la visita del papa Juan Pablo II a Cuba para el programa Informe semanal de RTVE y entonces fuimos. En otra ocasión fui a cuidar de mi madre y, en 2021, cerré las puertas de Cuba tras el fallecimiento de esta en La Habana.
―¿Qué planes tienes ahora, en esta etapa de tu vida?
―Actualmente continúo con alguna tutoría y participo en investigaciones a las que me invitan. Trabajo en un análisis de Poesía y arquitectura, de Rilke a Le Corbusier, enfocando el análisis arquitectónico en el libro de Le Corbusier El poema del ángulo recto.
No obstante, considero prioritaria la cronología en que trabajo sobre mi bisabuelo Juan Gualberto Gómez, pues integra muchos nuevos trabajos de investigadores que viven en la Isla, y contrasta, corrige y aporta nuevos datos sobre su vida, fundamentalmente de la época de su exilio en España, Ceuta y Francia, que es lo menos conocido. La familia ha honrado a Juan Gualberto con la reedición del libro que mi abuela publicó en 1954 Vida y obra de Juan Gualberto Gómez, que compila las conferencias que ella impartió por toda Cuba a profesores y alumnos de las Escuelas Normales. La última edición la hizo mi padre aquí en Madrid en 1984 por el 130.º aniversario de su natalicio. En esa edición incluyó la copia del libro de Emilio Roig de Leuchsenring que fue tirado a la calle y que yo recogí como comenté antes.
He integrado materiales familiares, estudios e investigaciones diversas, y he actualizado información desconocida sobre nuestra historia familiar, así como estudios e investigaciones diversas, sobre todo porque me he dado cuenta de que ya los jóvenes cubanos no saben quién fue Juan Gualberto y hay, incluso, quienes ni siquiera lo han oído mentar. Ya de mi generación vamos quedando pocos y, dentro de poco, nadie podrá contar nada de estas cosas ni dar luz a las trayectorias de vida de familias negras cubanas antes de 1959. Juan Gualberto defendió el principio de igualdad entre cubanos blancos y negros, y se está destapando cierto racismo y polarización en muchos sitios del mundo, entre la gente, y de unos contra otros. ¡Y la Isla no es una excepción!
El gobierno castrista ha borrado o cambiado el relato de la Historia (con mayúsculas). Restituir la verdad es importante. En un país multirracial como Cuba, considero un deber salvaguardar el legado de mis ancestros.





