LA HABANA.- “Cuba está pidiendo ayuda”, fueron las palabras de Donald Trump en Truth Social poco antes de partir rumbo a China, país de donde también han salido en los últimos días algunas declaraciones de apoyo al régimen castrista. Aunque hasta ahora, al parecer, todo ha quedado ahí, en las palabras y en el envío de algún que otro barco con donativos, en la negación de la presencia de bases de espionaje (algo muy difícil de creer ) y en los gestos diplomáticos (pero con la billetera cerrada y bien guardada).
La frase de Donald Trump ha desatado nuevas conjeturas sobre qué hará realmente el presidente norteamericano en los próximos días con respecto a la Isla, pero no porque el viaje a China signifique para Cuba algo más que la simple casualidad de haber sido mencionada en el contexto de lo dicho —aunque ya alguno de los Castro le habrá suplicado a su aliado político en Beijing que toque el tema, así como por casualidad, tal como hizo el socio Lula— sino porque fue seguida por otra frase: “!!!y vamos a hablar!!!”, que dota de cierta tensión y atención a la anterior.
La frase es enfática, no tiene uno sino varios signos de exclamación (algo de lo cual carece la que le antecede) por lo que es como una determinación dicha alto y claro, con la urgencia y seriedad que reclama el tema, y como para que nadie dude de que sucederá, que el asunto cubano no podrá postergarse, y que de ese intercambio Trump solo espera un único resultado: que el interlocutor entre en razón. Porque si no, a partir de ahí deberá prepararse para hechos muy concretos, y no habrá más palabras.
Es como cuando alguien, muy enojado, cansado de avisar, de suavidades, le advierte al sujeto de su enfado, con un dedo o un puño apuntándole a la cara con evidente severidad, que más tarde conversarán. Y no en ese mismo instante solo porque se impone otro gran compromiso, igual de impostergable o más —la guerra con Irán, las disputas comerciales con China y demás intereses regionales y mundiales— pero que la conversación sobre Cuba —con los Castro o con quien sea que se siente a la mesa— será intensa, precisa y definitiva sin dudas lo será, y eso es lo que significa el exceso de signos en una oración tan corta.
Es un último llamado a la sensatez. A que piensen mejor lo que tienen que decir y lo que van a ofrecer. Que deben aceptar de una vez que el dominó se trancó cuando está claro que nadie va a llegar para salvarlos (ni con dólares ni con petróleo ni con armas), que realmente están solos y que el mundo va entendiendo que Cuba no es su régimen, así como que usan la palabra “Cuba” para escudarse, para camuflarse, para confundir, para inspirar una compasión que no merece.
El comunismo, y no el embargo de los Estados Unidos, es el único obstáculo para que Cuba crezca en sintonía con el mundo, para que marche con los tiempos y logre dejar de ser ese anacronismo político en que la convirtieron los Castro para su beneficio personal, o ese espeluznante parque temático a donde vienen a satisfacer sus bajos instintos los perdedores e hipócritas de las izquierdas.
El régimen cubano ha dejado pasar todas las oportunidades de hacer de Cuba un país próspero. Cuando hubo dinero y combustible soviéticos los dilapidó en guerras en África y guerrillas en Latinoamérica. Plegado a Moscú, muy poco le importó la soberanía.
Tiempo después, pasada la página del “campo socialista” e iniciada la aventura del castrismo 2.0 (o chavismo), con la fortuna que le sacó a Hugo Chávez con el cuento del ALBA no solo arruinó Venezuela sino que nos hizo más miserables a todos: esclavizó médicos, alquiló deportistas, vendió mercenarios, revendió petróleo y desplegó en Caracas métodos de represión y tortura. Los cuales ya se habían ensayado en La Habana desde los tiempos en que Fidel Castro y Ernesto Guevara convirtieran los fusilamientos en el deporte favorito.
Fue el régimen el que construyó hoteles y no termoeléctricas. El que pensó en dónde alojar a los turistas y no en como mejorar las condiciones de vida de los nacionales. El que reparó el Capitolio y cubrió con oro la cúpula pero no tuvo recursos para al menos evitar que un balcón se derrumbara mortalmente sobre unas niñas.
Fue el régimen el que saqueó a la gente con la “Tarea ordenamiento” y el que prometió abastecer mercados en moneda nacional con lo que recaudara en las tiendas en dólares. El que ahora invita a los cubanos que han emigrado a invertir, que promete tratarlos como a iguales en los negocios, pero solo cuando las empresas extranjeras huyen o, previendo otros corralitos, se preparan para huir en desbandada, cuando los turistas no llegan, cuando la han cagado tantas veces y de modo tan chapucero que es demasiado evidente la estafa que le están fabricando al ingenuo que les crea.
No se anuncian buenas noticias para la dictadura ni le son muy favorables las circunstancias para sentir que tienen alguna oportunidad con Donald Trump, más allá de aceptar de una vez que es hora de un cambio político profundo, sin trampas ni maquillajes. Que aun pueden evitar un derramamiento de sangre y pueden aliviar los sufrimientos de los cubanos y cubanas con solo aceptar que las personas están hartas de sacrificios, de promesas vacías, de represión, de apagones y de hambrunas. Y que, a diferencia de esa minoría de vividores en el poder, no ven a los Estados Unidos ni a su gobierno como enemigo —ya quedó más que demostrado con la visita de Barack Obama a La Habana— sino como el aliado natural en el cual han depositado sus esperanzas de ser libres y prósperos alguna vez, que es el único modo de que un país sea verdaderamente grande.
Después, cuando seamos liberados, hablaremos de todo lo demás que habría que llegar con la libertad, pero sin ella y con dictadura la patria muere con cada hombre o mujer que se va para no regresar, con cada niño o joven que renuncia a soñar y con cada anciano que prefiere morir porque siente que vivir es una agonía. El hambre, la miseria generalizada, la falta de viviendas dignas, la represión, el miedo, la ausencia de libertad de expresión, la emigración masiva, los jóvenes encarcelados y las mentes manipuladas jamás harán grande un país. Quizás por eso, porque nos falta el aliento como a quien agoniza, cuando hablamos los cubanos de a pie casi que no se nos escucha, aunque todo el tiempo estamos gritando por ayuda, con más de un signo de exclamación, con tres, con diez, y con la fe de que algún día, después de tantos años de silencio, ¡¡¡vamos a hablar!!!









