Incal, marihuana del alma

Sin duda Jodorowsky y Mœbius trabajaron sobre 'El Incal' en estado de gracia. Jodorowsky dictaba y Mœbius dibujaba, luego Mœbius encendía el porro y Jodorowsky se apoderaba de él, un método inconcebible pero evidentemente productivo.

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Habría que ser un Pierre Menard del esoterismo para entender a Jodorowsky. Leer todo el corpus hermeticum, todo el gnosticismo, todo Jung, saber consultar el I Ching, comprarse una baraja de tarot, aficionarse a la cábala, a la teosofía, a Philip K. Dick, a Krishnamurti, conocer el proyecto fallido de Dune, y luego leer a todo Jodorowsky, desconfiar de Jodorowsky, reírse de él y admitir que mucha de su genialidad es pura suerte o más bien pura marihuana.

Por increíble que parezca he hecho todo lo anterior. ¿Estoy en forma para entender El Incal de Jodorowsky? ¿Soy el Pierre Menard del esoterismo? ¿Ha actuado ese aprendizaje en otra zona que no sea la de mi propia biografía? Respondería que no a todas las preguntas. El Incal salió de un sueño –Jodorowsky vio la intersección de una pirámide negra y otra blanca, y luego un estallido– y del famoso fracaso de adaptar Dune al cine en 1970.

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¿Hay que leerlo fumado? Mis amigos yonquis hablan de los maravillosos beneficios de leer fumado, pero yo ni siquiera puedo leer fumando. Además, cualquier otra cosa que no sea tabaco me embota y me paraliza. Sin duda Jodorowsky y Mœbius trabajaron sobre El Incal en estado de gracia. Jodorowsky dictaba y Mœbius dibujaba, luego Mœbius encendía el porro y Jodorowsky se apoderaba de él, un método inconcebible pero evidentemente productivo.

Escarmentados por el megafiasco de Dune, del cual todavía existen los cuadernos de dibujo, Jodorowsky y Mœbius aprovecharon el material para hacer El Incal, que se publicó en la década de los ochenta. ¿Cómo habla uno con los dioses? De noche a través de los sueños y de día a través de señales. Esa línea de los papiros herméticos explica El Incal mejor que ningún crítico.

Hay siete protagonistas de la historia, pero el más protagonista de todos es John Difool, el Loco del tarot. Los demás personajes son el duo junguiano Animah y Thanatah, el andrógino Soluna y su padre el Metabarón, el cinocéfalo Kill y el pájaro de cemento Deepo. Son figuras arquetípicas —búsqueda, vida, muerte, unidad, violencia, bestialidad, sacrificio—, sacadas del tarot y de la alquimia. Mœbius recorta a esas figuras del Mutus Liber o del Sueño de Polífilo y las coloca en una galaxia ciberpunk. 

El pájaro Deepo es mi ejemplo predilecto: dibujado como el pterodáctilo de Arzak —otro de los cómics más conocidos de Mœbius—, es el pelícano de la alquimia y la cristología medieval. Se sacrifica por John Difool, lo aconseja, se le posa en el hombro, es al mismo tiempo la lechuza de Minerva y el loro del pirata. En Arzak, el pterodáctilo sagrado aparece rodeado por un arcoíris y debajo de la piedra cúbica —el alma que ha salido del estado bruto según la masonería—; en El Incal, Deepo es el primer portador del incal, aprende a hablar y a emitir profecías.

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Lo que pone en movimiento el relato, el punto cero de su campo magnético, es el objeto misterioso y doble llamado incal. Hay un incal luz y un incal negro, una pirámide que apunta al cielo y otra a la tierra. Como en el patio del Louvre, su intersección produce una especie de estrella de David en tres dimensiones, una síntesis, la quintaesencia.

Incal es in-call, según Jodorowsky, la voz interior del ser, el maestro íntimo, el ātman, aunque en realidad lo que hacen Difool y los otros es llamar hacia adentro, llamar al incal, más que ser llamados por él.

El incal doble —en un punto de la historia ambos incales se sintetizan en una nave cósmica poliédrica— tiene varias encarnaciones: en Soluna, el andrógino; en una voz que todos oyen; en emanación divina; y en Difool, el hombre común y aparentemente su vehículo ideal. Mediante esas encarnaciones les da poderes a los otros, superpoderes que tienen que ver con el dominio de la materia (volar, acelerar, disparar rayos) pero también con la metamorfosis del alma. A medida que Difool trasciende sus aspiraciones vulgares (cigarros, drogas y homeoputas) su cuerpo se embellece, pero cuando es él mismo, sin deseos de elevarse, el dibujante lo afea.

Como es evidente, todo el mundo ambiciona el poder del incal doble y se crea una esfera tenebrosa, el ove tenebrae, para absorber su energía. Para narrar cómo se desmantela ese orbe maléfico y prevalece el incal harían falta unos cuantos gramos de hachís. Intervienen medusas, naves espaciales, láseres, armaduras samuráis, meditaciones trascendentales, parlamentos, presidentes clonados, andróginos divididos y sindicalistas tecnologizados. Me rindo.

Se supone que Mœbius dibujaba una página por día. Quien haya visto El Incal sabe que plantearse esa meta fue un desquicie, y que sin hierba no hubiera sido posible mover así la mano. La página de la caída –la segunda, que por cierto llegó a perderse del estudio y hubo que dibujarla de nuevo–, la del ascenso hacia el mundo Arhat, la del hiperdiós ORH, las páginas de las transformaciones del incal, son quizás las mejores y más hipnóticas de todo el cómic europeo. 

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El Incal parece ser un viaje iniciático, un bucle místico —siempre el final es semejante al principio, según Orígenes—, o lo era hasta que Jodorowsky quiso hacer que todo fuera un sueño en otros relatos de los años noventa. Imposible explicar ese cambio si no es contando en orden cronológico los desvaríos de Jodorowsky, cosa que excede no este sino cualquier texto con intención de ser leído.

Una sola página de El Incal bastaría para deprimir no solo a Stan Lee sino también a Alan Moore. Ni siquiera From Hell o Watchmen tienen comparación con El Incal a cuarenta años de su publicación. Solo el Garaje hermético de Mœbius produce un efecto similar, y por las mismas razones: es la metafísica hecha cómic, la narcotización del trazo.

No hay que convertirse en un Pierre Menard del esoterismo por la sencilla razón de que Jodorowsky ya lo es. Jodorowsky no cree en el esoterismo –dicho sea de paso, yo tampoco– sino en su estética, como no cree en la ciencia ni en el tarot, ni en la curandera Pachita ni en Carlos Castaneda. Cree en los dólares, como yo creo en los euros y usted en la rupia nepalí.

De tanto leer a Jodorowsky ha empezado a fastidiarme; de tanto leer a Mœbius he empezado a confundir mis recuerdos con los de él. Por suerte, El Incal existe más allá de ellos. “¡No debemos intentar el explicar El Incal!”, dijo histéricamente Jodorowsky. “Hay que recibirlo como una aventura que va directamente al inconsciente”. Directamente al inconsciente. Viejo loco.

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XAVIER CARBONELL
XAVIER CARBONELL
Xavier Carbonell (Cuba, 1995). escritor. Su novela El fin del juego (Ediciones del Viento, 2021) obtuvo en Cuba el Premio Italo Calvino, al cual renunció, y en España el XXV Premio de Novela Ciudad de Salamanca. Es autor de las novelas El libro de mis muertos (Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara) y Náufrago del tiempo (Editorial Verbum). Ha publicado ensayos y artículos en Letras Libres, La Lectura, Rialta, 14ymedio, Hypermedia Magazine y Bookish & Co. Desde 2021 vive exiliado en Salamanca.

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