Bob Dylan

Homenaje a Harold Bloom

Cuando pienso que Borges murió sin recibir el Nobel y que treinta años después se lo dieron a ese imbécil llamado Bob Dylan (un tipo tan cercano a la literatura como Tom Cruise al pensamiento de Wittgenstein o Taylor Swift a los cuartetos de Beethoven) siento inmediatamente cómo me invade un profundo asco y debo contener enérgicamente los deseos de vomitar. No se trata solamente de la ridícula vanidad de Dylan o de la mediocridad de sus así llamadas “grandes composiciones” (más adelante me referiré a todo eso) sino también de comprender que, finalmente, los individuos que otorgan el premio más prestigioso a la excelencia literaria se han sumido en la abyección y el ridículo, perdiendo cualquier brizna de credibilidad que pudiesen conservar a estas alturas:[1] al entregarle a un cantante pop el galardón que alguna vez recibieron T. S. Eliot, Thomas Mann y Faulkner, los tipos de Estocolmo han demostrado de forma definitiva su desprecio absoluto por la literatura y revelado lo que realmente son: un puñado de idiotas enfermos de corrección política que ignoran la existencia de lo único que importa: esa rara y elusiva cualidad por tan pocos poseída: la grandeza estética.

Ahora bien, esto no debería sorprendernos: la estupidez no es fenómeno de aparición reciente entre los alegres muchachos de Estocolmo: ya en 1965 habían premiado al infame Shólojov –quizás la peor decisión de todos los tiempos– pero cuando a finales de los ochenta se lo otorgaron al estrictamente ilegible Cela[2] (para colmo un antiguo admirador de Francisco Franco),[3] todo el mundo comprendió que algo estaba podrido no sólo en el reino de Dinamarca, sino también en el de Suecia. Pero por malos que sean estos personajes –¡y vaya si lo son!: es como si se esforzaran por entrar en la lista de los 100 narradores más ineptos de todos los tiempos aunque, en rigor de verdad, Shólojov supera con creces a Cela en ese aspecto: sus textos son la ciénaga definitiva y leerlos es un insulto a nuestra inteligencia– por lo menos cumplían con un rasgo que uno supondría esencial para ganar el Nobel de literatura: escribían libros… o en cualquier caso lo intentaban: no puede decirse lo mismo de Dylan: si sus sobreestimadas letras son literatura yo escribo mejor que George Steiner.[4] Entonces, habiendo establecido la insensatez de conferirle el Nobel a un cantante, debemos preguntarnos qué pasaba por el cerebro de estos señores cuando lo hicieron. Se me ocurren varias posibilidades:

  1. Son retrasados mentales
  2. Eligen a los candidatos basándose no en los valores intrínsecos de su obra sino en factores que nada tiene que ver con la literatura (ideología, oportunismo, quedar bien ante la opinión pública: ¡oh, que progresista es la Academia Sueca: por fin han reconocido que las letras de la música popular pueden ser literatura!)
  3. Como ya he señalado quizá no existe ningún criterio y es el mero azar lo que determina a quién otorgan el premio.
  4. Como no tienen ni idea de cómo decidir (su fuerte es la estupidez, no la competencia en cuestiones estéticas), discuten hasta el cansancio utilizando argumentos pueriles que a nadie convencen y, finalmente, eligen a alguien por puro agotamiento.
  5. Por alguna razón absolutamente misteriosa que sólo ellos conocen y que jamás podríamos conjeturar (los abismos de la inopia mental suelen ser insondables), consideraron que, efectivamente, el tipo merecía el premio.

Inútil agregar que ninguna de estas opciones resulta aceptable para quienes toman el arte verbal con la mayor seriedad posible[5] y consideran el éxtasis estético como el objetivo supremo de esa lucha brutal librada en el laberinto infinito del lenguaje que hemos convenido en llamar literatura. En cualquier caso, una cosa sí está clara: estos personajes son, por así decirlo, la cloaca máxima[6] y el premio que otorgan tan significativo como la tercera mención de poesía en el concurso del ayuntamiento de Montevideo.

Pero ya hemos hablado suficiente de esos cretinos y ellos son sólo una parte del problema:[7] analicemos ahora al deleznable galardonado.

Bob Dylan: cantante, compositor, guitarrista, millonario… e imbécil de campeonato: su página de Wikipedia nos informa servicialmente que ha grabado 38 discos, vendido más de 120 millones de copias, recibido la Legión de Honor francesa (¿?), un doctorado de la Universidad Saint Andrews en Escocia (¿?)…[8] y muchas otras distinciones (incluyendo, como es natural, numerosos premios Grammy).[9]

Todo eso está muy bien, pero he aquí el problema: lo que no encuentro por ninguna parte son aquellos textos literarios que –al menos en teoría– debieron haber justificado la concesión del Nobel. ¡Ah!, pero los idiotas de Estocolmo se habían preparado cuidadosamente para esta objeción: según ellos el premio sería un reconocimiento a “la gran calidad y potencia de sus letras, sostenidas durante más de cincuenta años”. Bien, veamos entonces de qué hablan. Resulta que me tomé el trabajo no sólo de escuchar sus Greatest Hits (alrededor de diez canciones), sino también de leer, con la atención que suelo reservar a los textos literarios, todas estas letras supuestamente tan complejas: es una experiencia dolorosa para cualquiera que aprecie lo que me gusta llamar Literatura Absoluta:[10] lugares comunes del imaginario hippie, clichés de abrumadora ramplonería, grandes dosis de corrección política, estribillos ridículos, una especie de la así llamada “sabiduría popular” mezclada con frases sacadas directamente de manuales de autoayuda y, como si no fuera suficiente, la vulgarización más desvergonzada del pensamiento zen: todo eso y mucho más prolifera en sus composiciones, articulándose inexorablemente para componer un mejunje grotesco y antipoético: no es simplemente que no sean literatura, es que su mediocridad sobrecoge si las consideramos solamente como letras de canciones populares: Johnny Cash nunca posó de escritor o intelectual comprometido pero cualquiera de sus canciones (pongamos, por ejemplo, “Ghost Riders in the Sky”) es mucho más interesante que la discografía completa de Dylan.[11] Pero, increíblemente, eso no es lo peor: el tipo sólo alcanza la apoteosis de su cretinismo cuando pronuncia su discurso de aceptación ante la Academia: como escribir no es lo suyo y fue tan insensato como para permitir que se publicara, contamos con un documento inapreciable para evaluar su desmesurada estupidez, una auténtica mina de oro (o más bien de estiércol) que confirma la exactitud de la famosa máxima de Lord Acton: “never apologize, never explain”: Dylan nunca debió haber aceptado el premio[12] pero, tras hacerlo, su mejor oportunidad consistía en no acudir a la ceremonia y no pronunciar discurso alguno.[13] Pero no: él era Bob Dylan, había grabado 38 discos, tenía mil millones en el banco y nada de lo que él dijese podría ser irrelevante, ¿no?… big mistake: ahora tenemos una muestra ampliamente promocionada de su “pensamiento”:[14] podemos apreciar su prodigiosa ignorancia en todo lo concerniente a la literatura. Nos corresponde ahora el examen de este increíble documento: vamos allá.

Lo primero que hace sospechar a un lector con un mínimo de competencia (no hablemos ya de los obsesos del arte verbal) es la declaración inicial del cantante: “Cuando recibí el premio Nobel de Literatura comencé a preguntarme exactamente de qué manera mis canciones se relacionaban con la literatura”. Bueno, ya empezamos mal: ningún escritor serio se ha hecho jamás esa pregunta. Y si necesitas hacerla…, bueno, ya tienes tu respuesta: sencillamente no eres un escritor sino otra cosa. O sea que el discurso podía haber concluido ahí mismo: a la pregunta ¿cómo se relacionan exactamente las canciones de Dylan con la literatura?, podemos responder rotundamente: de ninguna manera… y olvidar el asunto como muy pronto él y todas sus composiciones serán olvidadas y se hundirán con su peso en plomo en el desbarrancadero del Tiempo. Pero, por supuesto, un tipo tan vanidoso jamás podría hacer algo así: puedo imaginarlo en su mansión de Beverly Hills o en su fastuoso apartamento de Manhattan aullando: “¡Soy Bob Dylan!, ¡Soy millonario!, ¡Grabé 38 discos!, ¡Soy el mejor músico del mundo, el mejor de todos los tiempos, estoy en la cima!… ¡Y ahora soy también el mejor escritor!… Es cierto que en realidad no he escrito ningún libro pero la Academia Sueca me concedió el premio a mí… a mí, no a ese fastidioso Philip Roth que escribió treinta novelas o a ese poeta incomprensible John Ashbery… cuarenta poemarios pero yo no entiendo un solo verso… bueno en realidad nunca lo he leído pero ese no es el punto: el premio me lo dieron a mí, por lo tanto yo soy el mejor, ¿no es cierto?”.

Lamentablemente para Dylan, William Hazlitt había refutado hace doscientos años semejante pretensión: “El principio del sufragio universal no es en absoluto aplicable a cuestiones estéticas”. Y si esto es rigurosamente cierto cuando hablamos de las vastas multitudes ni siquiera iletradas (aquellos cuya lectura se limita a los mensajes de texto), lo es mucho más para los tipos que conceden el Nobel: literalmente no saben lo que hacen: la tajante máxima bíblica, “Por sus frutos los conoceréis” (Mateo, 7:16) resulta singularmente apropiada aquí: los hombres que premian a cretinos como Shólojov, Cela y muchos otros que me abstendré de nombrar aquí para no extenderme demasiado, ignoran incluso la existencia misma de los valores estéticos y, por tanto, su opinión es absolutamente irrelevante. Eso significa el derrumbe total de cualquier pretensión de legitimidad que pudieran haber sostenido los numerosos defensores de Dylan. Pero regresemos al así llamado “discurso de aceptación”, ese inagotable compendio de estupideces: tras preguntarse cómo podrían estar relacionadas sus canciones con la literatura y, según nos cuenta, haber pensado sobre el asunto (“Deseaba reflexionar y ver cuál era la conexión”)[15] nos dice que intentará articularla para nosotros, y, como era de esperar, fracasa estrepitosamente: leerlo es como presenciar la devastación de Pompeya en cámara lenta: se contorsiona, hace piruetas, repite incansablemente una letanía apenas concebible de vacuidades y al final sólo consigue transmitirnos una certeza indestructible: es incluso más estúpido de lo que sus canciones permitían intuir. Para no aburrirlos[16] me limitaré a un breve examen de sus principales “influencias literarias” (o al menos las que él cita como tales: que lo sean ya es otra cuestión). Según Dylan, son básicamente tres: La Odisea, Moby Dick y… Sin novedad en el frente. ¿Detectan tal vez algo raro en la lista? Por supuesto que sí: ustedes no son mostrencos (esa dudosa distinción está reservada exclusivamente para Dylan y la gente que le otorgó el Nobel). ¿Qué sucede entonces? En realidad, es muy sencillo: Se trata de una contradicción flagrante: los dos primeros libros son clásicos indiscutibles pero el tercero… sólo un bienintencionado panfleto pacifista. Por supuesto, los panfletos pacifistas no tienen nada de malo: todos anhelamos la paz mundial, todos somos filántropos, todos queremos lo mejor para la humanidad, etc., etc., etc… pero eso no significa que Sin novedad en el frente sea una gran novela: es, de hecho, un pésimo relato. Cierto, fue redactado con el más loable de los propósitos, pero, como dijo algún francés, la peor literatura rebosa de buenas intenciones. Además, no es ahí donde encontrarán el auténtico horror de la guerra: para comprender eso pueden leer Vida y destino (Vasili Grossman) o Las benévolas (Jonathan Littell): novelas extraordinarias que representan, quizá como ninguna otra, la monstruosidad inherente a todo conflicto bélico. Pero lo importante –al menos para lo que aquí intento dilucidar– es lo siguiente: no puedes situar en el mismo plano obras maestras como La Odisea o Moby Dick y un panfleto, sin importar su eficacia propagandística o las buenas intenciones del autor: existe una jerarquía estética y debes elegir: la grandeza o la subliteratura. Y quien no entienda esto… bueno, será mejor que se dedique a otra cosa… a componer canciones y ganar cientos de millones, por ejemplo. Como resulta evidente que Dylan se encuentra precisamente en esta posición, sólo puedo suponer que:

  1. En realidad, nunca leyó los libros (ciertamente no logro imaginarlo leyendo un texto tan complejo como Moby Dick, aunque quizás sí hojeó Sin novedad en el frente).
  2. Intentó desesperadamente leerlos, pero, como era de suponer, fracasó (el rigor intelectual no es lo suyo). Esta conjetura conduce directamente a…
  3. Leyó resúmenes de los argumentos en algún sitio de Internet (esto me parece plenamente fundamentado por las banalidades que escribe sobre los textos, que dan la impresión de haber sido plagiadas directamente de cualquier manual para la enseñanza de literatura en un instituto preuniversitario sin demasiados recursos).
  4. Tal vez incluso eso sea concederle demasiado crédito: después de todo tiene un ejército de asistentes personales y secretarias a su disposición. Sí, pensándolo bien lo más probable es que encargara la redacción del texto…, lo cual sugeriría que ni siquiera ha leído Sin novedad en el frente (¡hay que entender al hombre!: con mil millones en el banco hay demasiadas cosas placenteras que hacer y sería excesivo pedirle que haga algo tan difícil como abrir un libro)
  5. La situación del compositor me recuerda la del peor escritorzuelo de nuestra época: el infaliblemente atroz Paulo Coelho. Sobre este personaje Juan José Saer contaba una anécdota muy graciosa: cuando le preguntaron cuáles eran sus mayores influencias respondió que Jorge Amado (me lo creo) y… ¡Jorge Luis Borges![17] Con toda razón Saer sostenía que semejante cosa era ridícula y –mucho más importante– que las influencias hay que merecerlas: no puedes admirar a Borges y escribir como Paulo Coehlo. Esa es exactamente la situación de Dylan: dice admirar a Homero y Melville, pero sus letras son incluso inferiores a las de muchos compositores anglosajones de música country o blues. Lo más triste del asunto es que pasarán muchos años antes de que vuelvan a concederle este premio a un autor norteamericano y entretanto ya murieron dos de los mejores: John Ashbery (2017) y Philip Roth (2018). Peor aún: dudo mucho que alguna vez lo reciba el más grande de todos, el mejor narrador vivo en lengua inglesa, Cormac McCarthy. El único consuelo es que, como ya he dicho, la pandilla que otorga el Nobel de Literatura ha entrado definitivamente en la Historia Universal de la Infamia: ningún lector serio volverá a concederle la menor importancia a sus opiniones.

He dicho el único consuelo, pero hace unos días, mientras terminaba este artículo, releí una vez más las 80 páginas finales de El tiempo recobrado y vislumbré una posibilidad ulterior; se trata de dos fragmentos admirables: el primero afirma rotundamente la importancia de la Literatura Absoluta,[18] el segundo es una inesperada y sublime declaración de humildad proferida por el mayor escritor del siglo XX: “Seguramente mis libros, como mi ser de carne, acabarían también un día por morir. Pero hay que resignarse a morir. Aceptamos la idea de que dentro de diez años nosotros mismos, dentro de cien años nuestros libros, ya no existirán. Ni a los hombres ni a los libros se les promete ya la duración eterna”. Eso pensaba Proust en 1922 pero hoy, a casi cien años de su muerte, En busca del tiempo perdido sigue siendo una de las cinco mejores novelas jamás escritas. En cuanto a Dylan, ¿quién lo recordará en el 2050? Nadie, será como si nunca hubiese existido… pero muchos leerán todavía a Proust… y a Borges: ¿cómo podría ser de otra forma?: no hay lugar en el Espacio Literario para un personaje de tan ostensible mediocridad como el cantante norteamericano: “La fuerza sólo acepta la fuerza” (Nietzsche).


Notas:

[1] Y, aceptémoslo, ya no era demasiada.

[2] Lamentablemente, sé de lo que hablo: en mis años de formación académica tuve la desgracia de pasar un semestre estudiando “la obra” (aunque aquí ese término es sólo el más cortés de los eufemismos) del narrador gallego: sólo leí cinco de sus numerosas novelas, pero eso fue más que suficiente para convencerme de que cualquier biblioteca seria debe cumplir con un requisito esencial: no contener ningún libro de Cela.

[3] Si van a enarbolar el estandarte de la superioridad moral por lo menos sean coherentes: no le dieron el premio a Borges, el mejor prosista en lengua española del siglo XX, por ser “reaccionario” (sea lo que sea que eso signifique a estas alturas), pero sí al franquista que escribió La colmena, ese abominable y soporífero mamotreto plagiado directamente de Manhattan Transfer: a veces pienso que los miembros del jurado no tienen en realidad ningún criterio –ni estético ni ideológico– y operan al azar: el primero que se les ocurra.

[4] Y, evidentemente, ese no es el caso.

[5] Escritores y lectores por igual.

[6] Obviamente, aquí sólo me refiero a los individuos que otorgan el Nobel de Literatura.

[7] Aunque, por otra parte, considerando que en los últimos años han premiado a una periodista y a un músico, no puedo evitar preguntarme qué vendrá después: ¿acaso un futbolista, galardonado por su lacrimógena autobiografía?: con estos imbéciles cualquier cosa es posible.

[8] Me pregunto por qué, exactamente: ¿acaso por tocar el ukelele?: pero esperemos que no sea por eso porque Malcolm Lowry también lo tocaba, escribió una obra maestra de la ficción contemporánea titulada Bajo el volcán…y nadie pensó jamás en darle un doctorado

[9] Aunque, por supuesto, no tengo nada que objetar contra esto último: los avatares de la música pop no me conciernen.

[10] Como todos saben, el término fue acuñado por el gran Roberto Calasso (por cierto, un candidato inmejorable para el Nobel, si la pandilla de Estocolmo tuviera suficiente materia gris para concentrarse durante sesenta segundos en lo que significa ser un escritor: por desgracia, no la tienen ni la tendrán jamás: el espíritu sopla donde quiere) en sus conferencias de Oxford, publicadas más tarde con el título La literatura y los dioses.

[11] Aquí me refiero solamente a las letras: otros se encargarán de evaluar la música.

[12] Aunque, como es natural, su casi inconcebible vanidad le impidió realizar el único gesto que podía salvarlo del ridículo.

[13] Un genio como Beckett, aunque parece sacrílego relacionar su nombre por el motivo que sea con el de Dylan, hizo precisamente esto…, pero, claro está, por razones muy diferentes (incluso antitéticas)

[14] Bueno, es un decir, en casos como este sería más preciso referirse a reflejos incondicionados. No olviden nunca lo que dijo Gottfried Benn, “tener las ideas confusas y no saber escribir no es surrealismo”.

[15] Este debe ser uno de los mejores chistes del siglo XXI: ¿reflexionar?, ¿Dylan?: pero si ese hombre jamás ha pensado en ninguna otra cosa que no sea acumular la mayor cantidad de dinero y fama posibles. Quizás algunos dirán: ¿y qué tiene de malo eso? Bueno, en principio nada, siempre que no poses de intelectual y dejes bien claro que no mereces el Premio Nobel de Literatura. Pero claro, alguien como él es incapaz de un gesto tan humilde. En cuanto a su envergadura intelectual… permítanme contener las carcajadas… como solía decir Borges: “más aceite da un ladrillo”.

[16] Pueden leer el texto en su totalidad si así lo prefieren, aunque no lo recomiendo, como sostenía W. H. Auden, la lectura de sandeces puede deformar el gusto estético.

[17] Que es algo muy parecido a decir Stephen King y… Shakespeare.

[18] “Pero las excusas no figuran en el arte, pues en el arte no cuentan las intenciones: el artista tiene que escuchar en todo momento a su instinto, por lo que el arte es lo más real que existe, la escuela más austera de la vida y el verdadero Juicio Final”.

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