Indoblegables: los presos políticos Plantados

Indoblegables: los presos políticos Plantados

Plantados es parte de nuestra historia, y retrata a muchos cubanos héroes y a una parte detestable de nuestra fauna

Plantados, Prisioneros, Cuba presos
Fotograma de Plantados. Presos en una galera (Foto cortesía)

MIAMI, Estados Unidos.- En 1976, mientras yo fungía de vice-directora del Centro Cultural Cubano de Nueva York, decidimos –Iván Acosta, Rubén Rabasa, Omar Torres, José Corrales, Enrique Encinosa, Clarita Hernández y yo– diseñar programas poético-musicales para presentar en universidades y entidades del área metropolitana de la ciudad, por invitación de grupos universitarios, de miembros de la Agrupación Abdala, y de entidades cívicas del exilio cubano. En ese momento cayó en nuestras manos un libro revelador, recién publicado por Ediciones Universal en Miami. Su autor era uno de miles de presos políticos cubanos: el escritor Miguel Sales Figueroa. El título del tomo era Desde las rejas: Escrito en las cárceles de Cuba.

Ese fue el día que supe de la existencia de docenas de presos-poetas que llevaban muchos años en los calabozos de la dictadura de Fidel Castro. Ese día conocí de la existencia de Ángel De Fana y de Ernesto Díaz Rodríguez, ambos nacidos en 1939 y presos desde 1962 y 1969, respectivamente. De Fana cumplió 20 años de cárcel, Ernesto cumplió 22. Me tocó traducir, leer e interpretar algunos poemas de Angelito –como siempre le he llamado– en aquellos programas docentes del CCC. No sería hasta 1985, durante una estancia de trabajo en Miami y respondiendo a la invitación de La Voz del CID para grabar un programa sobre la censura en Cuba, que tuve el honor y la suerte –y la inmensa sorpresa– de conocer en persona al autor de aquellos poemas. Ángel De Fana conducía desde hacía un año esos programas. Angelito y yo nos hicimos colaboradores y amigos. Lo somos hasta el día de hoy.

A Ernesto lo conocería unos años más tarde, recién salido de la cárcel y recién llegado al exilio. Volamos juntos para Italia con un grupo de participantes y organizadores de un simposio sobre derechos humanos en Cuba, a celebrarse en junio de 1991 en Roma. Europa llama a Cuba se tituló esa conferencia de tres días, organizada por la activista de derechos humanos por Cuba en Italia Laura González, y el periodista de Corriere de la Sera Valerio Riva, ambos italianos y ambos ya difuntos. Luego volvimos a coincidir Ernesto y yo en noviembre de ese mismo año en Madrid, con motivo de otra conferencia sobre derechos humanos. En ambas se denunció la situación de los presos –y de las presas– plantados, el atropello del régimen contra el pueblo de Cuba, el turismo sexual, y la necesidad de libertad y democracia en nuestra patria.

Menciono a Angelito y a Ernesto porque ellos han servido de asesores historiográficos de la película Plantados, del cineasta Lilo Vilaplana, y que ha financiado el empresario cubano-español Leopoldo Fernández Pujals. Las historias de presos políticos cubanos que sirven de fondo y base al guión son muchas: las de Angelito y Ernesto, las de Mario Chanes de Armas, Eusebio Peñalver Mazorra, Aniceto Cueto, Antonio López Muñoz, Rodolfo Rodríguez San Román, Ignacio Cuesta Valdés, Luis González Infante, y muchos otros que cumplieron entre 15 y 30 años de presidio en las peores mazmorras de Cuba a partir de 1959. Incluso, dos de los tres guionistas –Juan Manuel Cao y Ángel Santiesteban-Prats–, fueron presos políticos también durante tres y cinco años, respectivamente, en épocas más recientes.

Digo todo esto para dar por sentado que el presidio político cubano, y la experiencia y vivencia de muchos presos plantados, fueron referencia directa y personal en la creación de este guión cinematográfico. Y a pesar de lo fuerte y desgarradora que resulta esta película, incluso para una conocedora del tema y de muchos de los y las protagonistas como yo –o tal vez por eso– faltan detalles en el guión que, aunque aparenten pasar inadvertidos, no lo son porque no entrelazan con el rigor necesario los acontecimientos que de por sí son verídicos y espeluznantes.

Es preciso, en primer lugar, destacar y elogiar el buen y acertado manejo del tema racial en la película, un matiz de lo cubano que casi nunca se aborda. Más o menos la mitad de los presos, y un buen número de plantados, fueron cubanos afrodescendientes, tanto negros como mulatos. Lo mismo sucede hoy. Es justo representar la realidad así, como fue: la población negra cubana, desde el principio del experimento comunista, fue específicamente maltratada y vejada por el color de su piel. En las filas del presidio, negros y blancos siempre se han sentido compatriotas de igual a igual, y han ido juntos al paredón. Es más, el primer hombre que se fusila en Plantados es un joven mulato; luego se fusila al negro Alfredo, y a otros, todos inocentes de los delitos que se le imputan. Pero el odio racial de la dirigencia supremacista queda claramente plasmado: “A ustedes los bajamos de los árboles y les cortamos el rabo…”. A un cubano afrodescendiente contrarrevolucionario siempre se le consideró un malagradecido y un traidor, además de delincuente.

Tú eres un negro loco”, le dice el cabo (interpretado con soltura por Roberto Escobar) a Alfredo (interpretado mesuradamente por Conrado Cogle, más conocido como Boncó), “y ahora estás en lo tuyo, en la mierda”. Al negro Alfredo y a una docena de plantados los llevan castigados a limpiar con sus manos “la mojonera”, una lagunilla que recibe, por caños, los desperdicios y heces fecales de la prisión. Los guardias y el jefe de la guarnición, el teniente Mauricio, le llaman despectivamente “negro” mientras que en los subtítulos en inglés se le llama “Alfredo” en vez de “nigger”, la palabra precisa, ofensiva y denigrante que se debió usar para comunicar exactamente el desprecio del teniente –o del poder– blanco hacia un ciudadano negro. Por no ofender al público angloparlante y respetar el “political correctness”, ese crudo dato de la realidad cubana se pierde.

Se perdió, también, la oportunidad de ilustrar, aunque apenas fuese un pantallazo, una prisión de mujeres donde hubo miles de presas plantadas y condenadas hasta a 22 años de cárcel. Todos los relatos y testimonios sobre el presidio político femenino coinciden en que ese fue mil veces peor y más cruento que el presidio de los hombres. En los años sesenta llegó a haber más de 6 000 presas políticas en las cárceles de mujeres de Guanabacoa, Guanajay, Nuevo Amanecer, Manto Negro, América Libre, entre otras por toda la isla. Hay en el guión una breve coyuntura para cubrir esa casi desconocida historia del presidio político cubano, y bien se pudo haber introducido una cárcel de mujeres, un grupo de presas golpeadas o requisadas, en celdas de castigo, o privadas de la visita familiar donde sus madres eran sometidas a múltiples atropellos y vejaciones.

Pudieron ser simbólicamente representados los casos de Cary Roque, Lidia Pino, Nilda Díaz, de la Niña del Escambray, de Reina Peñate, Nereida Montes de Oca, Carmina Trueba, las doctoras Isabel Rodríguez, Ana Lázara Rodríguez y Martha Frayde; de Polita Grau, Aleida Escandón, Marilú Jiménez, Aracelis Rodríguez San Román, Gloria Argudín, entre muchísimas otras. Pero la película, lamentablemente, no aprovechó el momento para ampliar la mono-sexualidad de su enfoque. Quizás fue un problema de presupuesto, de tener que diseñar y construir una escenografía adicional, otro vestuario, otra utilería, otro maquillaje de golpes y heridas, o de coreografiar verosímilmente las trágicas e inhumanas golpizas y tortura de mujeres.

Hay otros pequeños detalles que menoscaban las nobles, valientes y patrióticas intenciones de todos los involucrados en la producción de este filme. Desde el principio mismo nos damos cuenta, por las torrecillas de piedra con vista al océano, de que la trama se desarrolla en la prisión de La Cabaña, fortificación adyacente a El Morro que protegió durante siglos la Bahía de La Habana de ataques foráneos y piratas. Ese castillo-fuerte, de piedra y mampostería, fue almacén y prisión durante la colonia, y, en el castrismo, gran cárcel y escenario de unos 500 fusilamientos que realizó Ernesto “Che” Guevara entre enero y junio de 1959 –¡apenas seis meses! – por órdenes de Fidel Castro. El guión pone en boca del teniente Mauricio que sus cimientos están dinamitados para reventarlo en caso de una invasión norteamericana y así aniquilar a la población política penal.

Pero los cimientos –la roca bajo el mar– de La Cabaña nunca fueron dinamitados ni se pensó volar la fortaleza histórica mediante una masiva explosión. La única cárcel que sí fue dinamitada con explosivos soviéticos luego de la fallida invasión de Playa Girón fue el Presidio Modelo de Isla de Pinos, inaugurado en 1926 por el presidente Gerardo Machado, y que el régimen utilizó como atestada prisión de presos políticos hasta que la cerró en 1967. De haber sido detonados los explosivos, hubieran perecido más de 7 000 presos políticos.

La trama de Plantados abarca historias que tuvieron lugar en las cárceles castristas desde inicios de la década del 60, y hasta casi los 80. En el filme se marca incluso la muerte en 1972, el 25 de mayo, del líder estudiantil Pedro Luis Boitel, en el día 53 de su última huelga de hambre. Los plantados mencionan a Pedro Luis, claman su nombre a gritos, hasta que vemos que su cadáver es sacado de su celda en una camilla, su brazo derecho colgando sin vida. Pero Boitel no murió en la prisión de La Cabaña, sino en la enfermería de la prisión del Castillo del Príncipe, otra fortificación colonial convertida por el castrismo en cárcel. Tal pifia no debió haber ocurrido.

No muy plausible que la población penal de La Cabaña, ni nadie en Cuba o el exilio, se enterara de las negociaciones absolutamente secretas entre Washington y La Habana sobre la liberación de los presos políticos en las noticias por un pequeño radio de “onda corta” (Radio Martí no se fundará hasta 1985); o que el jefe de la guarnición, el teniente Mauricio, y los guardias bajo su mando recuerden al “Che” como dueño y señor de La Cabaña 14 años antes, habiendo sido el verdugo-en-jefe que ordenaba muertes y daba el tiro de gracia durante los primeros seis meses de 1959. Del desempeño sanguinario del “Che” Guevara no se supo tanto hasta muchos años después de su muerte en Bolivia en 1967. La foto del “Che” detrás del escritorio del teniente Mauricio durante un interrogatorio y el comentario entre presos sobre “si el ‘Che’ hubiera seguido fusilando”, eran innecesarios.

Era usual que cada cárcel tuviera su pelotón de fusilamiento solamente para ejecutar, aparte de los guardias de la guarnición. Pero los guardias en esta película –el hecho de que siempre sean los mismos disminuye la posibilidad de que la trama se desarrolle en diversas cárceles– fungen como una especie de equipo de asalto multifuncional: propinan las golpizas, conducen las requisas, reparten la comida, meten a los plantados en las gavetas o en las celdas tapiadas, supervisan e implementan los castigos, los transportan a los trabajos obligatorios y los vigilan, ultiman a cualquiera que se revire, registran a las madres e hijas que visitan a los presos, fusilan a los condenados a muerte, y le dan la bienvenida a dirigentes de otros departamentos del gobierno. Es posible que, en el imaginario del filme Plantados, los mismos guardias fueran los enterradores de sus víctimas.

Y en lo que respecta a los trabajos forzados “en el campo”, cortando caña a machete limpio o desyerbando terrenos con guatacas, la prisión de La Cabaña, un fuerte militar, al fin y al cabo, no contaba con esos espacios al aire libre. No es el caso del resto de las cerca de 200 prisiones de Cuba, definitivamente el caso de Combinado del Este, localizada en el KM 13½ de la Vía Monumental, zona agraria de La Habana.

Plantados retrata con exactitud y descarnadamente el efecto destructivo y doloroso que el presidio y las largas condenas tuvieron sobre las familias de los presos. No podemos sino compadecernos del joven Gabriel, que no pudo conocer a su padre –el poeta muerto en presidio–, o del preso llamado Ricardo, a quien el teniente Mauricio chantajea con la posible visita de su madre y de sus dos hijas. Ricardo no ve a nadie de su familia hace 13 años, lo que indica que ha estado preso desde 1959. Prácticamente no conoce a sus hijas, que eran unas niñas cuando él cayó preso. Llega el día de la visita y se aparecen las tres mujeres, una de ellas con una bebé en brazos. Ricardo abraza a su madre pero no reconoce a sus hijas, y luego de abrazarlas y besarlas ellas le dicen que él ya no es su padre.

Si usted fuera mi padre”, le reprocha la más joven, “y si nos adorara tanto como dice mi abuela, usted nunca nos hubiera abandonado… Usted nos abandonó a mi mamá, a mi abuela, a mi hermana y a mí”. Y añade la mayor: “Y a la Revolución. ¿Usted sabe lo difícil que es crecer con un padre contrarrevolucionario?” Ricardo es un preso político a quien el régimen le ha quitado no solo la posibilidad de una vida normal, sino le ha quitado también las hijas, la esperanza, el deseo de vivir. Conozco de otros casos en que tanto hijos como hijas le han reprochado los largos años de cárcel y separación a un padre –o a una madre– por su vinculación a la lucha contra la tiranía. Este pueblo nuestro ha sufrido demasiado, lo inimaginable. ¿Hasta cuándo?

Si bien faltan las cucarachas, los cuartos fríos, las fracturas de huesos y cráneos después de las golpizas, los hematomas y abscesos, los espantosos dolores de muela –las extracciones de muelas con una cuchara–, las congestiones pulmonares, las heridas infectadas, las hemorragias y gangrenas, sí se logran, a la perfección, las heridas descuidadas, la asquerosidad de las celdas, el asco general, el abuso sexual de presos menores de edad; se logra sentir la peste, la falta de higiene y sanidad, lo que eran las gavetas y las celdas tapiadas, los castigos, la rebeldía, el orgullo y la tenacidad necesarios para ser un preso plantado y resistir hasta el final. Se logran, hasta su más cruda realidad, los bayonetazos asesinos, los fusilamientos reales y los falsos plenos de sadismo que sirvieron de tortura psicológica para intentar presionar al preso a delatar a sus compañeros, o a darse por vencido y entrar en el plan de reeducación.

Se logra prender en el espectador unos deseos incontenibles de venganza. ¿Perdonar? Nunca. Se le inspira una ira incontrolable. Se produce una angustia insoportable. Sin duda, Plantados es una película que hace llorar… llorar de tristeza, de rabia, de frustración e impotencia. Obliga a pedir a todos los santos que uno no se entere de que en su vecindad vive uno de esos asesinos –en Union City, en Chicago o en Hialeah–, porque uno sería capaz de cualquier cosa. Lo que se logra es resultado de nítidas actuaciones: un Gilberto Reyes magistral en su papel de Ramón adulto ya exiliado; un Carlos Cruz muy convincente en su papel de Mauricio, ya no más jefe de la guarnición, sino un anónimo y cínico residente en Miami desde hace cinco años; un Conrado Cogle conmovedor en el papel del negro Alfredo; Ariel Texidó en su papel de Gabriel; Abel Rodríguez en el papel de Ricardo; Jeffry Batista en el papel de Mario. En fin, un elenco a la altura del difícil tema. Y la dirección de Lilo Vilaplana, cuidadosa e insuperable. Sí advierto que la intensidad de los palos, los machetazos, los atropellos, el ensañamiento y la violencia, sin atenuantes visuales –una ducha, un plato aceptable de comida, una visita sin pormenores, aunque corta, una estancia en la enfermería– aliviaría la desesperación que causa la película.

Desesperación o no, así hay que verla. Es parte de nuestra historia, retrata a muchos cubanos héroes y a una parte detestable de nuestra fauna. No nos queda de otra si queremos entender esta parte del trauma nacional que hemos vivido durante 62 años.

Recibe la información de CubaNet en tu celular a través de WhatsApp. Envíanos un mensaje con la palabra “CUBA” al teléfono +1 (786) 316-2072, también puedes suscribirte a nuestro boletín electrónico dando click aquí.

Ileana Fuentes

Escritora y feminista. Autora de “Cuba sin caudillos: Un enfoque feminista para el siglo 21”.

[fbcomments]