LA HABANA.- Pudiera parecer coincidencia, pero con la policía política de la dictadura nada lo es. Mucho menos cuando los arrestos de un opositor o de un reportero independiente ocurren alrededor de ciertas fechas que le resultan “molestas”, ya sea por el significado de rebeldía que han adquirido en nuestra memoria, como sucede, por ejemplo, con el 11 de Julio; ya por su relación histórica con las aspiraciones democráticas de muchos de nosotros, como sería el 20 de Mayo; o ya porque les conviene asociar de manera “no oficial” determinados sucesos, violentos o accidentales, con grupos opositores o personas políticamente molestas. Y así de modo subliminal, alimentar muy convenientemente la narrativa de victimización a la que echan mano los represores cuando se sienten acorralados y temerosos, tal como están por estos días.
En tal sentido, algunos no podemos dejar de llamar la atención sobre el detalle de que el más reciente arresto de Ángel Cuza Alfonso, ocurrido el pasado 30 de abril, sucediera apenas unos días antes de cumplirse otro aniversario de la explosión del Hotel Saratoga, y que el delito por el cual se le procesa, según consta en la denuncia, sea, nada más y nada menos, que el de “portación y tenencia ilegal de armas y explosivos”, aunque para esa “terrible” acusación hayan echado mano a algo tan ridículo e inofensivo como unos casquillos de bala, que Cuza sostiene que no son suyos. En el pasado sí llevaba consigo uno usado como resguardo personal, y fue apresado por ello. Porque el acoso en su contra no es nuevo.
Recordemos que el 6 de mayo de 2022, solo porque se encontraba casualmente en las cercanías del lugar cuando ocurrió el desastre, fue Ángel Cuza quien difundió las primera imágenes y reportó la noticia de los sucesos del Saratoga, lo cual bastó para que la Seguridad del Estado decidiera arrestarlo unos días después. No porque sospecharan alguna relación del reportero con lo que más tarde determinaron fue un accidente, causado por un cúmulo de errores humanos, sino por esa transmisión en directo que tanto les molestara porque no les permitió tomar control total de la información que salía del lugar —como en cambio hicieron poco después con el incendio en los depósitos de combustible de Matanzas— no teniendo más remedio que revelar al mundo las verdaderas dimensiones de la catástrofe.
Aún así, a pesar de las contradicciones con los primeros reportes de la prensa oficialista —que, precisamente por la inmediatez de Cuza Alfonso no les dejó tiempo para recibir instrucciones de la policía política sobre cómo manejar la noticia— la versión “lite” oficial terminó imponiéndose, a tal punto de que todavía hoy no trasciende un informe pericial final sobre lo ocurrido. Probablemente no han dicho nada porque involucra, como responsables por la muerte de casi medio centenar de personas, a altos funcionarios de GAESA y otras instituciones estatales sobre los que debería recaer la pena de cárcel y la obligación de resarcir financieramente a sobrevivientes de la explosión y a familiares de las víctimas.
Si bien a la dictadura le convenía la versión de un accidente más que la de un atentado, puesto que lo último dañaría demasiado el mito de la “estabilidad política”, también permitir mediante la manipulación de las opiniones en las redes sociales que en el imaginario quede cierto rastro de sospecha, con el cual asociar oposición con terrorismo, les sirve en sus propósitos de dañar la imagen de la disidencia.
Un imaginario sembrado más por la perversidad de los represores que por una realidad donde casi el ciento por ciento de los grupos opositores cubanos ha elegido las vías pacíficas para manifestarse, como es el propio caso de Ángel Cuza. Él que no solo ha sido el reportero valiente, de actitud profesional, sino que además es un artista, pero esos son atributos demasiado nobles para una imagen que la Seguridad del Estado se esfuerza en borrar bajo el peso de acusaciones absurdas como las de “terrorismo” (luego cambiada por “tenencia de armas y explosivos”), a sabiendas del efecto nocivo que tienen esos términos en una nota de prensa, en cualquier publicación en internet, aun cuando las pruebas presentadas sean tan ridículas como quienes las fabrican.
Realizar el arresto de Cuza Alfonso a unos días de los sucesos del Saratoga no ha sido casual. Además de jugar “noticiosamente” con esa imagen deformada, reforzando la asociación de “oposición-violencia” que tanto conviene a los represores, es también una señal de lo molestos que aún están, después de cuatro años, con una persona que, con un simple reporte periodístico en tiempo real, los obligó a exponerse ante al mundo como los irresponsables y mediocres que son. Mostró lo incapaces que han sido en proporcionar un mínimo de seguridad. Incluso en aquellos sitios turísticos de la Isla que venden al mundo como “seguros” y de “lujo”.
Recordemos que para el castrismo una información bien dada, sin pasar por los filtros de la Seguridad del Estado, es mucho más peligrosa que una bomba, pero no pueden reconocer ante el mundo que encarcelan a periodistas por hacer su trabajo. Y es por eso que tienen que agarrarse de cualquier cosa para acosar al reportero. A Cuza lo han estado cazando por años, inventado delitos para tenerlo fuera de la calle. Recordemos cuando cumplió más de un año de cárcel por filmar una cola.
Lo que hacen con él no es una excepción. La fabricación de delitos es el procedimiento favorito de la dictadura cuando no tiene argumentos para el castigo. Así de vengativa, rencorosa y perversa es, así de manipuladora también.









