LA HABANA.- Muchos hemos lamentado en las últimas semanas la muerte del cantante Alfredito Rodríguez. Y es que el carismático artista, tan popular durante varias décadas, caló hondo en el corazón de la mayoría de los cubanos.
Supe de su existencia cuando, en un programa nocturno de Radio Progreso, allá por 1969, pusieron una canción cuyo título no recuerdo y que jamás volví a escuchar. Poco después llegaron otros temas muy populares, como Tiritando, que conquistaron a gran parte del público.
Tuve una prima, ya fallecida, que era fanática de Alfredito Rodríguez. Se sabía todas sus canciones de memoria y cada vez que lo escuchaba en la televisión o la radio, aunque no sabía cantar, sumaba su voz a la de él.
Ella era apenas una más de sus miles de fans. Alfredito logró grabar discos que se vendieron bien y que incluían piezas de gran aceptación, como Sagitario, Buena persona y Vendaval sin rumbo, junto al trío Los Embajadores.
Además de participar de forma habitual, a inicios de la década de 1970, en el programa juvenil Buenas tardes, realizó otros espacios televisivos como Su noche con Alfredo y La diferencia, donde fungía como entrevistador. También condujo un programa al mediodía en el que, además de presentar, interpretaba sus números musicales y compartía el espacio con otros artistas. Se cuenta que en ese programa costeaba de su propio bolsillo los autos de alquiler de sus invitados, con crédito a la empresa Cuba Taxi, que aparecía mencionada al final de la transmisión.
Una de las emisiones de La diferencia, en diciembre de 2006, resultó especialmente controvertida cuando Alfredito entrevistó a Jorge “Papito” Serguera, exdirector del ICR y connotado represor cultural durante el llamado Decenio Gris. La presencia de Serguera, paralela a la de Luis Pavón Tamayo y Armando Quesada en otros programas provocó numerosas críticas de artistas e intelectuales y dio origen a la conocida “guerrita de los e-mails”.
Alfredito Rodríguez tuvo que enfrentar, además, la fuerte oposición de funcionarios culturales y figuras de la cultura oficial, quienes calificaban sus presentaciones de “capitalistas”. Esto provocó que, tras un tiempo en el aire, todos sus programas fueran suspendidos.
Sus canciones tampoco fueron bien vistas por las autoridades culturales del régimen, que las consideraban “banales, facilistas, extranjerizantes” y alejadas de los valores revolucionarios.
Cansado de ser silenciado y con la meta de estar junto a sus hijos, emigró con su familia, primero a México y luego a Estados Unidos.
Hace once años, fue entrevistado por el destacado periodista, escritor y presentador Jaime Bayly, quien lo definió como “talentoso, elegante y señorial”. En esa conversación, Alfredito confesó provenir de un origen muy humilde: contó que vivió en un cuarto de un solar habanero y que, gracias a su esfuerzo como artista, logró adquirir un modesto apartamento.
Cuando le preguntaron si se consideraba un buen cantante, respondió: “Para nada”, y añadió que el verdaderamente talentoso había sido su hijo, pianista de jazz y compositor, que trabajó con Quincy Jones y fue nominado a un premio Grammy.
Al indagar sobre sus gustos musicales, explicó que eran muy amplios: escuchaba tanto a Los Beatles como a Benny Moré, algo que reflejó en el programa radial que condujo en la emisora Cadena Azul, en Miami, donde buscó que sus oyentes se identificaran con sus preferencias.
Alfredito —así, sin necesidad de apellido, como siempre se le conoció— tuvo muchos admiradores, aunque también detractores, debido a su estilo de showman. Cuando cantaba, se desataba el nudo de la corbata, se retorcía y terminaba lanzando la chaqueta al piso.
Fue un hombre sencillo, con deseos de hacer cosas diferentes, algo que, a mi entender, logró plenamente y que le ganó la aceptación de su pueblo. Cuando le preguntaban con cuál de sus canciones se identificaba más, respondía: “Buena persona”. Una autodefinición exacta.








