Hay sueños que producen monstruos y caprichos

Hay sueños que producen monstruos y caprichos

La bandera y el Patria y Vida consiguen despertar más ternuras cubriendo la espalda de un desprotegido, y de ese que se cubrió con ella para soportar el frío

sueño Patria y Vida
Foto archivo

LA HABANA, Cuba.- Ayer tuve un sueño; lo malo es que mi sueño no fue tan sensacional como el de aquella canción que entonaron “Los Pasos” cuando era yo todavía un muchachito, allá por los años setenta. En mi sueño, que fue anoche, la gente ya no vivía en paz, y contrario a lo que dice la canción, sí que se pensaba en engañar, y no solo se pensaba en engañar, se engañaban de verdad los unos a los otros, y nos mentían a toda hora. En el primer año de la década del setenta, esos años en los que los cubanos escucharon a “Los Pasos”, hasta se llegó a decir que lo diez millones iban, pero todo fue mentira, y los diez millones se convirtieron en los sueños de la razón que no produce azúcar, pero sí que produce “monstruos”, y “caprichos”.

Y la verdad es que a estas alturas ya no me importa mucho cuánta azúcar produjeron en la realidad y fuera de aquella consigna, sobre todo si el azúcar sigue racionada. La verdad es que tuve un sueño que quizá no es tan duro de creer como otros sueños de monstruos y caprichos. Mi sueño fue algo raro, y hasta da la impresión de que más que soñando estuve alucinando, y más que alucinando estuve encaprichado, como Goya, el pintor español. Y aclaro lo de Goya para que no suponga algún lector que hago referencia a las sazones perdidas en la isla, esas que cuando aparecen cuestan un ojo de la cara.

Sin dudas yo estuve alucinando, y quizá encaprichado como Goya, cuando vi a la “masa con cantera”, lo que por suerte me alejaba un poco del Silvio Rodríguez que conocimos en diversos escenarios. Yo vi a Silvio con la masa, y con la maza que golpea la cantera. Yo miré muchas cosas, en ese sueño, que resultan muy difíciles de entender en la realidad. Yo vi a Silvio, más bien lo soñé, a favor de “Patria y Vida”. Y miré a Rodríguez reconciliado, al menos en apariencia, con una gran masa de cubanos que evidenciaba los dislates y satrapías del gobierno. Y vi que hasta aplaudía el uso que hiciera Yotuel de una estrofa de Ojalá, que aquel 27 de noviembre uniera a muchos jóvenes en el ministerio de cultura.

Me sorprendió, en el sueño, ese Silvio que dejaba a un lado los reclamos a Yotuel, y hasta agradecía el detalle intertextual salido de la cabeza, y por la boca, de Yotuel. Y hasta miré a Silvio frente al espejo y sin camisa, contrayendo los músculos del torso, escondiendo la barriga, imaginando que tenía un pecho idéntico al del mulato. Yo vi a Silvio “haciendo hierro” con la maza y en medio de la masa pa’ descubrir el instante en el que había alcanzado “su definición mejor”, ese momento en el que su torso le recordaba al de Yotuel.

Y yo puedo ser muy empecinado y hasta contradictorio; porque también vi otra vez a Silvio frente al espejo, después de poner, una tras otras, algunas vocales y consonantes para que en su pecho esmirriado se leyera Patria y Vida; pero lo malo fue que quisiera mirarse en el espejo, ese que le devolvió la imagen de su torso enclenque, y lo peor sería su molestia cuando no consiguió leer la frase de derecha a izquierda, como se la devolvió el espejo. Y eso lo puso histérico. Silvio no concebía que le resultara imposible mirar la fluidez de la frase cuando iba desde la derecha buscando la izquierda, mientras que si era posible cuando fluía, en lo que suponía como la normalidad, de la izquierda a la derecha.

Silvio quería leer PATRIA Y VIDA de derecha a izquierda para demostrar que podría ser una frase revolucionaria, pero cada vez que se empeñaba el resultado era el mismo. Rodríguez leía ADIV Y AIRTAP. Y ese detalle lo desquició, le parecía una deserción comulgar con el ADIV Y AIRTAP, y terminó enfurecido, pero en lugar de borrar la imagen, rompió el espejo, muy parecido a lo que deciden los maridos cornudos, que se deshacen de la cama pero no de la mujer.

Y también miré en mi sueño a Humberto López, el leguleyo, también descamisado y poniendo en evidencia su gordura, su grasa por todas partes…, haciéndome recordar la maldita circunstancia del agua por todas partes en “La isla en peso” de Virgilio Piñera, aunque Humbertico en realidad se babeaba por “La isla en dólar”. Humberto, el de las múltiples sandeces en la televisión, soñaba, en su cuarto y también frente al espejo, con un torso como el de Yotuel. “¿Qué haría yo con eso?”, se preguntaba…, sin responderse…, porque temía al ojo espía de alguna cámara que podría estarlo vigilando…

Y es verdad que, como decía Calderón de la Barca, “la vida es sueño y los sueños, sueños son”, pero no resulta delirante suponer a cierto cubanos en actitudes contrarias a esas que nos muestran, sobre todo cuando piensan, cuando dicen con la boca cerrada: “haz lo que yo digo y no lo que yo hago”, lo que yo pienso y por eso atiendo a esos que predican para deshacer con sus propios pies todo lo que manifestaron antes. Y quizá sea también por eso que hasta llegué a soñar al “presidente” y a su esposa, en un mercado, en una tienda cualquiera, como consiguen ver los alemanes a Ángela Merkel.

Y me resultó imposible, incluso en el sueño, ver a la primera dama con su libreta de abastecimiento en una cola para comprar los mandados el primer día del mes, ese día en el que todo el entorno de la bodega hace recordar aquellas concentraciones en la plaza para celebrar cualquier cosa que antes se dispusiera celebrable, sin embargo, sí conseguí verla, al menos en ese mundo de los sueños, vestida con esos feos trapos que cubren su robustez, en un taller de tatuadores para corregir esa marca que, se dice, distingue a su omóplato izquierdo; y allí mismo, en esa parte tan siniestra de su cuerpo, dejar fijado “Patria y Vida”.

Y supuse al “presidente” en ese instante en el que descubre la traición de la primera dama. Lo vi de rojo encendido, y hasta parecía un desquiciado, un demente que gritaba improperios a la esposa, a la que ponía esposas para dejarla sujeta a una de las columnas que cargaban con el dosel de la cama presidencial. Y tal era el arrebato, la furia incontenible, que hasta recordé un título de Almodóvar, ese que advierte a un montón de mujeres con un ataque de nervios.

Luego, y ya despierto, traté de encontrar sentido a aquella escena de mi sueño, y mientras me explicaba pasé de la película de Almodóvar al torso de Yotuel, ese que, aunque no exhibiera el Patria y Vida seguiría siendo llamativo. Y quizá lo que sucedió al presidente fue que entendió de una vez y por todas que jamás tendría un torso como ese, aunque pasara noches y noches despelota’o bailando con Gente de Zona en la Ciudad Deportiva o aplaudiendo fuerte y sin pausa a Descemer Bueno en el Karl Marx.

Y es que alguna gente puede ser muy empecinada, a algunos les resulta complicado reconocer sus limitaciones, admitir sus muchas faltas de iniciativas, porque lo que les importa realmente no es el Patria y Vida, lo que les preocupa es que no se les ocurriera a ellos la consigna, les mortifican sus faltas de iniciativa, sus tardanzas, y por supuesto el torso de Yotuel, sobre el que cualquier consigna será bien acogida, como sucedió ahora con el Patria y Vida, como antes sucedió con la bandera cubriendo los hombros, las espaldas, de Luis Manuel Otero Alcántara.

La bandera se ve mucho mejor, mucho más libre, cuando alguien la despliega frente a un policía golpeador, cuando le sirve de refugio a un desprotegido, mucho más que enarbolada en una plaza o en una casa de gobierno. La bandera y el Patria y Vida consiguen despertar más ternuras cubriendo la espalda de un desprotegido, y de ese otro que se cubrió con ella para soportar el frío en la trinchera de una guerra ajena. La bandera se ve mucho mejor en el niño ingenuo que limpia con ella sus secreciones nasales. La bandera, como la patria, es ara y no pedestal.

Y mucho más tierno es el Patria y Vida para un niño que el “Patria o Muerte”, y sobre todo más que ese “Pioneros por el comunismo seremos como el Che”. Y es que ese niño, sin convicción política alguna, que chilla Pioneros por el comunismo…, podría en unos años, y si las cosas no se arreglan como debe ser, montarse en una balsa para hacer el camino al norte, sabiendo que puede morir sin conseguir esas costas que anda buscando. De nada sirven esas reverencias si la Patria no es capaz de propiciar la vida.

La bandera y la patria son también mías. La bandera es altar para el que disiente, para quien reclama. La bandera no es más de Díaz-Canel que mía, ni siquiera porque él la exhiba sobre su muy relleno cuerpo de vikingo. La bandera no es tampoco distingo privado de esa Haila que no apareció, por suerte, en esos sueños que hasta hoy tuve, aunque ella se crea mucho más voluptuosa cuando sus descomunales pechos se insinúan en su “bandera vestido”.

Yo soñé que todos esos lucían en sus cuerpos el Patria y Vida, y también en sus vestiduras, pero eso era imposible, porque no se les ocurrió a ellos la “consigna”, porque tal cosa no estuvo entre sus dictados. Ellos no rasgarían sus vestiduras, mucho menos si antes fuera una práctica de los judíos para mostrar alguna desgracia acaecida. Ellos no sufren tribulaciones, más bien las provocan, pero ya van conociendo sus reveses.

Y si alguien debe rasgar sus vestiduras deberíamos ser otros; esos que decidieron no “entrar por el aro”, los que no se autoflagelaron porque antes ya habían sido flagelados. Si alguien debe rasgar sus vestiduras, como hacían los judíos, son las víctimas del comunismo, los que sueñan y reclaman la patria y también la vida, los que fueron amordazados y sometidos. Y ahora que ya voy terminando, ahora que estoy cerca del punto final, me parece no creer tanto en esa Vida que Calderón supone como un sueño. Lo mejor no es soñar, lo justo sería luchar por lo que antes se soñara.

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Jorge Ángel Pérez

(Cuba) Nacido en 1963, es autor del libro de cuentos Lapsus calami (Premio David); la novela El paseante cándido, galardonada con el premio Cirilo Villaverde y el Grinzane Cavour de Italia; la novela Fumando espero, que dividió en polémico veredicto al jurado del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos 2005, resultando la primera finalista; En una estrofa de agua, distinguido con el Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar en 2008; y En La Habana no son tan elegantes, ganadora del Premio Alejo Carpentier de Cuento 2009 y el Premio Anual de la Crítica Literaria. Ha sido jurado en importantes premios nacionales e internacionales, entre ellos, el Casa de Las Américas

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