LA HABANA.- En octubre de 2023 Adelth Bonne era un joven instructor de arte que hacía directas en redes sociales para hablar sobre la realidad de Cuba. Su actitud desinhibida, graciosa y audaz a la hora de exponer los acuciantes problemas de la sociedad en que vive, atrajo la atención de miles de cibernautas, pero también de la policía política, que comenzó a “visitarlo” para cuestionar sus razones, el mensaje que transmitía y su intención. El acoso frecuente lo obligó a abandonar su trabajo. Desde entonces se dedicó a colaborar con Cubanet, pese a saber lo que le esperaba.
Formar parte de la prensa independiente convierte a cualquier cubano, de facto, en opositor. No es necesario haber realizado activismo en contra del régimen, o estar afiliado a organizaciones disidentes. Emitir públicamente criterios desfavorables al poder político, juzgar negativamente la gestión gubernamental, exponer la realidad nacional como el desastre que es, a contrapelo de la propaganda oficialista, bastan para que un ciudadano común se convierta en traidor, mercenario, apátrida, anticubano y otros calificativos utilizados por los esbirros del régimen para desacreditarlo en el barrio y en su centro laboral; estigmas que funcionan, además, como una advertencia para que vecinos, amigos, conocidos e incluso parientes se mantengan alejados, poco dispuestos a mostrar apoyo y solidaridad hacia un individuo que sufre la violencia del estado.
Todos los periodistas independientes han sido víctimas de persecución en algún momento, y acusados de ser agentes de opinión pagados por el imperialismo yanqui. Sin embargo, de un tiempo a esta fecha también son perseguidos quienes publican en sus redes sociales crónicas, denuncias, opiniones o relatos cotidianos que desnudan la corrupción administrativa, la violación de derechos civiles, la decadencia del sistema político que la Constitución de 2019 declaró irrevocable, y el desamparo de una población que, por generaciones, creyó en la construcción de un proyecto de justicia social.
Cuanto más se debilita la alternativa política elegida hace casi setenta años, más torpe y desproporcionada es la represión. La protesta pacífica se paga con años de cárcel. Hacia su contención están destinados todos los recursos y las fuerzas del orden mientras aumentan los delitos y la inseguridad ciudadana.
Ante la imposibilidad de controlar la narrativa, el régimen procura silenciar tanto a la prensa independiente como al periodismo ciudadano. Pocos días antes del estallido social del 11 de julio de 2021, en medio de un clima político cargado de señales que apuntaban a la urgencia de implementar cambios estructurales profundos, el gobernante Miguel Díaz-Canel aseguró que “la libertad de expresión en la Revolución sigue teniendo como límite el derecho de la Revolución a existir”. Sus palabras encierran un conflicto sin solución, el enfrentamiento constante entre un ideal que ha perdido su significado y el cuestionamiento de millones que, desde hace años, no ven posible vivir dentro del marco cada vez más depauperado, restrictivo e injusto que les impone el proceso.
En los últimos cinco años se ha consumado la metamorfosis total de la Revolución en dictadura, con un elevado número de presos políticos y la aprobación de leyes orientadas a castigar con mayor severidad el disenso. Decenas de periodistas y activistas se han visto obligados a abandonar la isla ante la amenaza de terminar presos. Los que aún perseveran, soportan métodos diversos de hostigamiento, desde cortes prolongados de Internet hasta despliegues policiales para impedirles salir de su domicilio.
En este contexto Adelth Bonne sufrió amenazas de cárcel que lo hicieron abandonar su trabajo en Cubanet a finales de 2025. La seguridad del estado le dejó claro que solo tenía dos opciones: el destierro o la prisión. El joven escogió la primera, pero mientras tramitaba su partida al exilio debía renunciar a colaborar con Cubanet. Un año después, la prohibición de salida del país impuesta por la seguridad del estado sigue vigente, y Adelth ha decidido retomar su trabajo a pesar de las consecuencias, que no se han hecho esperar.
La semana pasada, durante el más reciente interrogatorio, la policía política lo acusó de mercenario y amenazó con instruirle cargos por el supuesto delito de “propaganda contra el orden constitucional”, una figura legal que establece penas de entre cuatro y diez años de cárcel. Fue advertido, además, de que en los próximos días recibiría una orden de reclusión domiciliaria. Varias organizaciones han llamado la atención sobre su caso debido al hostigamiento sostenido y el riesgo creciente para su integridad física y su libertad.
Aunque las circunstancias del presente no juegan a su favor, Adelth tiene muy claro que seguirá colaborando con la verdad y abriga esperanzas de que pronto pueda caminar en una Cuba libre. Tal como lo expresó durante un breve conversatorio: “no puede haber un retroceso. Ya el cubano despertó (…) Yo sí creo que el régimen está a punto de caer”.









