“Acaricié la idea de invertir un día en Cuba, pero dada la situación actual, ¡ni pensarlo!”

El escritor William Navarrete entrevista al empresario Alberto Bousquet Alfonso.
Alberto Bousquet Alfonso con su nuera, Blanca Elosua, en La Perla, durante su viaje a Cuba en 2017
Alberto Bousquet Alfonso con su nuera, Blanca Elosua, en La Perla, durante su viaje a Cuba en 2017 (Foto: Cortesía)

MADRID, España ― Me encuentro con Alberto Bousquet Alfonso en su casa madrileña de la calle Aviador Zorita a pocos minutos del estadio Santiago Bernabeu. En principio, debía haber entrevistado a su hermana Lourdes, quien, siendo mayor, recordaba, según el entrevistado, mucho mejor que él las historias familiares en Cuba. 

Nos habíamos encontrado anteriormente con un grupo de amigos en común, gracias a María del Rosario de la Cagiga, condesa de Revilla de Camargo, que reunió en su casa a un grupo de exiliados cubanos de la primera oleada de la década de 1960. Conversando aquella tarde con Alberto, me di cuenta de que tenía mucho que contar y de que, a pesar de haber salido de Cuba con apenas ocho años de edad, pudo recuperar el acento cubano y alcanzar éxito en el ámbito profesional gracias a los lazos de amistad y solidaridad con otros cubanos, también exiliados, que le abrieron las puertas y le facilitaron la vida tanto a él como a sus padres en aquel incierto periodo de la llegada a la Península. 

Alberto no solo conserva, a pesar de sus seis décadas de vida en España, su acento cubano, sino que atesora libros, álbumes de fotos, grabados de las propiedades de su familia en Cuba, una amplia memorabilia e, incluso, la correspondencia de la reina Victoria Eugenia de Battenberg con su abuela materna, Carmelina. Me muestra un enorme árbol genealógico de sus ramas paterna y materna, y hasta una botella de vino de la marca Bousquet, un tinto de Burdeos, sin dudas relacionado con descendientes de sus ancestros franceses que se quedaron en Francia. Creo que es mejor que sea él quien nos cuente todo esto y mucho más.

―Háblanos de tus orígenes familiares.

―Mi padre, Eduardo Bousquet Astray-Caneda, nació en La Habana en 1917. Trabajaba para la agencia bursátil de Luis Mendoza y Cia, pero yo creo que lo hacía de manera esporádica porque, en realidad, viajaba mucho al interior del país, donde se ocupaba de las propiedades de la familia, las tierras y fincas que tenían en las provincias de Oriente y Matanzas. Recuerdo, en particular, la colonia oriental de La Perla, cerca de Alto Songo y en las inmediaciones de la Sierra Maestra. Era la más importante y a donde él iba, por lo menos, una vez por trimestre. Esa colonia fue uno de los lugares que visité con mi esposa, mi hijo y mi nuera durante mi único viaje a la Isla en 2017.

Mis abuelos paternos fueron Eduardo Bousquet de la Torre, a quien no conocí, y Magnolia Astray-Caneda, la única que se quedó en Cuba cuando nos fuimos todos porque ya estaba muy mayor y enferma para emprender el viaje. Por los Bousquet desciendo de colonos franceses originarios de Burdeos que se habían asentado en la colonia de Puerto Príncipe (actual Haití) y que salieron huyendo de allí tras la Revolución Haitiana. Sé que eran dos hermanos y que uno se fue a vivir a Venezuela y, el otro, del que desciendo, se instaló en Cuba. Antes de fallecer en 2007, mi padre me dejó el árbol genealógico de nuestra familia que él mismo había confeccionado con mucha paciencia durante años de búsquedas. 

Por parte de Elena Alfonso Guzmán, mi madre, también nacida en La Habana en 1919, desciendo de Eduardo Alfonso del Junco y de Carmelina Guzmán Rodríguez-Ojea, a quien llamábamos “Mía”. Esta rama familiar descendía de los marqueses de Montelo y condes de Canímar. Mi abuela era muy amiga de la reina Victoria Eugenia de Batterberg, esposa de Alfonso XIII, que vivía exiliada en Lausana, Suiza, después del advenimiento de la Segunda República. Ambas mantenían una correspondencia regular que recientemente descubrí que la tenía. Recuerdo que durante la única visita que la reina y abuela del rey Juan Carlos de Borbón hizo a Madrid en 1968 con motivo del bautizo de su nieto y tras 37 años de exilio, acompañé a mi abuela a saludarla. La reina tuvo una acogida abrumadora; por el Palacio de Liria, sitio donde residió durante su breve estancia, pasaron muchas amistades, personalidades y gente de pueblo que fueron a saludarla. Mi abuela fue una de las invitadas. Hicimos la fila como todos y a mí me parecía que la reina estaba medio somnolienta, probablemente cansada de tantos besamanos y saludos. Pero cuando vio a mi abuela parada delante de ella, saltó del sillón en que estaba sentada y le dijo: “¡Pero, Carmelina, que gusto tan grande en volver a verte!”.

Correspondencia entre Carmelina, abuela del entrevistado, y la reina Victoria Eugenia
Correspondencia entre Carmelina, abuela del entrevistado, y la reina Victoria Eugenia (Foto: Cortesía)

―¿En qué contexto naces y qué recuerdos tiene de los primeros años de infancia?

―Nací en El Cerro, un barrio de La Habana, el 20 de diciembre de 1951. Fui bautizado en la misma casa familiar, en la Calzada del Cerro, entre la Esquina de Tejas y Buenos Aires, porque teníamos capilla privada. La casa era una de esas mansiones construidas a mediados del siglo XIX, cuando muchas personas pudientes abandonaron la parte antigua de La Habana para vivir en quintas a lo largo de la calzada en que nací. Aquella casa la había construido un antepasado materno mío, el marqués de San Miguel. Allí nacieron también mis hermanas Lourdes y Elena, así como mis hermanos Eduardo y Jorge.

Lo único que recuerdo de la infancia es que aquella casa era enorme, con un jardín inmenso que colindaba con el patio de un convento de monjas que se encuentra aún en la esquina de la Calzada del Cerro y Buenos Aires, y también con una fábrica de Coca Cola. Los otros recuerdos que tengo de ese periodo de mi vida tienen que ver con el Habana Yacht Club, en la playa de Marianao, a donde me llevan todas las semanas. Todo lo que hice en ese periodo de mi vida tiene que ver con este célebre club de recreo. Allí aprendí a nadar, a montar patines, a jugar pelota, socializar, etc. Lo recuerdo como la mejor etapa de toda mi vida.

La casa familiar en la Calzada del Cerro, entre Esquina de Tejas y Buenos Aires (Foto: Cortesía)

―¿Y de tu escolaridad?

―En Cuba fue escasa. Asistí al kínder de Delia Salcedo, la esposa de Luis Posada, y luego me inscribieron en el colegio de La Salle en El Vedado, en donde ya mi hermano Eduardo cursaba estudios. Pero estuve poco tiempo porque triunfó la Revolución y los cambios en nuestras vidas y en la sociedad comenzaron a ocurrir de manera trepidante.

―¿Recuerdas las condiciones de tu salida de la Isla?

―Recuerdo incluso el momento en que yo venía corriendo por el pasillo de nuestra casa del Cerro y oí a mi padre colgar el teléfono y decirle a mi madre: “Elena, los niños salen esta misma noche”. 

Era octubre de 1960 y se corrió el rumor que se les quitaría a los padres la patria potestad sobre sus hijos menores. Ya mis dos hermanas estaban estudiando desde antes de 1959 en Lafayette, en Luisiana. De modo que mis padres deciden enviarnos a mi hermano Eduardo y a mí a Miami, a casa de un primo hermano de mi padre llamado Enrique, cuya esposa, a la que llamaban Teté, no hablaba una palabra de español. Así fue como llegamos, durante la celebración de una noche de Halloween, a la ciudad de Miami. Por supuesto, mis padres se quedan en La Habana y mi hermano Jorge todavía estaba por nacer.

―¿Cómo fueron tus primeros tiempos en el exilio?

―Fatales. Solo pude estar un mes en casa de estos parientes porque no me portaba bien y le hacía la vida imposible al hijo de Enrique y Teté. Me inscribieron en el colegio católico de St Mary’s, en el que solo había cinco alumnos cubanos. A tío Enrique no le quedó más remedio que colocarme en otra casa, la de los Evans, y en ese periodo perdí la cuenta de las casas en que estuve. Así fue hasta que llegó de Cuba mi tía abuela Dulce María Alfonso, a la que llamaban “Tía Cuca”, que se ocupó de mí un año y algo, pues mis padres seguían trabados en Cuba. Al final, gracias a ella me estabilicé emocionalmente pues, al parecer, los trastornos de comportamiento que tenía estaban motivados por la carencia de afecto y el hecho de verme separado de mis padres.

Los cinco hermanos Bousquet Alfonso con su madre reunidos en Miami en 1960 (Foto: Cortesía)

―¿Cuándo logran reunirse de nuevo y qué sucede con tu vida?

―No fue hasta 1962 que pudo salir mi madre de la Isla, con Jorge, mi hermano más pequeño, que yo no conocía puesto que había nacido en La Habana después de mi salida. En ese momento todos, excepto mi hermana Elena, que siguió estudiando en Lafayette, nos fuimos a vivir a Nueva York y, desde allí, viajamos en avión, el 25 de junio de 1962, a Madrid. Es en la capital española donde he vivido de manera permanente desde aquel día hasta hoy. 

La razón por la que vinimos a España es que aquí teníamos familiares que nos esperaban y no pocos amigos que podían ayudarnos. En ese periodo vivimos, unos tres meses primero, en la calle Recoletos y, después, en la casa oficial de mi tío D. Fernando Suárez del Tangil (conde de Vallellano), que en ese momento era el presidente del Consejo de Estado, sito en Calle Mayor 79 y él no la utilizaba.

No fue hasta 1965 que mi padre pudo salir definitivamente de Cuba con mi abuela materna. Fue una época muy dura porque mi madre nos enseñaba todos los días la foto de él para que no lo olvidáramos. Estuve cinco años sin su compañía, desde los ocho hasta los 14. Imagínate que para mi hermano menor Jorge su padre era nuestro propio hermano Eduardo que era el mayor, pues además era muy alto.

Alberto Bousquet muestra el árbol genealógico que confeccionó su padre

―¿Dónde estudiaste y qué sucedió cuando por fin llegó tu padre de Cuba?

―Cursé toda mi escolaridad, desde la primaria hasta el bachillerato, en el Colegio Apóstol Santiago que ya no existe y que se encontraba en la calle Velázquez y Núñez de Balboa. Los primeros tiempos me vi confrontado a dificultades con la lengua, pues mi español era malísimo ya que durante el tiempo que estuve en Estados Unidos el inglés se convirtió en mi lengua escolar. A esa edad una lengua remplaza muy rápido a otra.

Mi padre llegó, como dije, en 1965. Enseguida, gracias a la familia Gómez-Mena Waddington, que era muy amiga de la familia, comenzó a trabajar en la empresa Simago, una cadena de grandes almacenes populares con productos de bajo coste que se hallaban en zonas periféricas de entonces como la Glorieta de Embajadores. Aquellas tiendan fueron los ancestros de los supermercados actuales y, aunque no competían con El Corte Inglés y las Galerías Preciados, sí tenían muchísima demanda. El grupo Simago era hispano-cubano y su nombre correspondía a las sílabas de los apellidos de José Simó, José Mañas Mayorga y las hermanas María Teresa y Henriette Gómez-Waddington, sus primeros tres propietarios, todos cubanos de ascendencia española. Esos almacenes terminaron expandiéndose a otras provincias y empezaron a ser gestionados por la sociedad francesa Prisunic. De los tres fundadores solo Mayorga continuó dirigiéndolos.

Mi padre se convirtió en director de compras, pues tenía que alimentar y dar educación a una familia de cinco hijos. Y allí trabajó muchísimo toda su vida hasta su jubilación.

Mientras, mi madre, que nunca había tenido que trabajar, empezó a hacerlo en una oficina del International Rescue Committe, un programa de Naciones Unidas para refugiados. A ella le hicieron la despedida de jubilación en el Centro Cubano de Madrid que era el sitio de la capital española donde se reunían los exiliados durante décadas. 

―¿Realizaste estudios universitarios?

―Empecé estudiando Economía, pero no terminé esta carrera porque me cambié para estudios de marketing en la Escuela Superior de Estudios de Marketing de Madrid, en 1970. Finalmente me gradué en 1974, pero, mientras estudiaba, trabajaba a la vez para una compañía norteamericana llamada Gold Bond Stamps Company. Es decir que, desde muy temprano me acostumbré a ganar mi dinero y a no depender de mis padres.

¿En qué trabajaste luego?

―Gracias a la red de exiliados cubanos amigos de mis padres pude entrar en la empresa Indumatic Iberia que gestionaban Ricardo Campos y Marcel Rodríguez, dos cubanos radicados en España. Es en esta empresa cuya función era vender equipos industriales a hospitales y hoteles, que, con 20 años de edad, volví a conectarme con el mundo cubano, la forma de hablar, los temas relacionados con la Isla. Y es que además de los dueños, todos los empleados eran también cubanos. 

Después, entré en la Texaco España, otra vez gracias a la conexión cubana porque una de sus grandes accionistas era Ana María Rogers, amiga de mis padres desde la época habanera. Allí estuve trabajando cuatro años y fue donde aprendí a montar una empresa desde cero.

A mi experiencia en Texaco siguieron dos años de trabajo en Playtex, cuyo presidente, Jimmy Hernández, también era cubano. Me ocupaba de la marca de ropa interior femenina Danskin. De allí, me fui con Fernando Bernal, un cubano más en mi vida laboral, a quien llamaba “Bichi”, y quien estaba montando Chubb Alarms Limited, una compañía de seguridad. Estuve en esta empresa unos 10 años, compré la rama española y la vendí en 1992.

Ya por entonces estaba casado con Carmen López-Sáez y García-Escámez, a quien todos llaman “Chata” y a quien había conocido en una corrida de toros en la que participaba Manolo Vega-Penichet, uno de los 14 hijos del abogado cubano Manuel Vega-Penichet, y a cuyo hijo Fernado tú ya entrevistaste. Nuestra boda tuvo lugar en 1982, en la base aérea norteamericana de Torrejón de Ardoz, porque el padre de Chata era el teniente general del Ejército del Aire Rafael López-Sáez Rodrigo, al mando de la fuerza aérea española. Fue una boda muy divertida porque escogimos el 4 de julio, día de la fiesta nacional de Estados Unidos, para celebrarla. De modo que la base estaba muy engalanada y los invitados pensaron que toda aquella decoración había sido intencional para nuestra boda.

―Tengo entendido que también tuviste una etapa africana…

―En efecto. Después que vendí Chubb, me fui con el Grupo Forum Filatélico que, entre sus muchas inversiones, estaba montando una empresa forestal en los bosques de Liberia. La empresa cortaba madera y la vendía en el mercado internacional. Estuve al mando de unos 600 empleados locales y tenía toda la concesión maderera en el sur de este país africano. Viví allí entre 1998 y 2002, es decir, entre dos guerras civiles que fueron muy devastadoras para ese país. Por esa razón, las infraestructuras estaban muy dañadas y, por ejemplo, para recorrer 200 kilómetros se necesitaban ocho horas.

Cuando dejé la rama de Liberia, al comenzar la segunda guerra civil en el país, me quedé en el grupo hasta 2007, pero en una empresa de cosmética. Fue en ese momento en que pasé a un grupo de empresas que, entre otras, tenía una dedicada a la distribución y venta de cigarrillos en África del Oeste, donde permanecí hasta mi definitiva jubilación en 2022.

Visita a la colonia familiar La Perla, en Songo La Maya, en 2017 (Collage: Cortesía)

―Dices que estuviste en Cuba en 2017. ¿Fue tu primer viaje? ¿Hubo otros? ¿Qué impresiones tuviste?

―Fue el primer y único viaje 57 años después de mi salida. Se trataba de un viaje familiar porque nuestro único hijo, Alberto, nacido en 1986 y fallecido en 2023, quería que lo llevara al sitio en que yo había nacido y que recorriéramos juntos los lugares relativos a mi historia familiar. 

Hice el viaje con él, mi esposa Chata y mi nuera Blanca Elosua. Estuvimos dos semanas. Primero nos alojamos en el hotel Central de La Habana, administrado por el grupo español Iberostar y, después, recorrimos un poco la Isla. Por supuesto, fuimos al Cerro y vi el destrozo de casa que es lo que queda de la nuestra. Había sido transformada en casa comunal o como se dice en Cuba “solar”. Lo curioso es que los que hoy viven en esa casa poseen títulos de propiedad firmados por uno de mis ancestros, el marqués de San Miguel, fallecido hace casi un siglo. Me pregunto cómo pudo revivir el marqués para firmarles el título, si cuando mi padre se fue de la Isla en 1965 su ancestro había fallecido medio siglo antes. Toda la casa estaba llena de barbacoas y los suelos desbaratados. Incluso el patio, que era enorme, había sido amputado de buena parte porque las monjas colindantes cuando vieron que nosotros nos habíamos ido debieron extender el patio de su convento, ya que la mata de mangos que estaba en el nuestro ahora está en el de ellas. En La Habana fuimos recibidos también en la residencia del embajador de España, quien nos convidó a un almuerzo.

La casa del Cerro en un plato de la vajilla familiar (Foto: Cortesía)

También viajamos a Oriente, a La Perla, la famosa colonia de Alto Songo, al pie de la Sierra Maestra, que fue propiedad de mi padre y sus abuelos. Llegamos allí mapas y planos en mano porque, de lo contrario, era imposible encontrar las tierras. De la casona y las instalaciones de otros tiempos no queda absolutamente nada. Por suerte, conservaron el nombre y es así como se llama todavía la comunidad campesina que existe en ese lugar. Tampoco encontramos a nadie que reconociera a nuestra familia, excepto una vecina de la colonia aledaña que era descendiente de los antiguos propietarios. En ese viaje también estuvimos en El Cobre, en Trinidad, en Cienfuegos.

Alberto visita casi seis décadas después su casa natal en La Habana (Foto: Cortesía)

―¿Qué impresiones tuviste?

―El pueblo nos pareció encantador. Mi esposa, española de pura cepa, lo consideró un viaje precioso. Pero, para mí, en general, todo fue de una enorme decepción visto el destrozo generalizado y la situación económica. Eso sí, la gente me pareció muy viva y también muy capaz. Me impresionó ver realmente cómo sabían buscarse la vida. En una época acaricié la idea de invertir un día en Cuba, pero dada la situación actual y lo que vi, ¡ni pensarlo!

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