Yo también quiero ir a la playa en tanga
Foto cortesía de la autora.

En los últimos meses he descubierto que ya no se usa ir a la playa con bikini tradicional. O al menos eso concluyo por los posts en Instagram de influencers, artistas y amigas chics que sigo. He visto tantos culos al aire que ahora mi bikini me parece cheo. Anticuado. Un auténtico matapasiones.

Muchas mujeres ya no sólo van con tangas brasileras a la playa, sino que se sacan fotos y las publican. Mientras, yo sigo con un modelito recatado, el mismo desde hace tres años, con el cual nunca he sabido lo que es un bronceado parejo en las nalgas. No me he deshecho de él porque, como cubana y pobre al fin, me cuesta deshacerme de lo que aún sirve, pero me he comprado un bikini nuevo que, si bien no es el más osado del mundo, supondrá para mí una evolución.

Digamos que la pieza de abajo que me compré es algo a mitad de camino entre la típica tanga que desaparece entre las nalgas, dejando visible apenas un triángulo minúsculo, y la conservadora que deja escapar poca información. Tengo que ir poco a poco, hay muchas inseguridades que debo vencer. Y aunque yo suelo usar tangas –o hilos– con bastante frecuencia, porque me resultan más cómodas que el resto de los blúmeres, no es lo mismo usarlas en público que en privado.

Yo con las tangas no tengo ninguna reserva. Me gustan y creo que serían fantásticas para tomar el sol y disfrutar el agua de mar. (No hablo de piscinas porque no las soporto.) Pero hay dos cosas que siempre me han impedido considerarlas como opción: el acoso de los machos e insatisfacciones con mi propio cuerpo.

Debo reconocer que si yo estuviera en este momento en Cuba es muy probable que no me hubiera atrevido ni a comprar el bikini a mitad de camino que compré. El acoso sexual que yo he vivenciado en espacios públicos en distintas provincias de Cuba, pero sobre todo en La Habana, que es donde he residido toda mi vida, es sencillamente repulsivo.

Es muy difícil que te sientas a gusto y relajada cuando tu manera de ser, vestir o caminar, todo lo que te hace la mujer que eres, te expone a ofensas, humillaciones y agresiones. A que un extraño te toque las nalgas, te agarre por el brazo, te hale el pelo, te diga cochinadas al oído, te acorrale mientras caminas, te persiga varios metros o se masturbe a tu lado. Todo eso yo lo viví en Cuba varias veces desde que tenía 12 años.

El primer pajuzo que yo vi en mi vida fue en séptimo grado, vestida de uniforme, a una cuadra de mi secundaria. De ahí en adelante seguiría encontrándolos en cualquier parte y a cualquier hora, y aprendería a detectarlos de inmediato y a evitar sus zonas preferidas, hasta perder la cuenta de la cantidad de penes erectos que vi en espacios públicos contra mi voluntad.

Sólo las mujeres que hemos enfrentado toda esa violencia en Cuba podemos entender lo liberador y gratificante que resulta caminar por una ciudad sin acoso. A pesar de que España –donde resido desde hace unos meses– está muy lejos de ser un territorio libre de machismo, en los cuatro meses que llevo aquí no he sido acosada por ningún hombre en la calle. En cambio, en Cuba no había una vez que yo saliera de mi casa y no sufriera acoso.

Cuando los límites de tu libertad se expanden, porque el contexto en el que te encuentras permite esa expansión, puedes considerar hacer cosas tan maravillosas como la que considero ahora: ir a la playa en tanga y broncearme como una diosa. Ahora mismo soy yo, a solas con mis complejos. No hay factores externos –hombres marchistas– interfiriendo en la decisión de qué tipo de traje de baño usar.

Todo lo que me corresponde vencer es cierto miedo al ridículo. Nada más. Aunque eso no es poco.

En mi cabeza, por más feminista que yo sea, todavía permanece instalado el estereotipo de que sólo los cuerpos perfectos se exhiben. Solo los cuerpos perfectos tienen derecho a usar tangas, sacarse fotos y compartirlas en redes sociales. Los cuerpos que tienen celulitis y estrías en las nalgas, panza y rollitos en la espalda, deben ser pudorosos y ocultarse, porque sus imperfecciones pueden ofender y hasta dar asco.

Qué horror, ¿cierto? Qué horror crecer creyendo esas cosas, creer que existen cuerpos perfectos y cuerpos imperfectos, que unos deben exhibirse y otros deben ocultarse. Qué horror que la relación con una misma pueda definirla una cultura machista hegemónica de mierda. Qué horror sentir vergüenza de nuestro propio cuerpo.

A veces una tanga no es apenas una tanga, ni una foto es apenas una foto. En la tanga y en la foto, o en la foto en tanga, puede haber también una lucha por desmontar estereotipos tóxicos, fortalecer nuestra autoestima e inspirar a otras mujeres. Si yo hoy tengo ganas de usar una tanga es por todas las mujeres que sigo en Instagram que salen en tanga. De hecho, ahora que lo pienso, creo que sigo a más mujeres que a hombres.

Sigo a mujeres que hacen twerking y veo todas sus fotos y videos y les dejo corazones. (La ucraniana Nastya Nass es algo de otro planeta, si sus nalgas no te hipnotizan, nada nunca lo hará.) Sigo a una trabajadora sexual argentina. Sigo a mujeres con sobrepeso orgullosas de sus masas. Sigo a emprendedoras, a madres, a artistas, a políticas. Y en todas encuentro siempre algo que me motiva o me interpela.

Cuando yo me pregunto por qué nunca he ido a la playa en tanga, la respuesta no tiene nada que ver con cómo yo me siento con esa prenda sino con cómo me ven los demás. Por eso justamente es que quiero intentarlo, porque para mí formaría parte del proceso de aprender a aceptar y amar mi cuerpo.

Advierto que esto no significa que dejaré de practicar ejercicios o de cuidar mi alimentación. No voy al gimnasio ni me esfuerzo por mantener una dieta saludable para aumentar mi autoestima sino mi calidad de vida. Mi autoestima no puede depender de los resultados físicos que obtenga con dieta y gimnasio. Yo prefiero fortalecerla poniéndome retos que me lleven a sentirme cada vez más segura, fuerte y libre.

Todavía no he tenido la oportunidad de estrenar mi trusa nueva. Madrid no tiene costas y no me ha sido posible viajar a otra ciudad. Pero el superpoder ya está guardado en el armario. No hay vuelta atrás. Estoy segura de que un día las generaciones de mujeres del futuro nos darán las gracias a las que elegimos bañarnos en el mar con tanga, así como nosotras damos gracias a las flappers que a principios del pasado siglo nos salvaron de tanta mojigatería. Decir “mis nalgas son bellas y merecen el sol” también puede ser un modesto aporte a la causa.

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MÓNICA BARÓ
Mónica Baró (La Habana, 1988). Periodista y escritora. Trabajó para la revista estatal Bohemia entre 2013 y 2014 y luego en el Instituto de Filosofía de Cuba. En 2015 formó parte del equipo fundador de la revista medioambiental independiente Periodismo de Barrio, donde fungió como reportera y miembro de su consejo editorial, hasta 2018. Ha publicado en OnCuba, Univisón Noticias, El Toque, Cuba Posible, Hypermedia Magazine. Ha escrito principalmente sobre comunidades vulnerables a desastres naturales, envenenamiento por plomo, problemas de vivienda y violencia de género. En 2019 ganó el premio Gabriel García Márquez con el texto “La sangre nunca fue amarilla”.

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