El artista Luis Manuel Otero Alcántara sostiene una bandera cubana frente a una cámara de vigilancia policial
El artista Luis Manuel Otero Alcántara sostiene una bandera cubana frente a una cámara de vigilancia policial.

Hoy se cumplen quince días de la hospitalización del artista Luis Manuel Otero Alcántara. Casi todo el mundo en las redes sociales sostiene que se trata de un secuestro, pero, en rigor, nadie sabe nada con seguridad.

No hay noticias de que Luis Manuel haya podido comunicarse directamente con amigos, colegas y seguidores, o que haya recibido visitas de otras personas que no sean familiares cercanos. Desde el pasado 2 de mayo, los alrededores del hospital Calixto García en La Habana se encuentran bajo estricta vigilancia policial. Quienes han intentado acceder con el propósito de visitar al artista han sido detenidos.

Hasta ahora, las únicas imágenes y declaraciones de Luis Manuel han sido emitidas por fuentes asociadas al Gobierno cubano. Primero, por la Dirección Provincial de Salud de La Habana; luego, a través de Facebook por personal sanitario del hospital. Información que, si bien sirvió para tranquilizar a quienes temían la muerte del artista, también ha contribuido a perturbar aún más a la gente.

La Seguridad del Estado cubano, una vez más, parece estar logrando su propósito: seguir naturalizando la violencia. Con el tiempo Luis Manuel ha dejado de interesar a la opinión pública; nos hemos acostumbrado a que esté aislado en un hospital, como mismo nos habíamos acostumbrado a sus sucesivas detenciones.

También comenzamos a acostumbrarnos a que la periodista Iliana Hernández lleve casi cuarenta días sitiada sin poder salir de su casa, a que seis de las personas que se manifestaron en Obispo el 30 de abril continúen encarceladas, a que se talen de manera obscena los árboles en La Habana, a que nos falten alimentos y medicamentos, a que el fantoche de Humberto López siga difamando y amenazando en la Televisión Nacional. El umbral de resistencia de la sociedad cubana parece insondable.

Y yo me vuelvo a preguntar, casi retóricamente, como se pregunta gran parte de la población: ¿Qué podemos hacer? ¿Qué podemos hacer los cubanos que deseamos un cambio que garantice algo tan básico como la dignidad? A mí ya no se me ocurre nada.

Firmamos declaraciones. Publicamos textos. Denunciamos injusticias en redes sociales. Organizamos manifestaciones fuera de Cuba. Donamos medicamentos. Ponemos recargas a las líneas de teléfono. Apelamos a organismos internacionales. Y firmamos más declaraciones. Sin embargo, la situación en Cuba cada vez se vuelve más tenebrosa.

Hay quienes dicen que nunca es más oscura la noche que cuando está cerca el amanecer. Algo que, para no abandonarse en la desesperanza, una pudiera esforzarse en creer, pero en lo que el amanecer llega, siguen muriendo cubanos por falta de medicamentos o por intentar emigrar a Estados Unidos; siguen sufriendo prisión por motivos políticos casi 150 personas; crecen la represión, el hostigamiento, la difamación y el miedo y la furia… Amaneceres aparte, una no puede evitar constatar que ninguna sociedad cambia porque la Tierra gire alrededor del Sol.

Si algo nos demuestra el poder instituido en Cuba, una y otra vez, es su naturaleza totalitaria. Luis Manuel podría pasar otros quince días ingresado o secuestrado en el hospital Calixto García, en el centro de la capital, y nada pasaría. Mañana podría ser otro el artista, periodista o activista sometido al mismo tratamiento, y tampoco pasaría nada. Nada.

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos y sus Relatorías Especiales para la Libertad de Expresión y para los Derechos Económicos, Sociales y Culturales, el pasado 13 de mayo hicieron un llamado a la comunidad internacional a prestar particular atención a la situación de Luis Manuel Otero Alcántara, quien es beneficiario, junto con otros integrantes del Movimiento San Isidro, de medidas cautelares de protección desde febrero de 2021. Sin embargo, también la comunidad internacional se ha acostumbrado a la violencia política en Cuba.

El Gobierno cubano ha logrado desarrollar un mecanismo represivo tan eficiente, que logra lo mismo que se proponen mecanismos represivos más tradicionales, pero sin levantar demasiado humo en los grandes medios: silenciar, atemorizar, desmovilizar, neutralizar. Si otros gobiernos represivos de América Latina tuvieran el poder de hospitalizar o poner cercos en las viviendas a quienes resultaran incómodos a sus intereses, estoy segura de que lo harían.

El Gobierno cubano no mata porque sea humana o moralmente superior que al de Colombia, por ejemplo, sino porque no le hace falta. Aunque cuando ha tenido que matar, ha matado: recordemos el hundimiento del remolcador 13 de marzo, que dejó un saldo de 41 personas muertas, de las 72 que iban a bordo. Un crimen impune que fue públicamente defendido por Fidel Castro.

Todos nos hemos acostumbrado a que en Cuba se haga y se deshaga lo que a su élite política se le ocurra. Mucha gente incluso llama “dictablanda” a la dictadura, precisamente por hospitalizar a Luis Manuel en lugar de matarlo de un tiro; por no arrojarlo de un avión en pleno vuelo, como hacían en los setenta en Argentina. De pronto cualquiera diría que la represión criolla es una represión soft o pink, al menos en términos visuales.

Cuba no es una película típica de catastrofismo, sino más bien cine de autor. Una película de situación en la que la monotonía suele ser tramposa, porque te hace creer que nada pasa, mientras todo pasa. Cualquiera podría pensar que nada pasa con Luis Manuel adentro del hospital Calixto García desde hace quince días, que nada pasa con Iliana Hernández en su casa, que nada pasa con los manifestantes de Obispo. Pero lo que de verdad pasa, lo que importa, está pasando a un nivel tan profundo, que ahora mismo es probable que ni Luis Manuel, ni Iliana, ni los seis manifestantes se den cuenta.

El blanco preferido de la Seguridad del Estado nunca ha sido el cuerpo sino la psique. Eso es lo que busca destruir. Con la grotesca hospitalización de Luis Manuel (incluso si Luis Manuel mañana saliera diciendo que se lo pasó fenomenal todo este tiempo), no sólo está atacando la psique de Luis Manuel, sino la de toda la sociedad que observa: la Seguridad del Estado nos está aleccionando.

¿Quién no se ha preguntado si no es posible terminar igual o peor? ¿Quién, a estas alturas, puede confiar en el sistema de salud cubano? ¿Qué puede haber más íntimo que la salud? Hasta en las guerras los hospitales suelen ser territorios respetados. En Cuba no. En Cuba no hay un solo sitio en el que puedas estar a salvo de la política, de la ideología, de la violencia.

No digo que los médicos que atienden a Luis Manuel no estén cuidándolo hasta donde se lo permiten sus vigilantes. No tengo ninguna evidencia para afirmar lo contrario. Pero nadie que esté en un hospital cercado por policías y agentes de la inteligencia, aislado e incomunicado, puede estar a salvo. Porque estar a salvo no es apenas estar vivo.

¿Qué vendrá después de todo esto?

Ayer yo hablaba con G y ella se preguntaba si las cosas volverían a ser como eran antes de los cercos policiales, antes de las huelgas de hambre, antes de las protestas frente al Ministerio de Cultura. Se lo preguntaba como mismo nos preguntamos qué podemos hacer. Tanto G como yo sabemos que ya nada volverá a ser como antes, ni siquiera cuando la pandemia acabe.

Esta película solo puede seguir enrevesándose, hasta que descubramos que en la mesa (o baúl) encima de la cual está colocada la comida hay escondido un cadáver, al igual que en La soga de Hitchcock. Mientras, seguimos comiendo, creyendo que asistimos a una fiesta, que todo está bien, que todo es normal, cuando en realidad estamos en la escena de un crimen.

A todo nos hemos acostumbrado. Con eso cuenta el poder.

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MÓNICA BARÓ
Mónica Baró (La Habana, 1988). Periodista y escritora. Trabajó para la revista estatal Bohemia entre 2013 y 2014 y luego en el Instituto de Filosofía de Cuba. En 2015 formó parte del equipo fundador de la revista medioambiental independiente Periodismo de Barrio, donde fungió como reportera y miembro de su consejo editorial, hasta 2018. Ha publicado en OnCuba, Univisón Noticias, El Toque, Cuba Posible, Hypermedia Magazine. Ha escrito principalmente sobre comunidades vulnerables a desastres naturales, envenenamiento por plomo, problemas de vivienda y violencia de género. En 2019 ganó el premio Gabriel García Márquez con el texto “La sangre nunca fue amarilla”.

2 comentarios

  1. Facilito Monica, lo unico que hay que hacer es tomarles la palabra. No dicen que la calle es de los revolucionarios, o de Fidel? pues bien, no salgan a la calle, que nadie salga a la calle, todos a la vez, que esto conlleve al paro general, asi no podran dar palos, o encarcelar a nadie, no habra necesidad de huelgas de hambre, no habra que salir con carteles, no habra que grabar nada subirlo a las redes, nada de golpes, arrebatamiento de telefonos, vejaciones verbales, no se necesitara prensa extranjera, humbertico lopez no tendra que ladrar en el menticiero, no habran mercenarios ni pagados por el imperio, solo entonces entenderan que es un pueblo no 4 gatos, como nos tienen acostumbrados en las noticias, y en los discursos. Eso no se ha logrado para que suceda el cambio, lo cierto es que si, sucede pues, los intermediarios que aparenetemente no les interesa el cambio que viven sabroso y a costa de lo que malversan, ponen una pipa de cerveza en la esquina del Calixto, y pueden matar al artista, al amigo y al hermano a nadie le importara es mas, probablemente si ponen esa misma pipa en otra localidad una gran multitud no ira a trabajar, entrara en un simulacro de huelga, habra un paro. Entonces lo unico que hay que hacer es recordar como se hizo el 20 de Marzo del 1930. no habian telefonos/recargas, solo salieron a las calles en dos ciudades, no lo creo ni necesario, pero llegaron a 400 mil congregados, mas que suficientes, no hay formas de poner en la carcel ese numero de personas, no hay formas de reprimir esa cantidad, no al menos en cuba no.

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