Imagen de cubierta de la edición española de ‘Ubú Rey’, de Alfred Jarry, Alianza Editorial, 2017

No sería raro que el próximo 20 de enero, cuando se espera que Joe Biden asuma como nuevo presidente de los Estados Unidos, el actual ocupante de la Casa Blanca, Donald Trump, se niegue a abandonar el lugar. Y acaso lo logre, que es lo peor. De hecho, ya anunció que no asistirá a la ceremonia de traspaso de mando en el Capitolio, etiquetando al nuevo mandatario con el hashtag “#presidentialoccupant” (“#presidenteusurpador”), dando comienzo así a su campaña presidencial para recuperar el poder en 2024. Es posible que haga el anuncio oficial desde el mismo balcón donde saludó a la multitud tras salir del hospital donde fue tratado por coronavirus. O se cuelgue de las redes sociales, donde se registran dieciséis mil mentiras, falsos reclamos y acusaciones sin fundamento salidas de sus cuentas en los primeros tres años de mandato. Como el cuarto año aún está activo, el conteo seguirá pendiente hasta el día 20 para cerrar la estadística. Esto porque, a los 22 mil acumulados hasta fines de agosto, habrá que sumar la cifra de insultos que seguirá en alza según se vaya reduciendo la brecha que lo separa del traspaso de mando.

El bebé gigante de la Casa Blanca apenas duerme. Desde su derrota en las elecciones de noviembre, todo su esfuerzo ha estado en desacreditar la ventaja de los siete millones de votos populares que obtuvo Biden, así como las victorias demócratas en los Estados clave de Georgia, Michigan, Wisconsin y Pensilvania, blancos elegidos por sus abogados para intentar la anulación de los resultados. Primero lo intentó ante las cortes locales, luego siguió con el empeño ante la Corte Suprema, y finalmente depositó una vaga esperanza en el Colegio Electoral que desoyó sus reclamaciones y otorgó la presidencia a su rival. En todas estas instancias, su fracaso ha sido tan inapelable que llega a ser melancólico. Se esperaba que desacreditara los resultados, que presionara a los jueces designados por él mismo, que acusara de traición a sus leales, que convocara a marchas y mítines de protesta, que fustigara a la prensa sin distinción y se negara a reconocer la derrota ante los millones de norteamericanos que acudieron a las urnas en número histórico: 66% del total.

Todo aquello estaba en el menú del 3 de noviembre y las semanas que le seguían, pero no que nos privara de cierto drama a la Shakespeare, con carreras y cuchilladas de palacio, desmayos a media tarde y lágrimas de cocodrilo en la noche. Algunos incluso, como el erudito Jeffrey Wilson, autor del exitosísimo volumen Shakespeare and Trump, han querido levantar la moral nacional evocando un final de ruido y furia a lo Julio César, o de combatividad a lo Richard III, e incluso de nobleza e ira como en Rey Lear. Pero es una falsa representación; nada de eso ha ocurrido en el último acto de Donald Trump. Elevarlo a imagen de los dramas renacentistas es otorgarle un crédito inmerecido, darle una épica que nunca tuvo fuera de los 280 caracteres permitidos por Twitter. Cobarde en la guerra, cruel en la victoria, y ponzoñoso en la derrota, su caso. más que recordar a los héroes de Shakespeare, evoca al gran patafísico Alfred Jarry, moderno entre los modernos, y quien retrató en Ubú Rey todo el grotesco del poder y la psicopatía narcisista del ser superior que guía al pueblo llano, mientras lo oprime a conciencia de hacerlo en beneficio propio.

El Rey Ubú es menos un Soberano que una pose de su poder, la máscara de un mandato: grita, confunde, intriga, miente, se contradice, ríe de sus propios chistes, maltrata a los nobles de la ciudad y esquilma a los campesinos del remoto Reino de Polonia, imperio periclitado y ruina viviente de un esplendor ya ido. Sólo el príncipe heredero, hijo del derrotado Rey Wenceslao, podría reparar esta vieja máquina de sueños en que se ha convertido Polonia. Como capitán de dragones, Ubú es fascinante e hipnótico, súbito como una estrella de la televisión. Jarry lo dibuja con un cono en la cabeza, de barriga abultada y un escudo con líneas de caracol que hacen pensar en los ideogramas de la locura. Es cómico y monstruoso a la vez, y representa al sujeto de la modernidad literaria por excelencia en esa especie de desmesura de sí mismo que emana de cada una de sus acciones y verborrea altisonante. Ubú es el exceso, la negatividad del mundo hecha mando y comando. No es sólo un personaje sino un destino, es decir una política: la incontinencia anárquica, la promesa del libertario, el populismo desatado, la inconsecuencia en las acciones y la dificultad para expresar ideas elaboradas, son todas características que hacen de él un hijo de su época. Como todo Bebé Gigante, es un sobreviviente de las elites que lo desprecian, y se muestra dispuesto a tomar venganza y redimir a los humillados de este mundo, a los desplazados de su propia promesa, a los que llevan su rencor bajo la chaqueta, a las mayorías silenciosas y defraudadas; en suma, a los más de setenta y cuatro millones de norteamericanos que votaron en noviembre por Ubú Rey, el hombre y no la obra, seguros de una segunda victoria.

¿Qué fue lo que ocurrió? Es difícil enumerar los factores que incidieron en el hundimiento del Titanic, pero una cosa es innegable: falló la comunicación. No hubo química entre Fox News y la Casa Blanca, y menos aún con las cadenas CNN, CBS, MNSBC y las señales locales que, en cadena interna, cortaron de golpe la conferencia de prensa de Trump el día 5, cuando Biden empezaba a perfilar su ventaja. La acusación de fraude hecha por Trump, sin pruebas a mano, y su llamado a desconocer los resultados, fue directamente censurada por las principales cadenas acreditadas en la Casa Blanca, en lo que podría llamarse un golpe de cámara, o de tinta, o de caracteres, porque también Twitter y Facebook bloquearon toda expresión inflamatoria de Trump en las redes. Desde un punto de vista escénico, el silenciamiento en vivo y consensuado de la prensa y las plataformas digitales contra el protagonista del drama electoral equivalía a una declaración de hostilidad declarada del Coro en una tragedia griega. Esto ocurre rara vez, pero cuando lo hace el Coro dice basta: por aquí no hay paso, tus andanzas no son las nuestras, y sin nosotros no hay espectáculo, ni público ni personajes, ni siquiera una historia que contar. El Coro es lo que hace posible que la tragedia exista, y el Coro ha decidido que aquí no habrá tragedia, que aquí no habrá Golpe de Estado y no habrá Rey a quien darle la palabra si esta palabra no se aviene con las reglas de la escena, que son las de la democracia.

Ah, cuánta sabiduría en una sola aparición. Con el Coro en escena, con ese bendito Coro interviniendo y fiscalizando cada palabra del Soberano, no hay grotesco ni dictadura capaz de sostenerse, ni montajes pusilánimes de muertos en enfrentamientos ni transmisiones especiales sobre el Rey en cadena nacional. Si hubo un momento en que la estrategia de desprestigio comenzó a fracasar y el drama anunciado se convirtió en sátira, fue en este minuto de transmisión en vivo donde el Coro censuró al Presidente y la pantalla se quedó con el conteo de los anónimos votantes.

Pero falta, evidentemente, un segundo tiempo que ya vendrá o quizá empezó ya mismo. En Ubú encadenado, la secuela de Jarry, el personaje es destronado y deja el Reino de Polonia para vivir como lustrabotas en una sociedad de hombres libres. Con esto, la sátira es llevada a su irrisión extrema. Si en la tiranía Ubú no encontraba su lugar sino sólo como pose desde donde verse poderoso, en la sociedad democrática donde trabaja como esclavo y roba para poder subsistir, lo que le espera es ser enviado a las galeras cuando descubran sus fechorías. Encadenado a su nueva condición, será nuevamente proclamado Rey sirviendo de esclavo ejemplar en la sociedad de los hombres libres. Es el triunfo de la patafísica sobre la moral, y no es imposible que este derrotero sea el de Trump en un futuro cercano. En Nueva York tiene varios juicios y demandas que lo esperan a la salida de la Casa Blanca, por lo que no es exagerado imaginarlo detrás de las rejas con el pueblo en las calles demandando su liberación y declarándolo su redentor. Amnistiarlo sería una ofensa, pero mantenerlo preso constituiría un enorme favor político en su batalla por reconquistar la presidencia.

Mientras, Ubú seguirá siendo el Rey hasta el 20 de enero. El profesor Wilson dice que en este intervalo de tiempo, hacia el final de la obra y junto con el anuncio de la salida de los figurantes, es cuando ocurren las catástrofes en los dramas de Shakespeare. Esto lo saben bien los condenados a muerte en Estados Unidos: el sábado 12 de diciembre, se llevó a cabo la décima ejecución de la pena máxima en lo que va del gobierno de Trump, después de 17 años de interrupción de crueldad programada. La víctima fue Alfred Bourgeois, de 56 años. El jueves anterior le había tocado el turno a Branton Bernard, quien había cometido un crimen siendo adolescente y tenía 40 años al momento de ser ejecutado. La próxima ejecución será la de Lisa Montgomery, de 52 años, calendarizada para el 12 de enero. Una semana antes de que Ubú deje la Casa Blanca para servir como esclavo en la democracia.

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ROBERTO BRODSKY
Roberto Brodsky (Santiago de Chile, 1957). Escritor, profesor universitario, guionista y autor de artículos de opinión y crítica. Entre sus novelas se cuentan El peor de los héroes (1999), El arte de callar (2004), Bosque quemado (2008), Veneno (2012), Casa chilena (2015) y Últimos días (Rialta Ediciones, 2017). Residió durante más de una década en Washington como profesor adjunto de la Universidad de Georgetown. Ha vivido por largos períodos en Buenos Aires, Caracas, Barcelona y Washington DC. A mediados de 2019 se trasladó a vivir a Nueva York.
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