Tamara Kamenszain
Tamara Kamenszain

Alguien dijo por ahí que lo que llamamos una lectura son, en realidad, las mil maneras de descifrar en los textos que leemos lo que ya nos ha escrito. Digamos entonces que los textos de Tamara Kamenszain ya me habían escrito desde la primera vez que los leí. Ahí estaban los talmudistas, inclinados, haciendo notas al pie del único libro que valía la pena leer toda la vida. ¿El Talmud? ¿La poesía? ¿Lo novela imposible de la poesía? Ahí estaban también las voces de las poetas cazadoras, de las que escriben enamoradas (o viudas) y saben encender “la gran hoguera de la pérdida”, esconderse debajo de un nombre o jugar en el bosque a tomar el té. Leí y enseñé sus Historias de amor sin cansarme jamás del cansancio del barroco y de los vericuetos de la métrica o los despojos de la rima.

Tamara ya nos había escrito y la poesía estaba ahí: un buscar sin meta y sin lugar de llegada. Poesía es una palabra pasadizo, me digo, sin curso legal, una palabra fábula donde el cuerpo del poema deja de ser transparente al sentido, se opaca, se convierte en la escena muda de un “no sé qué” que lo altera, de un país perdido, una casa o un lenguaje igualmente extraños a la sujeta que habla y a los textos de la ciencia o la verdad. ¿Qué verdad si en el contacto con las madres se desarma la frase y allí se sedimenta y crece el inmenso texto escrito por las pibas y no por los vates, no por los vates, escrito por las poetisas de la palabra dulce que ya saben –siempre supieron– que lo que esperan no puede venir y que les queda únicamente el consuelo de estrofas musicales que repiten, repiten yo no sé, yo no sé, como una esperanza para arrullar un duelo?

En 2012, cuando mi madre murió, le dijimos a mi hijo de tres años que su abuela se había convertido en una estrella como la tortuga de Kung Fu Panda, hice una valija con un poco de libros y decidí tomar una beca que había declinado meses atrás. Ahí, en Middlebury, un pueblo pequeñísimo en Vermont, conocí a Tamara. En el tour por la universidad nos explicaron que Middlebury se había quemado durante la guerra de independencia de Estados Unidos y que, tiempo después, los pobladores habían regresado a reconstruir lo que había quedado de sus casas. Yo había perdido la mía y en esas largas caminatas con Tamara o cuando nos reuníamos antes y después de sus clases (que tuve la felicidad de acompañar) no parábamos de conversar. Ella me iba ayudando a hacerle sitio a la imposibilidad lógica de hablar con una ausente tan ausente como es un otro o una otra que no encuentra lugar entre las cosas dichas o decibles. También el duelo o el amor nos mantienen en la presencia de lo otro, también el duelo hace sitio.

La escritura de Tamara nos dice y avanza como la excavación de un túnel: se excava con palabras en la masa de las palabras para que pase el pensamiento, pero también el no-pensamiento, esas cosas ignoradas, ciegas o mudas, que suceden todo el tiempo en nuestros cuerpos. Así, su mirada lúcida y su humor llamaban y hacían llamar: los núcleos dolorosos de las casas, de las familias, donde a veces nos encontramos, pero muchas muchas veces nos perdemos, la cuestión del sujeto o, mejor, la sujeta que habla en el poema, sigilosa y “elige repechar hasta la nada”. Cito de memoria sus versos y seguramente los cito mal porque mis palabras son ahora, son casi siempre, esa “ruta de hormigas atareadas que entre lápidas caminan”. Una mujer se convierte en una mujer a la que le puede pasar de todo. También la poesía. También la muerte.[1]

Así, aunque se pueda medir la extensión de la obra de Tamara Kamenszain en títulos y en años, prefiero la otra medida, la que permite apreciar los modos en los que la sujeta fue armando y desarmando, de un libro a otro, la familia de la poesía y sus lenguajes: De este lado del Mediterráneo (1973) vienen los abuelos y la tradición judía que se alojarán luego en La casa grande (1986) y cuyos restos se picotean para armar la propia Vida de living (1991) que acaba por abrirse al barrio y al bar en Tango Bar (1998). Si en El ghetto (2003) había testimoniado sobre la muerte del padre y las relaciones con la tradición, en El eco de mi madre (2010) se vuelve imperiosa la necesidad de dar cuenta de la experiencia de una madre que se ausenta lentamente del mundo y de retomar la pregunta sobre la muerte que se repite como un estribillo en La novela de la poesía (2012). Tanto en su poesía como en sus ensayos, entre los que alternaba como pasos de baile, las figuras de la filiación y la genealogía son un ojo a través del cual se miran el pasado y el presente –esas dos imposibilidades–. Y así, dejan de ser garantes de lo verdadero o lo justo. Pero permanecen. Permanecen entre las palabras que escuchamos o podemos pronunciar como un silencio sin el cual no podríamos entendernos.

“escribir poesía para mí / es dar y recibir una promesa / de supervivencia”, anotó Tamara en el último poema de La novela de la poesía, su obra reunida. Hay entonces un gesto –propio de la poesía– que encadena a los vivos y a los muertos. Esta apuesta por lo testimonial funciona en su obra como una conversación infinita o como ese ovillo que las poetas tienen entre las manos y, sin el cual, no hay mundo. Sentada en el centro de la casa, la sujeta arroja su red. El bordado, la costura o el tejido nos enseñan que toda trama está hecha de hilos, pero también de ausencias. Y a esta altura sabemos ya que las redes, como la poesía, están hechas al mismo tiempo de nudos y de agujeros.

Para evitar esos arquetipos malsanos de una literatura femenina confinada a ciertos temas y géneros, Tamara leyó la trama de revés: si de la madre y sus tareas diarias se aprende a escribir, será necesario aguzar la vista y el oído para encontrar a las madres agazapadas en las palabras de los maestros: Lezama Lima, César Vallejo, Osvaldo Lamborghini, Héctor Viel Temperley o Arturo Carrera, para citar sólo algunos. Así, la treta le permite rescatar la diferencia femenina como un modo distinto y valioso de leer y escribir que, además, por sus particularidades, permite percibir lo que otros no ven. Después de todo, como escribe Luisa Muraro, la lengua materna es la lengua que aprendemos para venir al mundo y para hacer que el mundo venga a nosotros.


Notas:

[1] Estoy parafraseando una línea de Luisa Muraro en El Dios de las mujeres.

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Denise León (Tucumán, Argentina, 1974). Poeta, ensayista y profesora. Doctora en Letras e Investigadora del CONICET. Ha publicado los poemarios Poemas de Estambul (Alción, 2008), El trayecto de la herida (Alción, 2011), El saco de Douglas (Paradiso, 2011), Templo de pescadores (Alción, 2013), Sala de espera (elCRUCEcartonero, 2013), Poemas de Middlebury (Huesos de Jibia, 2014) y Mesa de pájaros (Bajo la Luna, 2019). Su obra ensayística se ha centrado en literatura, poesía, género y tradición judía en el siglo XX.

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