FOTO Ernesto Bazan

Lampe

Pequeños dramas del memorioso: no sólo recuerda lo que quiere de vuelta sino también, involuntariamente, aquello que preferiría dejar olvidado. La tragedia de Kien, el neurótico protagonista de Auto de fe, la novela de Canetti: dotado de una prodigiosa memoria tenía la costumbre de apuntar en un cuadernito todas las estupideces de las que quería desembarazarse. Quizás Canetti toma esa paradoja (la memoria de aquel que sólo necesita apuntar cosas de las que busca olvidarse) de la biografía de otro neurótico real: Immanuel Kant. En 1802, a sus 78 años, el filósofo decidió despedir a su criado Lampe, que lo había atendido durante mucho tiempo, envejeciendo con él. No fue tarea fácil: el nombre del susodicho se volvió tan difícil de olvidar que su patrón decidió apuntarlo. Entre sus libretas, que usaba como ayuda mnemotécnica, se encontró este sorprendente fragmento: “Ahora el nombre Lampe será absolutamente olvidado”.

Legendre

Louis Legendre fue uno de los líderes de la toma de la Bastilla y del asalto al palacio de las Tullerías. Amigo de Marat y Danton, miembro de los Cordeleros y del Club de los Jacobinos (aunque se pasó al bando de Robespierre cuando lo amenazaron con la guillotina), está en la selecta lista de líderes revolucionarios que consiguieron sobrevivir a la Reacción y al Directorio. Antes de dedicarse a la política, había sido carnicero. Propuso a la Convención despedazar el cuerpo de Luis XVI en el mismo número de trozos que departamentos franceses había entonces para que cada uno recibiera su parte del tirano (caricaturizado, a menudo, con los rasgos de un cerdo). Tenía, dicen, problemas de dicción, pero igualmente sus discursos eran muy apreciados.

Porchia

Porchia fue el menos “profesional” de los escritores argentinos, tan obsesionados a menudo con su profesión. Al menos, por su currículum. Trabajó de carpintero, tejedor de cestas, apuntador del puerto, tipógrafo y, al cumplir los cincuenta, escogió lo que llamaba su vida en solitario. Se retiró con su mujer a las afueras, una vida modesta en la que cambiaba a menudo de casa –siempre a una más pequeña–, viviendo de la diferencia de precio de la nueva con la que dejaba. Voces, su libro de aforismos, se publicó por primera vez en 1943, en una edición sufragada por sus amigos, que sólo se distribuyó en algunas bibliotecas. Roger Caillois, por entonces empleado en la revista Sur, leyó uno de esos ejemplares y, deslumbrado, de vuelta a París, se puso a traducirlo. Esa traducción cautivó a Henry Miller, Raymond Queneau y André Breton, entre otros. También a Borges, que definió a Porchia como “mi amigo íntimo, si bien acaso él no lo sabe”. Así pasa cada vez que uno vuelve sobre cualquier página de Voces, abriéndolo al azar: habla un amigo íntimo, un budista natural, un sabio.

Koumiko

“Inventar Japón es una forma como cualquier otra de conocerlo”, dice el cineasta Chris Marker, rizando el rizo de aquella frase de Wilde: “The whole of Japan is a pure invention”. Y ambos tienen razón, concluye uno tras ver Le Mystère Koumiko, documental de 1965, sobre una muchacha japonesa que durante las Olimpiadas de Tokio de 1964 se dedica a observar a los jóvenes occidentales y reflexiona sobre las diferencias de ese mundo con el suyo. Aunque pretende ser un testimonio “directo”, en realidad se trata de una sofisticada meditación sobre aquello que escapa a los hechos puros y sólo se anuncia en un nombre, como una contraseña o una cifra mágica. La “verdadera” Koumiko (me entero luego) no fue un personaje encontrado al azar en la multitud, sino una amiga de los ayudantes de producción de la peli, y en la pantalla se mezclan la chica real y el golem markeriano. Reconocemos, por supuesto, el inconfundible estilo literario de Marker en boca de la japonesa. Juegos de máscaras, donde resulta difícil precisar quién nos habla realmente. Pero da igual, porque son invenciones al servicio de una Verdad última.

Ella

A veces me entretengo leyendo los comentarios que deja la gente al pie de los videos musicales en YouTube. Hay algunos que tienen un encanto magnético, esa chispa de la mejor ficción. Por ejemplo, este que un tal Milesgatman le endosó a Ella Fitzgerald cantando “Stormy Weather”: “Trabajo en las minas del desierto. Corrientes de aire cálido y ascendente sacuden todo el tiempo las pequeñas avionetas en las que volamos por trabajo. Estar en un pequeño aeroplano que tiene casi 80 grados de ángulo porque debe dar un rodeo para aterrizar en medio de una turbulencia no es una buena sensación. Tengo una lista de reproducción aleatoria y una vez, después de lo que parecieron interminables minutos de incomodidad, empezó a sonar “I’ve Got a Crush on You”. Tan pronto como escuché su voz, todos mis temores desaparecieron. Ni siquiera puedo describir el sentimiento. Esa voz suya es un milagro de la naturaleza. Dios te bendiga, Ella”.

Monk

Hay algo “incorrecto” en su versión de “The Man I Love”, una disonancia de fondo, un ruido sutil que la hace insuperable. Cuando la oigo me acuerdo de lo que escribió Dyer: dice que a Monk no le gustaban las cosas nuevas; como un ciego prefería aquellas a las que llevaba mucho tiempo acostumbrado. Así tocaba, con esa familiaridad, con esa confianza, pero también sin pose, siguiendo su propia lógica, entre la absoluta duda y la audacia absoluta. Uno se pregunta cómo hizo Monk para componer en un cuartico con los niños gateando, la radio a todo volumen, su mujer Nellie, esa heroína, sin conseguir un trabajo “normal”… Del piano le salían los mismos gruñidos que todo el mundo cuenta que le salían de la boca. Muy lejos de la perfección, aunque perfecto a su manera. Tocaba cada nota, dice también Dyer, como asombrado por la anterior, como si cada roce de los dedos en el teclado corrigiera un error y dicho roce, a su vez, viniera de un error a corregir y así la melodía quedaba flotando siempre en lo imprevisto.

Bazan

Qué maravilla esa foto del cerdo muerto en la “serie guajira” de Ernesto Bazan. La mano del niño sobre el cuerpo, como aquel dedo de Santo Tomás, el incrédulo, le da a la escena un carácter doméstico. Una soga rota, cuya marca asoma sobre la piel del animal, hace pensar que poco antes del tajo fue mascota, igual que el perro de la esquina inferior. El reguero de sangre sobre la tierra colorada. La misma sangre que, si miramos bien, ha salpicado el tenis del niño sin rostro. El animal es una isla de sombra. Con esos pocos elementos se arma la escena. Campestre, casi bucólica, a no ser por la sangre todavía fresca, brillosa. La composición es impecable y alejada de cualquier lectura naif, mientras que la paleta explora la connivencia de ocres y siena, cinabrio y púrpura. Lecciones de la sangre.

Bianco en cuba

Dos veces estuvo José Bianco en Cuba. La primera, en 1961, invitado por Casa de las Américas como jurado del premio de cuento, provocó la ira de Victoria Ocampo. La directora de Sur publicó incluso una nota en la revista desmarcándose públicamente del turismo revolucionario de su jefe de redacción. Al regresar a Buenos Aires, Bianco molesto, presentó su renuncia. “¿Por qué razón –argumentaba en alguna carta– tenía ella que aclarar que viajé a Cuba a título personal y no en representación de Sur? ¿Acaso hizo una aclaración semejante cuando Murena viajó a Norteamérica invitado por el Departamento de Estado?”.

Bianco dejó Sur después de casi treinta años, pero sin que la sangre llegara al Río de la Plata. La Ocampo incluso tuvo la elegancia de legarle el departamento donde el escritor vivió hasta su muerte. (Esas no son polémicas caribeñas, sino bonaerenses discordancias ideológicas entre buenos burgueses.)

El chisme sirve para ilustrar que tampoco los liberales probados fueron inmunes al encanto de la naciente Revolución. Bianco, como tantos otros, creyó en la efervescencia de la alborada. Compartió su entusiasmo con sus amigos José Rodríguez Feo (también jurado del premio Casa) y Virgilio Piñera –a quien Bianco había conocido en Buenos Aires e introducido a Sur en 1955.

“Tendría tanto que hablar de Cuba que no sé por dónde empezar –escribió Bianco a su amigo y confidente Juan José Hernández–. En primer lugar, de la belleza del país, de la bondad y simpatía de la gente. Es el pueblo más sencillo y amable”. A eso se agrega que está contento porque la Revolución se ha ocupado de él, “como se ocuparía un padre ejemplar.”

En 1968, el escritor argentino volvió a La Habana como jurado del premio UNEAC, en aquella sesión histórica que premió Fuera de juego de Padilla y Los siete contra Tebas, de Arrufat. Esta vez sí quedó decepcionado por la censura y la represión que los oscuros manejos que siguieron al premio hicieron evidentes. Fue vigilado, respiró el miedo de sus colegas. Blas Matamoro recordaba cómo las conversaciones habaneras de Bianco con Lezama eran sometidas a la atenta escucha de un seguroso disfrazado de empleado del Ministerio de Educación, “con quien Lezama, para no aburrirse, estudiaba de memoria a los peores poetas españoles del siglo XIX, como Grilo y Selgas”.

¿Qué había cambiado entre 1961 y 1968? Básicamente, la ingenuidad de Bianco y muchos otros intelectuales latinoamericanos. Visto con la perspectiva de cinco décadas, todo parece indicar que quien tuvo razón al criticar aquel flirt político fue la Ocampo, una señora muy culta, elegante, furibundamente antimarxista y poco amiga de revoluciones.

Jesse

Exposición-homenaje a Jesse Fernández, mi preferido entre los muchos –y muy buenos– fotógrafos cubanos de su época. Protagonista de una de las anécdotas más simpáticas entre esa casi interminable lista de excusas que son las razones de exilio. Cabrera Infante tuvo el dudoso mérito de convencerlo para volver a Cuba después del 59. Poco después, Fidel Castro lo convirtió en su fotorreportero mascota –trabajando para varios periódicos y el suplemento Lunes de Revolución (¡qué nombre ese para encerrar toda una época!)–. Hasta lo obligó a acompañarlo en la sigilosa misión de descubrir una conspiración armada, alentada por Trujillo, que llegó a desembarcar en costas cubanas. Muy pronto Jesse empezó a oler los vapores del azufre que emanaba el Máximo Líder. “Todo el que estaba muy cerca de él –contará años después– terminaba muerto o desaparecido, era como una maldición”. Se le ocurrió entonces lo que Cabrera describe como “un hábil subterfugio”: en una de esas expediciones como reportero al servicio de la Causa, dejó caer su Leica desde un helicóptero y dijo que necesitaba ir urgentemente a Nueva York a comprar otra. Por supuesto, le dieron los permisos correspondientes y hasta le pagaron el pasaje. Nunca regresó.

Tagalia

Es miércoles y toca partido de fútbol escolar en el patio del colegio Collaso i Gil (sic), en pleno corazón del Raval. Me bastan los primeros cinco minutos del entrenamiento de ambos equipos para saber que el de mi hijo va a perder. Es absurdo competir contra este equipo de barrio, solidario y trenzado como un puño, que bien podría jugar en la liga juvenil filipina. Porque el único padre no filipino (aunque también emigrante) que hay en el banco de los jaleadores soy yo. Allí me llegan los hermosos borboteos del tagalo (dedicadísimas esas jóvenes madres, llegadas con lunchera, bocadillo, nevera, y para las cuales este partido no es, como para mí, tortura obligatoria, sino una alegre ocasión de compartir y celebrar; un Camp Nou de bolsillo, por así decirlo). Hacen bromas, cotillean entre ellas, pero prestan la máxima atención a lo que pasa en el patio, colonizado por gaviotas y yihabs. En el receso, se me acerca uno de los pequeños jugadores de Tagalia, atraído por el grueso Libro de oro de la poesía en lengua castellana, que compré de camino, en el puesto de libros usados de la Plaza Cataluña: “¿La Biblia? –me dice. Yo también tengo una”.

Mary

Voy a ver a la poeta norteamericana Mary Jo Bang, de visita en Barcelona para presentar una pequeña antología suya, publicada por una editorial independiente. Es más bien pudorosa, renuente a explayarse sobre cuestiones teóricas o demasiado generales. No cae en las trampas de mi admiración, ni siquiera cuando le hago preguntas pedantes que demuestran mi lectura atenta de su obra. Su ironía y ese desenfadado tan típico de la Costa Este (la misma camisa de franela a cuadros que usa mi hijo adolescente) integran la fórmula de su nonchalance. Un velo trágico matiza esa apariencia: su hijo murió hace años, de una sobredosis. Debe ser terrible vivir con eso, que la gente lo tenga presente, y sólo puedan verla desde el rincón inapelable del duelo materno. En algún momento de la noche, dice algo que grabo y traduzco mentalmente, camino a casa: “Hay tan pocas oportunidades de hablar de las cosas importantes… Cuando miro mis poemas veo que hablan de la muerte. Si vas con tu amigo y te pones a hablarle de la muerte se preocupará, te dirá que necesitas terapia o antidepresivos. Hay límites en la exhibición de estos temas en los que pensamos todo el tiempo. ¿Dónde podemos ir a hablar de estas cosas sin alarmar a nuestros amigos y conocidos? Me he dado cuenta de que los poemas son esos lugares donde puedes hablar de algo que te toca profundamente, algo muy triste, de lo que querías hablar, o de lo que a lo mejor ni sabías que querías hablar. Pero ahora tienes esa sensación de comunidad con alguien más. Un lugar de encuentro”.

Cañamazo, Caturla

Buscando referencias de ñáñigos ilustres, reencuentro a Papá Montero, canalla rumbero de Sagua, y al cuchillero Sucumbento, terror de extramuros, que inspiró varios sones y hasta una “novela de los bajos fondos” –escrita por Manuel Siré. Pero entre ellos descolla Manuel Cañamazo, “ñáñigo de tiempo antiguo”, negro curro del Manglar, apodado “Manica –o Manita– en el suelo” por el largo de sus brazos fibrosos y famoso por hazaña tan poética como haber apagado la luna de una puñalada. En realidad, sucedió que en una reyerta abakuá puso en fuga a la potencia rival al predecir un eclipse de luna que se produjo minutos más tarde, lo cual le ganó fama de ser “el negro que puede apagar la luna a voluntad”. A las aventuras de Cañamazo, miembro de la potencia Tierra y Arrastrados, dedicó Carpentier una ópera bufa, con música de García Caturla, que hace años que nadie escucha. ¡Qué personaje, Caturla! A los 19 años, lo vemos en París, estudiando con Nadia Boulanger. Pero luego regresa a Remedios y tiene 11 hijos con dos hermosas negras. Le descubre Falla, Debussy y Ravel al público de Caibarién, pero tiene que seguir trabajando de abogado y, luego, de juez, hasta que el 12 de noviembre de 1940, con solo 34 años, acaba asesinado por un joven al que debía juzgar ese mismo día. No creo en esas cosas, pero ¿acaso no se transparenta aquí una especie de maldición prometeica por haber revelado los rituales musicales de la sociedad secreta, o por haber cruzado ciertos límites?

Perdita

Los sesenta están sobreevaluados como década liberadora. Casi todos los dones que le atribuimos están ya en los cincuenta, o incluso antes. Un buen ejemplo es la vida de Perdita Macpherson Schaffner (1919-2001), la hija de la escritora H. D. (Hilda Doolittle) con Cecil Gray. El nombre es shakesperiano: sale del Winter’s Tale. Y con él se anunciaba una biografía condenada a ser apasionante. Para empezar, cuando quedó embarazada de Perdita, H. D. estaba casada con el poeta Richard Aldington (los había presentado Pound, el primer novio de H. D.), así que primero llevó ese apellido. Años después supo que su padre real era Gray, pero para entonces las cosas habían tomado otro rumbo.
Una H. D. sola y enferma en una habitación sin calefacción de una sórdida casa de huéspedes londinense fue rescatada por su joven amiga Winifred Ellerman, novelista bajo el pseudónimo de Bryher y heredera de una fortuna naviera que la convirtió en una de las mujeres más ricas de Inglaterra. Se enamoró locamente de H. D., que ya había tenido previos escarceos lésbicos. En cuestión de días, Bryher decidió poner a la madre y la hija bajo su protección. El problema fue que ya estaba casada con otro escritor, Robert McAlmon, que sin embargo consintió la relación de su esposa a condición de ser partícipe. Perdita creció en medio de ese ménage que incluía a H. D., Bryher y McAlmond. (Como vemos, eso del “amor libre” no lo inventaron los hippies.)
Lo cosa no terminó ahí: Bryher se cansó de McAlmond y se casó con otro novelista, pintor y cineasta, Kenneth Macpherson que, como ella, estaba enamorado de H. D. El ménage à trois cambió de piezas y la pareja adoptó formalmente a Perdita Macpherson. Los cuatro se instalaron en Suiza en los años treinta, en una imponente casona construida en el estilo de la Bauhaus con vistas al lago Lemán, Villa Kenwin, que también sirvió como estudio para películas de vanguardia. (Hay un interesante documental de Veronique Göel sobre la casa y sus habitantes, donde se cuenta, entre otras cosas, que la villa albergaba varios perros, gatos y monos.) Los escritores dividían su tiempo entre Suiza, Londres y París, donde conocieron a tutti quanti del mundo intelectual de la época. Formaron un grupo conocido como The Pool, que tuvo una revista (Close Up) y renovó la estética cinematográfica de los años treinta –hoy reivindicada por el performance y el video-art.
Rodeada de escritores, Perdita no tuvo muchas oportunidades de conocer a otros niños, ya que fue educada en su hogar según las excéntricas teorías educativas de Bryher. Hablaba con fluidez francés, alemán e italiano, habilidades que le sirvieron de mucho cuando, como joven soldado al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, fue asignada a Bletchley Park, una finca en la campiña inglesa donde equipos de traductores examinaban trozos de mensajes nazis interceptados que debían ser decodificados por la máquina Enigma.
Arropada por uno de los amigos y consejeros literarios de H. D., Norman Holmes Pearson, estudioso de la poesía contemporánea anglosajona en Yale y figura eminente de la contrainteligencia norteamericana, Perdita entró en la Oficina de Servicios Estratégicos, precursora de la Agencia Central de Inteligencia. Trabajó para James Angleton, el alumno de Pearson, otro espía amante de la poesía que más tarde se hizo famoso como cazador de “topos”. Los del OSS la animaron a visitar los Estados Unidos, el país natal de su madre, y después de la guerra Perdita acabó viviendo en Nueva York, donde tuvo cuatro hijos y cinco nietos.

Judith y Estelle

Leo embelesado los diarios de los Goncourt, donde las hijas de Téophile Gautier, Judith y Estelle, tienen numerosos y fascinantes cameos. Parecen damas de una corte secreta con sus “miradas lentas y profundas”, su “languidez oriental”, sus muequitas e ironías. Lo mismo aparecen con antifaz en una velada familiar, que aportan su candor a una cena de escritores. Uno les va cogiendo cariño (más que a su insoportable y vanidoso padre, por supuesto) mientras pelean con sirvientas o hacen bromas. Una de ellas se apasiona con una lagartija y la convierte en mascota de corpiño, hasta que una amiga, celosa y maligna, la aplasta. Ella, tras hacerle una tumba en miniatura, deja de ir a la iglesia, “pues su religiosidad había muerto, sublevada por la injusticia de esta muerte”. Sombras de cisne, como la felicidad en un poema de su padre, representaciones de ese encanto femenino que es mezcla pareja de malacrianza y osadía. Queremos saber más de ellas y de su profesor de chino –“¡un verdadero chino!”, dicen los Goncourt con sorpresa–, que en una “cena de Babel” tiene por vecino “a un pintor exótico, con ojos de jaguar y botas que le suben hasta el vientre”. Queremos saber más, es decir, nos hemos enamorado.

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