Iván de la Nuez (FOTO Inés Baucells)
Iván de la Nuez (FOTO Inés Baucells)

El ensayista y curator de arte Iván de la Nuez, desde Barcelona, ​​nos cuenta sobre su acercamiento a la revista Encuentro de la Cultura Cubana, su participación en el grupo de redacción, sus ensayos publicados, los dosieres que estuvieron bajo su responsabilidad o algunas reseñas dedicadas a sus libros. Como notarán los lectores de Encuentro, las reflexiones de Iván sobre temas como la diáspora y la multipolaridad del nacionalismo cubano en su momento ayudaron, directa o indirectamente, a depurar la línea editorial de la revista a través del vigor de sus ideas precursoras sobre el poscomunismo cubano. Practicante inquieto del arte de ensayar bajo el estímulo de las imágenes –“Todo lo que hago es ensayo”–, sus colaboraciones en Encuentro marcan de forma indeleble características de la revista tan estimadas hoy en día, como el alejamiento de una perspectiva maniquea o la relación más equitativa entre cultura y política.

Usted participó en el grupo de redacción de Encuentro de la Cultura Cubana desde su creación para el nº 4/5 (1997) hasta el nº 20 (2001). ¿Cómo se dio la invitación para su acercamiento al proyecto de la revista? ¿Cómo era la dinámica de trabajo entre los miembros del grupo de Redacción? ¿Qué le llevó a salir de él pasados cuatro años?

Esos datos no son exactos, mi primera conexión con Encuentro fue anterior a esos números y a la existencia misma de la revista. En el año 1995, por ejemplo, durante el proyecto Cuba. La isla posible, que realizamos en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB), Jesús Díaz nos pidió a los organizadores un espacio para reunirse con los participantes, entre veinte y treinta, exponerles su idea de la revista y anunciar su lanzamiento inminente. También recuerdo alguna reunión previa en casa de Annabelle Rodríguez, en Madrid. Es decir, que estuve vinculado, de manera lateral, desde una fecha previa.

Ya en el número 4/5 Jesús me pide que formalice esa relación como parte del Consejo de Redacción, con vistas a darle un giro generacional, actualizar la perspectiva de algunos debates y tener un mayor acercamiento a las artes visuales.

Pese a lo que se pudiera pensar entonces, o se piense hoy, Encuentro nunca funcionó como una redacción normal y corriente (como a veces han supuesto sus críticos). Según mi experiencia, no se daban continuas reuniones conspirativas, al menos en el organigrama formal de la publicación, ni nos veíamos o hablábamos cada día. Yo vivía en Barcelona, y lo normal era que Jesús me dijera por teléfono lo que estaba pensando, me pidiera alguna opinión o escuchara alguna propuesta (como fue el caso de los números de homenaje a Mariel o a Luis Cruz Azaceta, ambos aceptados). Pero lo cierto es que mis reuniones eran esporádicas, bien aprovechando algún viaje mío a Madrid, bien porque Jesús pasaba por Barcelona, bien porque éramos convocados a una reunión, algo que siempre, al menos en mi caso, se hacía a través de Annabelle Rodríguez, que llevaba el peso funcional de todo aquello. Recuerdo también un evento muy interesante en El Escorial o una reunión con Felipe González, que ya no era presidente aunque se cuidó de aclarar que todavía tenía poder.

La cultura cubana ha fracasado en la creación de un espíritu democrático nacional y un respeto activo y generalizado por el que se mueve fuera de tu flanco.

Dejé la revista cuando consideré que ya había hecho mi parte, y la versión oficial del editorial que se publicó para explicarlo se pareció en parte a la realidad. A mí me habían nombrado director del Palacio de la Virreina (el centro de arte contemporáneo del Ayuntamiento de Barcelona por aquel entonces) y no tenía la energía necesaria para compartir esas dos tareas. En ese momento, tres espacios de arte de Barcelona –La Virreina, la Fundación Tàpies y el Centro Santa Mónica– eran dirigidos por personas jóvenes, ninguna nacida en la ciudad, y me absorbió el reto de aquella apuesta, así que quise devolverle a mi ciudad de acogida esa confianza.

Tampoco puedo negar que tuve roces con Jesús, aunque esos desencuentros no menguaron la admiración y el cariño. Jesús es un hombre de una gran personalidad y yo no tengo el mejor carácter del mundo. Eso sí, siempre le dije las cosas de frente en un momento en que me pareció que le rondaban de manera creciente unos cuantos yes-man.

Jesús Díaz forma parte de mi historia familiar y ninguna desavenencia quebró eso. La prueba es que después de mi marcha me llamó para que presentara su libro Las cuatro fugas de Manuel en Barcelona, cosa que hice con ilusión. Murió poco después y escribí un artículo de despedida para El País, viajé a su funeral y estuve incluso en la reunión de donde salió más tarde la dirección conjunta de Manuel Díaz Martínez y Rafael Rojas. En la época de Antonio José Ponte la relación se mantuvo, hasta el punto de que me dedicaron el “En persona” del número 47.

Encuentro publicó tanto textos suyos como reseñas de otros ensayistas dedicadas a lecturas de sus libros, dedicando una singular atención a su producción intelectual (con excepción del período entre 2003 y 2006). Según su opinión, ¿cuáles fueron los principales temas y características de su obra como escritor que proporcionaron ese cuidado editorial por la revista?

No lo sé con exactitud (tampoco recordaba las fechas de mi ausencia en la revista, que tú me refrescas ahora). Supongo que a una revista hecha en Madrid y que intentaba remover la bipolaridad de la cultura cubana, le encajaban bien mis tesis sobre la diáspora o la multipolaridad de esa condición nacional, asuntos de los que ya escribía desde finales de los años ochenta. O mi oposición sin condiciones al embargo norteamericano. Tal vez influyó mi inserción como curator y escritor en el medio español. De todos modos, estoy agradecido a lo que me aportó la revista. Y soy consciente de que lo que yo haya podido darle (sin ánimo de lucro y sin resultados lucrativos en términos absolutos) siempre estará por debajo de lo que recibí, tanto de la revista como de Jesús Díaz y Annabelle Rodríguez desde el punto de vista de su afecto personal.

Algunos de sus principales ensayos publicados por Encuentro, como “El destierro de Calibán. Diáspora de la cultura cubana de los 90 en Europa” (nº 4/5, 1997); “Registros de un cuerpo en la intemperie” (nº 12/13, 1999); “Demócrata, poscomunista y de izquierdas” (nº 20, 2001); y “El hombre nuevo en Berlín” (nº 41/42, 2006) fueron luego también publicados en libros como La balsa perpetua (1998), El mapa de sal (2001), Cuba y el día después (2001), Fantasía roja (2006). ¿Usted escribió los ensayos pensando en la revista como destino para las divulgaciones? ¿Llegó a imaginar el espacio de la revista como impulsor de los contenidos de futuros libros ya planeados? Pregunto porque he notado que para los libros usted retocó considerablemente sus escrituras de Encuentro, algo que sugiere una inquietud con relación a los resultados.

Así es. El ensayo es un territorio que te permite ir calibrando fragmentariamente cómo funcionan tus ideas en la lectura y cómo fluyen en la escritura. Los medios para mí siempre han sido eso: medios. Laboratorios para probar lo que quiero dejar después en un libro, o lo que no vale la pena repetir jamás.

De eso trata, en definitiva, el arte de ensayar. De ir tanteando en la escritura, la lectura, la forma de construir un tema. De darle vueltas y dejar que el lector perciba en tiempo real como avanzas o tropiezas, como llegas a tu destino o te descarrilas. O, simplemente, cómo te desvías por otra ruta que te sorprende y ni siquiera te habías planteado.

Iván de la Nuez
Iván de la Nuez (al centro), Rafael Rojas (a la derecha) y Gines Gorriz, Barcelona, a finales de los años noventa

Rafael Rojas, al observar los ensayos de La balsa perpetua en la reseña “Una poética del éxodo” (nº 10, 1998), apunta algún incomodo por el uso de la metáfora como eje (aunque invisible) narrativo del libro, por su figuración “absoluta” o por su “voluntad de representación totalizante”, comparándolo al uso del “ajiaco” de Fernando Ortiz como “cubanísimo metafórico”. En otra reseña, “Semántica de un gesto” (nº 23, 2001/2002), que se ocupa de la lectura de El mapa de sal, Rojas afirma que “las metáforas, fábulas y alegorías” (por ejemplo, la sal, el muro, el mapa, la silla eléctrica) son “demasiado plásticas, casi fílmicas”. Más tarde, en su entrevista a Antonio José Ponte “Ensayar es ensanchar” (nº 47, 2007/2008) usted dice considerar las exposiciones de arte como “ensayos visuales”. ¿Por qué la opción por una escritura ensayística tan fuertemente imagética como la de ese período?

Cuando escribió sobre mi libro La balsa perpetua, Rafael Rojas hizo dos observaciones bastante definitivas. La primera, acerca de la tensión que se daba entre las dos prosas de mi ensayo. La segunda, que una de ellas, la más literaria digamos, saldría ganando. Y así fue. Mis ensayos quisieran ser road movies (cosa que no puedo hacer y por eso algunos se convierten en exposiciones). Estamos en la era de la imagen, así que escribo desde estímulos visuales por el simple hecho de que camino por la calle. Y porque, además, tengo un pie en el arte. También por reacción a una literatura hispanoamericana que tuvo durante mucho tiempo una relación anacrónica con las artes visuales. Un desfase contra el que siempre me interesó posicionarme.

¿Cuáles eran (o son) sus referencias a ensayos o a ensayistas dentro de la literatura cubana que le provocaban (o provocan) a escribir?

Mis referencias son relativamente caóticas, pero ninguna por sí sola me llevó a escribir, sino a leer. Tampoco discierno entre fuentes cubanas o no cubanas. Si me obligas a esa nacionalización, te diría –entre los cubanos– los nombres de José Antonio Saco, Paul Lafargue, Lamar Schmeyer, José Martí, Julio Antonio Mella, Fernando Ortiz, Lydia Cabrera, Che Guevara, Walterio Carbonell, Fernández Retamar, Severo Sarduy, Moreno Fraginals, Benítez Rojo, Emma Álvarez Tabío Albo. Todos estos autores me han hecho repensar o modificar mis intuiciones. Sean a favor o en contra de ellos. Aparte de Álvarez Tabío Albo, el resto de mis contemporáneos y otros autores y autoras que vienen después han nutrido mis ensayos considerablemente. Pero, como te decía, no divido mis influencias en cubanas y no cubanas. Al ser cubano yo, todas pueden terminar siéndolo. Y al ser un cubano en diáspora, todas pueden terminar dejando de serlo. Eso es lo que de verdad me gusta, cambiarles su pasaporte, mezclarlas y molerlas a ver qué tipo de jugo soy capaz de sacar. Así que a Montaigne, Nietzsche, Vargas Vila, Marx, Rosa Luxemburgo, Foucault, Fanon, Paz, Sloterdijk, María Moreno, Damián Tabarovsky, Miguel Morey, Lucy R. Lippard, María Zambrano, Baudrillard, Joan Fontcuberta o Eloy Fernández Porta me gusta convertirlos en cubanos o ponerlos a hacer un poco de trabajo voluntario a ver si me sacan de mis atolladeros.

¿Cuáles serían sus referencias a obras o artistas del arte contemporáneo, cubanas o no?

He escrito sobre un centenar de artistas de todas partes. He estado mano a mano con muchos de ellos. He podido descubrir a unos cuantos u ofrecerles primeras o segundas oportunidades a sus obras emergentes en mis proyectos, que es lo que más me gusta de mi trabajo en el arte. También he trabajado con artistas cuya obra está completamente consolidada o incluso con clásicos ya fallecidos. Para mí resultan tan o más importantes que las fuentes literarias, como ya hemos hablado. Pero no para ponerles una nota al pie o usarlos como ilustración de una teoría. Sino para que me las hagan tambalear y para aprender de ellos de cara a la mecánica interior de mi escritura.

Aprovechando la mención a Antonio José Ponte, percibo una interesante diferencia de escritura ensayística entre ustedes, aunque ambos hayan desarrollado características abiertas al tránsito entre la narración y el ensayo. Mientras él es atraído por algo menos marcado, por modulaciones entre un género y otro, de esa forma dando relieve a un estilo bastante narrativo, usted parece preferir algo más alternado, lo que es posible notar en conjuntos de ensayos como los de La balsa perpetua o de Fantasía roja, por ejemplo. De cualquier manera, ambos procuraron explorar las fronteras del género alcanzando resultados estimulantes. Pensando en ese carácter transitable del ensayo en su heterogeneidad, ¿considera usted que él sería el género discursivo más adecuado para reflexionar sobre la condición transfronteriza de la diáspora de la cultura cubana?

Todo lo que hago es ensayo, incluida una exposición. No lo considero ni ficción ni autoficción y me gusta desmarcarme lo máximo posible de esas tendencias, pese a que algunas críticas o editores que aprecio mucho han visto y publicado algún libro mío como narrativa (como ocurrió con El mapa de sal tanto en su edición con Mondadori como la que hizo Periférica). En el caso de Ponte, estamos hablando de un extraordinario ensayista y poeta, además de buen novelista. Así que su registro literario es más amplio que el mío. Intuyo que yo soy más de amalgamarlo todo en el ensayo; mientras que él es capaz de explorar distintos géneros por separado y saltar con facilidad de uno a otro.

Encuentro permitió una cierta ilusión de no alineamiento con el maniqueísmo. De que la cultura no tenía que estar, obligatoriamente, sometida a la política ni esta constituirse en el canal principal de su legitimación.

No sé si el ensayo es el campo más adecuado para explorar el sentido diásporico de la cultura cubana. En el arte, por ejemplo, hay casos como el de Luis Cruz Azaceta que expresa esto desde una perspectiva muy abarcadora. O Félix González-Torres. O Ana Mendieta.

Pero me parece que no es desacertado ver el ensayo como un territorio adecuado para explorar ese estallido cultural y humano de una nación, al menos en los tiempos que estamos viviendo. Decía Gore Vidal que el ensayo sería el género literario del siglo XXI, pues todo lo demás podría ser expandido y narrado mucho mejor desde otros medios. Y yo lo suscribo, pero no porque tenga muchas pruebas, sino porque, como he dicho en esta misma revista, es una afirmación que me conviene.

Usted fue el editor de Cuba y el día después (2001), publicación que contó con un conjunto de ensayistas identificados como pertenecientes al movimiento del nuevo ensayo cubano iniciado en los años ochenta en La Habana. Ante la participación de algunos de esos ensayistas en Encuentro, como, por ejemplo, Rolando Sánchez Mejías, Jorge Ferrer, Emilio Ichikawa, Omar Pérez, Víctor Fowler, Ernesto Hernández Busto (aunque después rígidamente contrario a la revista), así como usted y los anteriormente citados Rafael Rojas y Antonio José Ponte, ¿cree que tales colaboraciones lograron imprimir un diferencial literario en el interior de la diversidad de características de los ensayos publicados por la revista?

Absolutamente. Esos autores no están escogidos porque publicaran en la revista sino porque compartían una experiencia biográfica común que en algún caso convivió con la revista, pero en casi todos era previa a esta. He publicado varias antologías y creo que sé dos cosas: la primera, que casi ninguna funciona comercialmente. La segunda, que todas ofrecen un mosaico colectivo insustituible para abordar un tema, una época, una generación o un estado de ánimo. Por eso las sigo haciendo cada vez que aparecen la oportunidad, el dinero y el tiempo.

Volviendo al ensayo “El destierro de Calibán. Diáspora de la cultura cubana de los 90 en Europa” (nº 4/5, 1997) es posible visualizar con claridad su preocupación, hecha notar por César Mora (nº 15, 1999/2000) en la reseña del libro Paisajes después del Muro (1999), en “desestabilizar la dictadura de la historia sobre la geografía”, algo que remite directamente a las consecuencias políticas y culturales derivadas de la diáspora cubana y potencializadas durante los años noventa, entre ellas la comprensión de los quiebres de modelos de pertenencia. Como bien ha identificado, la Revolución generó un verdadero malestar para la cultura cubana al excluir a sus contrarios y así posibilitar un mundo sin síntesis, lo que acabó por volverse una especie de “trampa” con el regreso al discurso nacionalista estimulado por el Estado cubano en el momento de intensificación de la diáspora, una vez que el nacionalismo, al convertirse en “el problema cubano”, acabó por disolver las diferencias culturales entre los dirigentes de Cuba y los del exilio. ¿Usted cree que propuestas como la de la revista Encuentro, al estimular la reinvención de un espacio nacional a través de la rediscusión de la realidad cubana desde una perspectiva transterritorial, consiguió escapar de esa “trampa”?

Yo hablaba, hace treinta años, del malestar de la cultura cubana en términos de una contradicción entre el origen de la Nación y el destino (internacionalista) de la Revolución. La primera, planteándose siempre en términos de síntesis: “Con todos y para el bien de todos” de Martí, la metáfora del ajiaco de Ortiz, la teología de la cultura de Cintio Vitier, etc. La segunda, abrazada al bloque socialista y a la vez diseminada por África, Asia, América Latina o Europa del Este. De modo que, para dogmatizar un poco el asunto y ponerme en modo fast food, si cumplías a rajatabla con los requisitos patrióticos de la Nación, era difícil ser revolucionario. Y si cumplías con el dictum internacionalista de la Revolución, entonces lo tenías difícil para ser nacionalista.

Encuentro, como proyecto transterritorial, tuvo momentos en los que sí escapó de esa trampa y en los que contribuyó a que la cultura cubana escapara de ella. (Y esto, curiosamente, tuvo su momento más acentuado bajo la dirección de su fundador, alguien que había sido enfáticamente revolucionario y enfáticamente nacionalista). Pero no fue algo irreversible, como lo testimonia el regreso tan fuerte a la bipolaridad Habana-Miami. O el retorno del patriotismo sobreactuado a favor y en contra. Con unas redes sociales que están masificando una cultura de militantes, sublimando el ping-pong ideológico, la demagogia, o ese politiqueo que no es más que la política en su dimensión obscena.

Encuentro permitió una cierta ilusión de no alineamiento con el maniqueísmo. De que la cultura no tenía que estar, obligatoriamente, sometida a la política ni esta constituirse en el canal principal de su legitimación. Quizá eso sea complicado entenderlo ahora, cuando estamos constreñidos entre distintos oficialismos que han sumergido a la cultura en la política. (Por lo general, una pésima política que la acaba llevando a su terreno y subordinándola).

Los enemigos de una revista (imagínate cuando el principal, aunque no fue el único, es un Estado con la capacidad de metralla que tiene el cubano), siempre intentarán colocarla en el lugar que ellos quieren y contaminarla con el lenguaje que dominan. Esos enemigos saben perfectamente que todos los proyectos no son iguales, pero saben también que necesitan equipararlos para ponerlos a bailar al son de su western ideológico, que es donde se sienten más cómodos y donde siempre acaban ganando. ¿Alguien recuerda una campaña semejante contra la Revista Hispano Cubana, que también aparecía en Madrid, en el mismo tiempo, y estaba a su derecha ideológicamente?

Las grandes revistas –y no hablo de dimensiones ni dineros: Escandalar, Mariel o Apuntes Postmodernos— fueron, a su manera, grandes revistas de la diáspora- son aquellas que no caen en la trampa de sus enemigos y marcan su camino sin dejarse sacar de su órbita. La revista Encuentro, con todas sus contradicciones, fue un ejemplo de esa batalla por no descarrilar, y Jesús (que fue atacado de manera inmisericorde y casi exclusiva en su época) fue un ejemplo del talento y la fuerza que debe tener un director para sostenerla en su ruta.

Para finalizar, algo que mucho me interesa en mi abordaje a la revista Encuentro es la posibilidad de pensarla en términos espaciales, tanto como producción literaria física y que incluye aspectos gráficos y de sintaxis, como también aspectos simbólicos de perfil metonímico que la proponen como un “territorio” de encuentro para la cultura de Cuba. Me parece que esa perspectiva, de cierta forma, va en un sentido convergente hacia una de las líneas principales de su pensamiento sobre la cultura cubana. Dada su experiencia, ¿cuáles serían los pros y los contras de ese enfoque de reflexión a partir de una resignificación del espacio para la cultura?

En ausencia de una guerra civil o una invasión a la isla, para mí salidas indeseables, sólo queda el diálogo como el único espacio productivo de sociedad en sí mismo. Sobre todo, cuando el realismo te indica que no hay una contrahegemonía con capacidad para deponer al gobierno y cuando, al mismo tiempo, a ese gobierno se le ha acabado la posibilidad de seguir gobernando de manera homogénea, sin una contestación evidente y creciente. Mi tesis es que hoy estamos regidos por un Estado comunista que está obligado, sin embargo, a gobernar sobre una sociedad que ya es poscomunista. Y que esa paradoja, que lo marca todo, irá en aumento. Hablamos de un Estado comunista que incorpora zonas de la economía de mercado y la iniciativa privada demostrando que esta no es una exclusividad del capitalismo, pero es incapaz de hacer lo mismo con la pluralidad democrática y demostrar que esta tampoco debería ser una exclusividad del liberalismo.

Dicho esto, considero que la cultura cubana ha fracasado en la creación de un espíritu democrático nacional y un respeto activo y generalizado por el que se mueve fuera de tu flanco. No puede ser que la ONU, el Parlamento Europeo, la Comisión de Derechos Humanos o cualquiera de estos organismos llenos de siglas sólo sean loables cuando te favorecen y deleznables cuando te desfavorecen. O que todo lo que yo haga sea excelso y todo lo que haga mi oponente sea despreciable. Porque, al final, eso ni siquiera responde a una posición política, sino que, como decía La Lupe, no es más que “puro teatro, falsedad bien ensayada, estudiado simulacro” (esto es puro Baudrillard, mira tú). Ese déficit endémico no solo es visible en nuestros dictadores, exdictadores o protodictadores, sino que descansa sobre un subsuelo cultural que produce y reproduce arquetipos autoritarios (y eso no se acaba en el Malecón ni con el socialismo, sino que pica y se extiende más allá del país y de una ideología concreta). Quizá valga la pena tomar conciencia de que trabajamos sobre esa derrota antropológica y dejar de vender panaceas o paraísos a la vuelta de la esquina. Digerir que si lo que de verdad quieres es salvar el socialismo, no podrás hacerlo sólo con comunistas; y si lo que de verdad quieres es proyectar la democracia (ponle el apellido que quieras), no podrás hacerlo sin estos.

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Vítor Kawakami. Escritor, editor e investigador brasileño. Actualmente finaliza su doctorado dedicado a la revista Encuentro de la Cultura Cubana en la Universidad de São Paulo. Sus estudios sobre revistas culturales y literarias hispanoamericanas han sido publicados en diversas publicaciones académicas internacionales. Ha publicado los libros Descontos (2015, cuentos), Bem-me-queres malmequeres (2008, poemas) y Sem roteiro tristes périplos (2004, cuaderno de viaje). Es colaborador del Suplemento Literário de Minas Gerais y de la Revista Usina, y fundador de la Sempre-viva Editorial.

5 comentarios

  1. Hay una errata en la referencia al ideario de Cintio Vitier, dice «teológica», debe decir «teleológica» No creo que el párrafo final sea un ticket para Disney World, pero sí merece un vigoroso diálogo crítico, pues da en el centro de la polémica en 2021.

  2. No Prats. Lo digo a prpósito. Siempre he creído que Cintio vistió de teoría de la cultura (incluso de teleología) a una teología de la nación. Puede que sea un error pero no una errata. Gracias de todos modos.

  3. Estimado Sr. Kawakami:
    Yerra usted como investigador al asegurar en su ligero paréntesis que fui «rígidamente contrario a la revista» Encuentro. No es cierto. Publiqué en ella, participé en varias de sus reuniones y tuve una relación cordial con Jesús Díaz. Lo que sí hice fue criticar que Encuentro se convirtiera en «empresa familiar». En los artículos que publiqué sobre ese tema (que pongo a su disposición por si le interesaran) argumento que la escasa transparencia sobre sus subvenciones se debía a que con el dinero obtenido Encuentro hubiera podido hacer mucho más que una revista bimensual y una página web. Fue un proyecto notable y fundamental para la cultura cubana dentro y fuera de la isla, eso nadie lo niega. Pero acabó convertido en un «elefante blanco» y en medio de vida para sus principales gestores. No sé qué tipo de «rigidez» verá usted en debatir públicamente estos asuntos, que luego de la muerte de Jesús, también fueron discutidos a puertas cerradas y propiciaron la escisión del antiguo equipo de trabajo de la revista.

  4. Estimado Sr. Hernández Busto, gracias por su corrección. El hecho de encontrar pocas colaboraciones suyas en las páginas de la revista, sumado a mis contactos indirectos con sus posts publicados en Penúltimos días (ya que no pude tener acceso directo a ellos), me llevaron a usar esta expresión «rígidamente». Espero que entienda que no era mi intención juzgar sus críticas a la financiación de la revista -un ejercicio, sin duda, democrático- pero simplemente referirme a algo que constaté que terminó sirviendo para alimentar el «coro dos contrários» a Encuentro. Sepa que estoy muy interesado en sus artículos sobre el tema. En la biblioteca hispánica de la Aecid leí algo de Perfiles derechos y de Inventario de saldos (llamando mi atención la polémica de su «Epístola moral a un revolucionario zen»), por eso me sorprendió mucho no encontrarme con sus textos en la revista además de la reseña del libro de Jorge Ferrer, Minimal Bildung (Nº 24), y el ensayo sobre el teatro de Piñera, en el dossier en su homenaje (Nº 14), o sea, sólo dos colaboraciones de la época en la que todavía la dirigía Jesús Díaz. ¿Hay otras?

  5. Estimado Sr. Kawakami, si me hace llegar usted su email puedo remitirle los artículos sobre «Encuentro» a los que se refiere (y que debió usted leer directamente antes de hacerse una opinión sobre mi supuesta «rigidez»). Aprovecho para avisarle que no fui el único en criticar públicamente esas cuestiones (recuerdo ahora otras notas en ese sentido de Maite Díaz o Jorge A. Pomar). Que los enemigos castristas de «Encuentro» hayan aprovechado ese debate para sumar argumentos contra la revista no es mi culpa. No se puede defender el principio democrático de la transparencia de los fondos públicos y pretender que sólo sea aplicables cuando coinciden con nuestros puntos de vista o cuando no hay castristas mirando. Lamento también que no haya usted preguntado a mi querido Iván de la Nuez sobre el modelo de cultura subvencionada que «Encuentro» pareció promover. Estoy seguro de que tendría cosas interesantes que aportar a esa discusión.

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