“Como fue el caso de mis ancestros exiliados, me gustaría regresar a una Cuba libre”

El escritor William Navarrete entrevista al economista y experto mundial en deuda externa Miguel Núñez Lawton.
Miguel Núñez Lawton junto a su sobrino Henry, en Miami
Miguel Núñez Lawton junto a su sobrino Henry, en Miami (Foto: Cortesía)

MIAMI, Estados Unidos ― Quien me habló recientemente de Miguel Núñez Lawton fue Alberto Bousquet Alfonso, a quien entrevisté en Madrid en abril pasado. No obstante, en el momento de la entrevista que sigue, fueron aflorando personajes que ambos hemos tenido como amigos en común en diferentes momentos de nuestras vidas. Recordando cuentos y anécdotas que tenía olvidadas, me vino a la memoria que de Miguel ya me habían hablado antes mis amigas Regina Maestri y su hija Regina Behrens, quienes compartieron con él no pocos momentos cuando vivían todos en Washington y frecuentaban la colonia de exiliados cubanos de la capital estadounidense en la década de 1970.

La historia de Miguel es la de cientos de niños cubanos que salieron de la Isla en los tormentosos primeros años del castrismo y que vivieron en diferentes latitudes, entre colegios internados y casas de parientes, hasta que sus propias familias pudieron restablecer la estabilidad de los hogares desmembrados por el exilio o, simplemente, encauzar sus vidas. 

Como casi todos los que forman parte de esta serie de entrevistas, también Miguel supo crecer en otra tierra, integrarse a su nueva vida y renacer como el ave fénix después de tantas pérdidas.

―Cuéntanos de tus padres y abuelos, de sus orígenes.

―Mi padre fue Miguel Núñez Cancio, quien había vivido en Washington, una ciudad en la que se habían quedado exiliados sus padres tras la caída del gobierno de Gerardo Machado en 1933. Él vivió y estudió hasta el final del bachillerato en la capital de Estados Unidos; luego, en el momento en que comenzó la Segunda Guerra Mundial, se fue a vivir a La Habana, a casa de una tía, pues no quería verse implicado en nada militar. 

Mi abuelo paterno, Bernardo Núñez Portuondo, provenía de una familia muy implicada en la política cubana desde que sus propios padres ―el mayor general de las guerras de independencia Juan Emilio Núñez Rodríguez y Dolores Portuondo Blez― vivieron exiliados en Estados Unidos durante la segunda mitad del siglo XIX. Mi bisabuelo era veterano de las tres guerras: la de los Diez Años (1868-1878), la Chiquita (cuando no aceptó el Pacto de Zanjón) y la de 1895, que condujo a la independencia. Entre la segunda y la tercera estudió en la Universidad de Pensilvania y se hizo cirujano dental en Filadelfia, desde donde organizaba expediciones y el envío de armas necesarias para la guerra. Conoció a José Martí. De hecho, conservo una carta de puño y letra del Apóstol desde la editorial La Edad de Oro en Nueva York, en la cual le comunica el envío de dos ejemplares del libro homónimo, uno de ellos para mi abuelo Bernardo que era niño. Por sus implicaciones en la política anticolonial, mi bisabuelo regresó a la Isla antes de la instauración de la República y se convirtió en gobernador civil de La Habana (en 1899) y en la primera persona en izar la bandera el 20 de mayo de 1902 en el Castillo del Morro. También fue vicepresidente del gobierno de Mario García Menocal. Excepto una hija, todos los que tuvo con mi bisabuela Dolores, incluido mi abuelo Bernardo, nacieron en el exilio, en Filadelfia.

Carta de José Martí al general Emilio Núñez. Escrita en Nueva York
Carta de José Martí al general Emilio Núñez. Escrita en Nueva York (Cortesía)

Con semejante pedigrí político, mi abuelo Bernardo heredó de su padre las inclinaciones por la política y formó parte del cuerpo diplomático de Gerardo Machado en Estados Unidos. Es por eso que decidió quedarse exiliado en Washington tras la caída de su gobierno en 1933. Allí vivió por el resto de su vida, con su esposa María Cancio Sánchez-Toledo, mi abuela. Bernardo falleció en la capital de Estados Unidos, durante su tercer exilio, en 1967.

Memorabilia postal cubana en homenaje al general Emilio Núñez (Foto: Cortesía)

―¿Y por tu lado materno?

―Cuando mi padre se fue a Cuba, conoció a mi madre, Silvia Lawton Alfonso; se casó con ella en La Habana, en 1946. Mi madre era catedrática y profesora de Lengua Inglesa en la Universidad de Santo Tomás de Villanueva, al oeste de La Habana. Ella era la hija de Guillermo Lawton de Armas y Dulce María Alfonso del Junco. A mi abuelo Guillermo no lo conocí; mi abuela Dulce vivió hasta los 104 años de edad y falleció exiliada en Nueva York, a donde llegó cuando salió de Cuba con su suegra, Mercedes, y hasta con su gata negra. 

Este abuelo Guillermo (William en inglés, pues era de origen norteamericano, aunque nacido en Cuba en 1899) era hijo de William Wallace Lawton Green, un ingeniero estadounidense de padre neoyorquino, también nacido en Cuba, donde hizo los planos, en 1900, del reparto Lawton, al sur de la capital cubana, y donde tenía una hacienda llamada El Tejar. En La Habana se casó con Mercedes de Armas del Río Noguerido, la abuela de mi madre.

―¿Cómo transcurrió tu infancia en Cuba, hasta tu salida del país?

―Nací en El Vedado, el 8 de febrero de 1949. Vivíamos en la calle 19 N° 1008, entre 10 y 12, en el mismo edificio en que estaba el apartamento de mis abuelos maternos y muy cerca de la esquina de 23 y 12 y del cementerio de Colón. Cursé mis primeros estudios en el colegio Columbus del Vedado y comencé los secundarios en el colegio de Belén, en el que obtuve varios premios de excelencia y con cuyo coro llegué a grabar un disco en los estudios de la CMQ. 

Mi infancia transcurrió como la de casi todos los niños cubanos de familias acomodadas. Recuerdo haber estado en Varadero y en Cárdenas, también en las cuevas de Bellamar y, en una ocasión, acompañé a mi madre a Pinar del Río, donde ella tenía que impartir unos cursos. Nos alojamos en el hotel más antiguo de la ciudad. 

De niño, uno de mis amiguitos de juegos fue Fidelito Castro Díaz-Balart, el primogénito del dictador. Nos encontrábamos con frecuencia en la casa en la que vivía, en el reparto de Tarará, con su madre, Mirtha Díaz-Balart, y su padrastro, Emilio Núñez Blanco.

Los padres del entrevistado, Miguel Núñez Cancio y Silvia Lawton Alfonso (Foto: Cortesía)

―O sea, que estás emparentado con esa familia…

―Indirectamente. Al divorciarse de Fidel Castro, Mirtha se casó con Emilio Núñez Blanco, hijo del abogado, político y diplomático Emilio Núñez Portuondo, hermano de mi abuelo paterno Bernardo, que, como ya dije, vivía en Washington. En realidad, con quien estaba emparentado directamente era con el padrastro de Fidelito, por ser este primo hermano de mi padre. 

A modo de anécdota te puedo contar que en 1959 Fidelito tuvo un accidente de automóvil bastante aparatoso y lo hospitalizaron en el hospital militar del antiguo cuartel de Columbia, en Marianao. Como éramos amigos de juegos, él reclamó mi presencia y hasta allá me llevaron a visitarlo durante su convalecencia. Allí se encontraban su madre, su padrastro, además de Raúl Castro y su esposa, Vilma Espín, una pareja que me pareció de lo más famélica por lo muy delgados que eran ambos. Fue Raúl quien me dijo que quería presentarme a alguien y me llevó a la galería techada del hospital, donde estaba el Che Guevara, fumándose un tabaco y conversando con Celia Sánchez Manduley, de quien se decía entonces que era la amante de Fidel Castro. Total, que el Che me preguntó quién yo era y le contesté. 

De más está decir que después de mi salida de Cuba nunca más volví a ver a Fidelito. A Mirtha Díaz-Balart sí seguí viéndola después en Madrid, donde vivía exiliada ya con las dos hijas que tuvo con nuestro primo Emilio. 

La boda de Miguel Núñez Cancio y Silvia Lawton Alfonso, en La Habana (Foto: Cortesía)

―¿Qué recuerdos tienes de tu salida de Cuba y en qué condiciones tuvo lugar?

―A mí me mandaron solo a Washington, a vivir con mis abuelos paternos. Salí de La Habana en agosto de 1960. Recuerdo que mi abuela materna lloraba en el aeropuerto cuando fue a despedirme y yo no entendía muy bien la razón. Mis padres se quedaron en Cuba y, en octubre de ese mismo año, salieron rumbo a Miami para luego instalarse en Río de Janeiro, pues mi padre había conseguido un buen contrato en lo que él hacía. Ellos vivieron allí durante 30 años. Fue en esa ciudad, en un accidente automovilístico y por no usar el cinturón, que falleció en 1968 mi hermana Silvia, la mayor.

Así fue como llegamos todos a Brasil y empezamos a vivir en Copacabana. Pero mi madre quedó embarazada y decidió regresar a Cuba para que su cuñado, el Dr. Ricardo Núñez Portuondo, la asistiera durante el embarazo. Al parecer, ella tenía una fe ciega en él, pues en realidad era uno de los mejores cirujanos de todo el país. 

Entonces, como ya no teníamos casa en Cuba, mi madre se instaló en la de su tío materno Eduardo Alfonso del Junco y su esposa, Carmelina Guzmán Rodríguez-Ojea, en la Calzada del Cerro, mientras nosotros nos quedamos en Brasil. El caso es que mi hermana Nair Cristina nació en La Habana en agosto de 1961 y mi madre vivió en la Isla durante la invasión de Bahía de Cochinos. Siempre contaba de los registros que hicieron los milicianos en la casa de sus tíos buscando armas o cosas comprometedoras. Al final, con muchas dificultades, logró salir con mi hermana pequeña en 1962 y reunirse con todos nosotros en Río de Janeiro.

―¿Estudiaste en Brasil?

―Sí, en el Our Lady of Mercy American School, un colegio norteamericano de enseñanza católica, fundado en 1951 en el barrio de Botafogo. Allí cursé del séptimo grado hasta el segundo año de bachillerato. En ese momento aprendí el portugués, pues, por leyes del Estado brasilero, su aprendizaje era obligatorio. Me fue de mucha utilidad en mi vida profesional porque era uno de los pocos que hablaba esta lengua cuando empecé a trabajar para Naciones Unidas y para el Banco Mundial.

Luego, me enviaron a Nueva Jersey, a cursar mi bachillerato en la Lawrenceville School, un colegio preparatorio privado en la localidad de ese nombre cerca de Trenton, a donde llegué solo y donde sobreviví gracias a Ernesto Mejer Sarrá, un amigo cubano que me ayudó mucho al principio. Su abuelo materno era el dueño de la célebre farmacia Sarrá, fundada en La Habana en el siglo XIX por su bisabuelo catalán. 

Hay que saber que en mi época los anglos no aceptaban a los latinos y menos si, como yo, hablaban mal el inglés. La vida era bastante dura entonces y yo era un alumno interno del colegio hasta que me gradué en 1967 y empecé mis estudios universitarios. Eso sí, durante las vacaciones viajaba siempre a Río de Janeiro para reunirme con mis padres y mis hermanas.

Miguel y su grupo del colegio de Belén, en La Habana, en marzo de 1959 (Foto: Cortesía)

―¿Qué estudiaste entonces?

―Cuando terminé Lawrenceville empecé a estudiar Business Administration, además de dos años de Economía, en la Universidad Georgetown, de Washington. Los dos primeros años viví alojado en la misma universidad y, luego, durante siete años, en la casa de Graciela Cancio Rodríguez, prima hermana de mi padre por ser hija de Ignacio Cancio Sánchez-Toledo, tío materno de este.

De esa época datan mis relaciones con la comunidad de exiliados cubanos en la capital de Estados Unidos, entre los que figuran tu amiga Regina Behrens ―que tenía un restaurante llamado La Gitana muy cerca de la Casa Blanca junto a su marido andaluz Antonio― y también su madre, Regina Maestri, y muchos cubanos más. En cuanto me gradué en 1971 empecé a trabajar para el Banco Mundial, cuya sede se encuentra en Washington.

Miguel en el anuario de su colegio Our Lady of Mercy American School, en Río de Janeiro (Foto: Cortesía)

―De modo que te quedaste en Washington…

―Durante 24 años y hasta que me retiré, trabajé para la sección de Economía y Desarrollo del Banco Mundial. Como hablaba correctamente español, inglés, francés y portugués me enviaban por todo el mundo. Gracias a esto, pude conocer gran parte de África, Asia y América. 

Mi primera misión africana fue en Bamako, la capital de Malí, que me impresionó mucho porque tenía mucha influencia musulmana y era la primera vez que oía el llamado a los rezos desde las mezquitas. Recuerdo que la primera noche al oír aquel llamado me asomé al balcón del hotel y me encontré con todo el mundo arrodillado en el suelo en medio de la calle, rezando en dirección de La Meca. También participé en la primera negociación de la deuda externa de África en 1985, que tuvo lugar en Senegal. Por esa razón tuve que vivir varios meses en Dakar. En realidad, Senegal era más desarrollado que otros países del continente porque allí habían estado los franceses y subsistían muchas cosas construidas por Francia.

En 1989, viví un año y medio en Manila, la capital de Filipinas, con un proyecto de Naciones Unidas para establecer la Conferencia de Economía y de Desarrollo con el tema de la administración de la deuda. Me nombraron asesor de la tesorería del Gobierno de Manila. Estando allí me agarró uno de los intentos de golpe de Estado al gobierno de Corazón Aquino y me tuvieron que evacuar de la zona en que vivía porque la oposición la ocupó y había tiroteos todas las noches; incluso llegaron a matar a alguien del edificio al lado del mío. Total, que a mí y a los otros evacuados nos llevaron a un hotel y, durante una semana, estuvimos allí esperando a que pasara el golpe que, finalmente, no triunfó. Por supuesto, después de esta experiencia ya no quise que me prorrogaran el contrato, a pesar de que sí viví experiencias positivas como conocer buena parte del Lejano Oriente. Durante mi misión filipina fui testigo de cómo los préstamos para el desarrollo de la nación eran desviados para beneficio propio de Imelda Marcos, quien había sido la primera dama del país entre 1975 y 1986 y también había ocupado el cargo de gobernadora de Metro Manila.

Fue una época muy interesante de mi vida pues también fui nombrado director tesorero de la junta de amigos del Art Museum of the Americas, el más antiguo de arte moderno y contemporáneo de América Latina y el Caribe, que es parte de la Organización de Estados Americanos (OEA) y tiene gran cantidad de obras de muchos artistas del continente considerados maestros del arte latinoamericano como Cándido Portinari, Roberto Matta, Amelia Peláez, José Luis Cuevas, Jesús Rafael Soto, Joaquín Torres-García, Alejandro Obregón, Carlos Cruz-Díez y muchos más.

―¿En qué momento te instalaste en Miami y por qué razones?

―Ya en diciembre de 1995, cuando me instalé en Miami, me encontraba retirado del Banco Mundial, pues aproveché que hubo una propuesta de jubilaciones anticipadas para dejar la institución. En ese momento ya el tema de la deuda externa no interesaba a nadie y quería, además, acercarme a mis padres, quienes habían dejado Brasil después de 30 años.

Aún retirado, me invitaron en 1998 a instalar el sistema de deuda externa en Luanda, Angola, pues sabían que yo hablaba portugués y me necesitaban porque, además, era experto en este tema. Ya había estado en Luanda en misiones del Banco Mundial y allí me conocían. En esta ocasión me tuve que quedar seis meses. Aún recuerdo que, de noche, se oían los tiros de los rebeldes en contra del Gobierno. Había que tener mucho cuidado cuando salíamos de la ciudad porque había campos minados en sus alrededores. Durante esa estancia conocí a varios cubanos que seguían viviendo allí; incluso, había un hospital administrado por médicos cubanos que me trataron muy bien cuando me enfermé.

Pero volviendo al tema de Miami, cuando me mudé solo había estado una vez en esa ciudad. Allí me había quedado en casa de mi amigo Guillermo Martínez. Pero, apenas me instalé, mi amiga María Antonia Espí Morales, cuyo padre Rosendo Espí Artega había sido secretario particular del cardenal arzobispo de La Habana y a quien conocí en la colonia de exiliados de Washington, trabajaba para una compañía de cruceros en el puerto y me animó a que hiciera lo mismo, pues en realidad con 47 años y retirado me iba a aburrir si me quedaba en la casa. Así fue como desde 1996 trabajo para la Carnival Cruise Line, en el puerto de Miami, en todo lo que tiene que ver con logística y recepción de pasajeros. 

Por supuesto, en Miami me he vinculado a otras actividades y estuve durante muchos años en la junta de la Cuban Heritage Collection de la Universidad de Miami porque mi tío Ricardo era socio fundador y me incitó a que me incorporara a esta institución. 

―Como última pregunta: ¿Has regresado a Cuba?

―Nunca regresé. Llevo 66 años sin ir. Pero puedo decir que recuerdo muy nítidamente todo lo que vi y viví durante mi infancia e incluso los acontecimientos que precedieron a la revolución de enero de 1959. Mi madre sospechaba lo que iba a pasar, de modo que no vaciló un minuto en irse cuando a mi padre le propusieron el trabajo en Brasil. 

Por otra parte, no tengo absolutamente ningún familiar en Cuba, de modo que no tengo razón para ir. Pero, ¿quién sabe? Todo parece indicar que ahora las cosas se mueven en la dirección tan esperada, es decir, hacia el fin de ese régimen. Quizás podamos, al menos de visita, regresar algún día al país. Y, por supuesto, como fue el caso de muchos de mis ancestros exiliados, me gustaría regresar un día a una Cuba libre.

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