Oí decir que en el agua
hay una piedra y un círculo
y sobre el agua una palabra,
que pone el círculo en torno a la piedra.

Paul Celan

Otra vez ante la poesía, ante una memoria pocas veces vista, los blancos y los negros más intensos que nunca, el resto de los colores creo que también. ¿Cómo ha podido el dolor engendrar tanta belleza, una lucidez tan radical que puede llegar a matar, como finalmente lo hizo? La culpa construyendo una y otra vez pasajes increíbles donde el lenguaje se manifiesta indomable. ¿Cómo escribir en la misma lengua del que te ha arrebatado de forma brutal todo lo que era sagrado, incluyendo a la madre?

A cien años del nacimiento de Paul Celan, el legado dejado dentro del género lo convierte en uno de los puntos más altos del quehacer lírico durante esta última centuria. Esa obra no sólo se afianza en su descomunal calidad, que confirma la audaz utilización del lenguaje y el enigma de una semántica que por momentos parece brotar de la propia carne del poeta. Celán sobrevive al holocausto y cargará tanto en su vida como en su escritura el engorroso bulto de la culpa. La nuca agujereada de la madre es un elemento por donde el dolor se va a filtrar para siempre en dirección a su psiquis, minándola de una angustia de la cual no existe despojo posible.

Al consagrarnos a la lectura de sus libros, verso a verso, nos entregamos a las exigencias de un autor brillante que piensa a través de metáforas, en primera instancia, para sobrevivir al horror que lo persigue y abruma con insistencia. Esta expresión del pensamiento nos permite acceder a una visualidad que despliega imágenes en constante ruptura con el pragma de una lógica cotidiana y tediosa. Ahí se experimenta el oxígeno del único y verdadero sentido: lo humano contemplado a partir de imágenes que nos liberan de las penurias del crimen y la sumisión, “lo demasiado humano”.

Los poemas de Celán se establecen sobre cápsulas de subjetividad capaces de conectarse entre sí y dar la sensación de una fluidez (agua del Danubio) densa y mítica a un mismo tiempo, fotografías que van cayendo en ese río memorioso que les da un tono espejeante, una capacidad de transmitir sentimientos que se dejan contemplar en sus formas. En cada uno de ellos se percibe una proporcionalidad entre el esplendor de las imágenes y la intromisión del sacrificio, la tradición y el constante resonar de la barbarie como un gong.

En la última etapa de su escritura el poeta radicaliza su siempre audaz relación con la expresión escrita, la somete a una serie de procesos de transgresión que entonces se combinan con la habitual intensidad y desgarramiento de su poesía, provocando una eclosión que nos habla de una lengua forzada a manifestarse de manera renovadora y nos regala algo así como el poema hipermoderno. Ese que vence cualquier prejuicio o norma y se adentra en traducir los ritmos interiores, la música que escapa de los moldes y se niega a aceptar la palabra desde el “pálido fuego” de su retórica; aquí estallan los verbos y dinamitan el relieve de las sensaciones. Por este camino entienden las mutaciones de la existencia y las de los objetos como mutaciones del lenguaje, transmitiéndoselo de esa manera al lector, en el que deja una sensación de total deslumbramiento.

Para Celan, el arriba y el abajo determinan un campo de subjetividad que es cíclico y permite una clave u orientación. A todo te tendrás que someter en esa franja variopinta en la que lo elevado y lo sumergido se contaminan y propician una dramatización indetenible. Circunstancia en la que se crea cierta densidad que delata el diálogo entre valor y sentido a través del entramado de los versos, multiplicando su vocación crítica y desenvolviendo la capacidad de rezumar un sinnúmero de sensaciones y recuerdos que siempre amenaza con la formación de esa costra movediza, capaz de activar senderos de fuga que convidan a explorar el hecho poético una y otra vez.

En el territorio de sus poemas se filtra una inquietante corporeidad que sobrevive a todas las angustias, desembocando en una sensualidad que enriquece y vigoriza estrofa tras estrofa. Ahí queda, delante de la percepción del poeta, un cuerpo objeto de la sublimación (la amada), un círculo caliente, diría que abrazador, capaz de remitirlo a una especie de fe a la que accede por la puerta trasera.

Pensemos en una actividad onírica que se va amalgamando con toda la realidad que acontece en la vigilia, campo de pulsiones al que se suma como elemento de complejidad el constante eco de la memoria, en este caso abarrotada y tensa, capaz de ofrecer a cada uno de los escenarios y sus desenlaces una suerte de atmosferas tipo vintage, que permiten apreciar con mayor exactitud los estados de ánimo y sus súbitas transiciones.

Algunos de sus textos constituyen lienzos construidos con el color de las palabras (y a veces, con la ausencia de ese color), con su capacidad de expansión que consagran las imágenes y las ponen en contacto con todas las maneras posibles de la fantasía. Uno imagina que en ellos predomina el gris y el ocre, flores, estiércol, huellas del cuerpo deseado que reposó junto a un árbol, y mucha niebla, finas cortinas que en su transparencia te dejan seguir viendo.

Para él, el tiempo fue una cicatriz que no sanó nunca. Desde el desvelo la miró y vio sangre, su dilatación como un cerco, una energía que fastidia y lo va a seguir haciendo. Simplemente fue la posición de su mente ante cada uno de los acontecimientos la que terminó venciendo ese tiempo (en la prolongación de la lengua), a la vez lleno de horror y de un impulso creativo, que destruye las vigas trazadas para oprimir, y permite que se propague la belleza y la alucinación como única vía para comprender lo que existe para la trascendencia: detectar lo poético más allá de la apariencia que tome y lograr que la piedra se estremezca.

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