Raupa: “Un diseñador lo que no debe tener es miedo”

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Raúl Valdés González (alias Raupa)

Raupa me confiesa que siempre dibujó corazones, lágrimas y copas rotas. Luego, quizá para justificarse, dice que “esas son cosas que le gustan a la gente cuando es medio adolescente”.

Aunque me diga que no, Raúl Valdés González, Raupa, (La Habana, 1980), tiene rutinas para diseñar. Para empezar, antes de sentarse frente a un papel o a la computadora, necesita caminar un poco. Para empezar, a veces, después del pedido, necesita hasta dos días.

Ahora mismo trabaja en cinco proyectos. Cinco a la vez. Cada día se encarga de uno diferente. Se levanta por la mañana. Toma café. Da algunas vueltas. Procrastina. Se sienta. Dibuja un poco. Usa la computadora. Dibuja otro poco. Vuelve a tomar café. A veces habla en voz alta mientras escucha bandas sonoras de películas. Bandas sonoras que se repiten una y otra vez. Ese es su momento más difícil: el momento de comenzar. El momento de encontrar la idea. Luego se relaja.

Trabaja “al duro”, como le gusta decir. Hay días que trabaja desde la nueve de la mañana hasta las doce de la noche. Hay días que trabaja hasta las tres de la tarde. Y hay días donde sólo trabaja una hora. Algunos trabajos son descansos para él, como ilustrar y hacer carteles.

Como todos los nacidos en los ochenta Raupa vio muchos muñequitos: dibujos animados de los antiguos países socialistas. Aun así, lo que más veía de muchacho, lo que prefería, era Elpidio Valdés. Desde Elpidio Valdés hasta Ulises 31. Se compraba todos los cómics cubanos. Conocía todos los dibujantes e historietistas. No paraba. Leía una historieta detrás de la otra.

Vio mucho cine. No es bueno decirlo, quizá, pero su mamá lo dejaba ver algunas películas para adultos. Las películas de Historia del Cine. Ese tipo de películas. Lo dejaba verlas por la noche, sobre todo los viernes.

El cine de animación le gusta mucho. No tanto el cine de animación japonés. No es muy seguidor del manga. Es más seguidor del cine de animación europeo y norteamericano. Siempre apuesta, eso sí, por los referentes más experimentales.

Por eso, quizá, todavía dibuje, de vez en cuando, corazones, lágrimas y copas rotas.

Raupa, eres uno de los diseñadores gráficos más visibles en Cuba, ¿a qué crees que se deba esta visibilidad?

Es importante decir que desde que me gradué estoy trabajando durísimo. Me gradué en el año 2005. No he dejado de trabajar ni un día. Ni un día. Pienso que esa visibilidad tenga que ver mucho con el trabajo sostenido. Cuando era profesor siempre les decía a los estudiantes lo mismo: no se puede parar de trabajar. Es verdad que hay momentos de farandulear un rato; pero siempre tienes que trabajar. Lo importante es ser constante. Constante y consecuente. Dos características que admiro mucho en los diseñadores. Por ahí las cosas. Esa es la visibilidad.

Los socios me dicen que soy más visible porque trabajo sobre temas culturales. Es verdad. También es verdad que ahí hay menos dinero; pero eso no es lo importante. Lo importante es que me sienta entretenido. Casi siempre, donde las personas me pueden ver es en ese tipo de trabajo que tiene que ver mucho con la cultura de Cuba. He hecho otros trabajos, pero son menos visibles porque son más comerciales.

Acabas de recordar ese periodo en que fuiste profesor en el ISDi. Después de graduarte impartiste clases en el Instituto, ¿cómo recuerdas ese tiempo como docente?

Para mí fue vital dar clases en el Instituto. Pasé muchos dolores de cabeza en el ISDi porque es una carrera donde tienes que estar pegado todo el tiempo. Tienes que estudiar mucho. Trabajar mucho. Las asignaturas que me tocaron impartir fueron Ilustración y Cartel, cosa que disfruté muchísimo.

Como dije, trataba de explicarle a los estudiantes que todo el tiempo había que trabajar, había que estar interesado por conocer. Eso se ha perdido un poco. Hay que enseñarles a los estudiantes que el diseño no es tan estricto. El diseño tiene mucha libertad. Tiene muchos caminos emocionantes. Disfrutaba enseñar; pero también disfrutaba aprender de los estudiantes.

Raupa, sé que abandonaste los estudios de Electrónica para, luego de varios años, matricular en el ISDi. ¿Pudieras comentarme sobre las necesidades que te llevaron a estudiar diseño gráfico?

Para responderte esta pregunta nos tenemos que sentar con una caja de lager. Sólo así podría hablarte de to’ eso. Así es como pudiera contestarte esta pregunta. Ahora voy a tratar de ser lo más breve posible. Cuando terminé la secundaria, tuve el segundo escalafón. El primero, una muchacha inteligentísima, se fue para la Lenin, y yo cogí Electrónica. Fue lo que me tocó. Aquello fue… candela.

No tenía nada que ver con aquello. Nada que ver. Siempre estaba sentado con una libretica, dibujando. Siempre estaba dibujando. En aquellos momentos no conocía la carrera de Diseño. Ahora todo el mundo la conoce, es una carrera de moda.

Un día un amigo me invitó a visitarlo en el Instituto y me quedé tan emocionado, tan asombrado, que esa energía sirvió para que dejara el Técnico Medio a finales de primer año y entrara en un preuniversitario becado en Melena del Sur. Allí estuve tres años hasta que terminé con el promedio necesario y entré al Instituto.

Es importante que la gente trate de entender a dónde quiere llegar. Pero eso con quince o dieciséis años es muy difícil. Para mí era necesario entrar al ISDi. Hoy creo que no hubiera podido ser otra cosa que no fuera diseñador. Necesitaba el ISDi para sentar unas bases en mí como persona y profesional. Fue un camino duro; pero un camino que agradezco haber recorrido.

La multidimensionalidad es un rasgo que te ha definido. Quizá a partir de esa propia diversidad has alcanzado una muy identificable marca de estilo. ¿Cómo lo has logrado?

La multidimensionalidad… hacer una pila de cosas. Me gusta trabajar en proyectos diferentes todo el tiempo. Todo el tiempo estoy tratando de cambiar de actividad, ya sea haciendo un cartel ahora, otro mañana, y dentro de dos días un plegable, un logo, o un branding.

No hago sitios web. No me gusta hacer sitios web. Pienso que es un mundo súper lindo, pero no tengo suficiente organización en mi cabeza como para hacer uno. Trabajo con audiovisuales. Trabajo con sonidos. Cine. Televisión. Todo eso lo he aprendido en el camino. En el ISDi aprendí a hacer muchas cosas, pero luego he aprendido a hacer otras por mí. Metiéndome en un spot, en los créditos de una película, así es como se hace un diseñador todoterreno.

La especialización es buena. De hecho, el mundo se mueve hacia la especialización; pero la multidimensionalidad es buena también, más aquí en Cuba. Creo que un diseñador que se exija tratar de saber unas cuantas cosas es un mejor diseñador. Así pienso y así me he criado. Así me he preparado desde el 2005 que me gradué, haciendo muchas cosas.

¿Qué es lo que hay que hacer? ¿Un spot? Bueno, pues se hace. ¿Qué es lo que hay que hacer? ¿Editar un video clip? Pues se edita. ¿Qué es lo que hay que hacer? ¿Trabajar con música? Pues se hace también.

Un diseñador lo que no debe tener es miedo.

A veces me sale esa marca de estilo. Es algo que como diseñador no debería tener. Según los comunicadores más estrictos, “un mensaje tiene que ser transparente y debe llegar a las personas sin que se vea la sombra del diseñador”. En ese sentido, yo estoy de acuerdo siempre que sean mensajes específicos, como campañas o estrategias de comunicación.

Mi estilo sobresale porque trabajo en temas culturales donde tengo un poco más de “permisos” y de “libertades” a la hora de hacer una gráfica, un cartel, un storyboard. Un diseñador tiene rasgos de estilo porque le dan libertades. Con esas libertades me gusta mucho trabajar porque siento que estoy haciendo una obra que no sólo es de diseño, sino que también es plástica, audiovisual. Creo que por ahí va la cosa.

¿Te has impuesto ese estilo?

Yo no me he impuesto ese estilo. Ese estilo está ahí, en mi manera de dibujar. Dibujo desde que soy un niño. Ese estilo también viene dado por una mezcla muy grande de referentes. También está ligado a la texturización de mi infancia en esa Habana Vieja llena de bulla, de gente, de polvo y de hollín…

Naciste en la calle Empedrado, a dos cuadras de la Catedral…

Sí. Haber nacido en La Habana Vieja, cerca de la Catedral, es para mí algo muy grande. Por lo menos dos veces a la semana paso por ahí. Todavía mi madre vive ahí. Aunque la gente dice que La Habana Vieja es la bulla, la gritería, el hollín, el polvo, que cuando llueve es tremenda puercá’…, en fin, a mí La Habana Vieja siempre me ha gustado. En algún momento abriré una tiendecita de carteles en La Habana Vieja.

Todo ese imaginario de La Habana Vieja tiene mucho que ver con tu estilo…

Tiene mucho que ver con mi estilo, por momentos un poco barroco. Me he tratado de alejar de él, a veces. A veces me resisto a él. Y a veces lo suelto completamente para que no haya líos.

Recuerda que el diseñador toma decisiones que tienen relación con el trabajo y su resultado final. En mi caso siempre sale el estilo. Es un rasgo. Es una decisión. Ese estilo es el que tengo. No me lo he impuesto.

¿Disfrutas regodearte en ese estilo?

Claro que disfruto regodearme en ese estilo. Es el estilo con el que me siento más cómodo. Claro que me regodeo bastante. Disfruto dibujar un tipo de cara, un tipo de nariz, un tipo de mano. Elementos que cuando Nelson [Ponce] las ve dice: “sé que eres tú”. Si es en un cartel me regodeo mucho más. En el cartel sí quiero que salga el Raupa que llevo dentro.

¿Cómo pudieras narrarme tu recorrido como diseñador de manera muy breve?

Me gradué en 2005. Empecé a trabajar en el Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología de Cuba, después en el Museo Nacional de Bellas Artes. Todo eso para completar el servicio social. Aunque en Bellas Artes, una institución tan prestigiosa como esa, tuve que verter todo lo que sabía de diseño editorial, el reto duro y los momentos claves empezaron cuando empecé a trabajar con los diseñadores de Casa de las Américas. Hablo de Nelson Ponce y Pepe Menéndez.

Fue bastante difícil porque siempre me ponían retos. Yo tenía que hacer los spots de Casa de las Américas, un promedio de veinte al año. Era una gran cantidad de trabajo. Para cada spot venía una gráfica determinada por los monstruos que son Pepe Menéndez y Nelson Ponce. Para mí ese fue un momento clave. Un momento en el que me enfrenté a la visión de otros diseñadores.

Por otro lado, gracias a un gran amigo, Pedro Juan Abreu, diseñador hasta 2006 de la Muestra de Nuevos Realizadores del ICAIC, empecé a trabajar para ellos. Pedro Juan me dijo: “Raupa, qué bolá, yo no voy a hacer más la Muestra, ¿quieres encargarte de esto?”. Dije: “Sí, ok, Pedro. Deja ver cómo lo enfoco.”

Era la primera vez que me iba a encargar, solo, de una campaña. Este fue otro momento clave en mi recorrido: la Muestra de Nuevos Realizadores. Hice desde la 6ta hasta la 13ra edición de la Muestra. Las hice yo solo. Todo lo hacía solo hasta la 8va Muestra que el Mola hizo conmigo toda la campaña. En otra edición Osmany Gómez me ayudó.

El concepto general de la campaña lo hacía solo y casi todos los soportes. Era terrible porque tenía que ver con claridad muchas cosas. Ahí fue donde empecé a hacer spots súper de autor. Me daban la libertad para hacerlo. Me estresaba, pero aprendí muchísimo. Aprendí cómo funciona una campaña cultural.

En mi recorrido he tenido otros momentos claves. Por ejemplo, la campaña del Festival Internacional de Cine de La Habana que hago junto al grupo Nocturnal es súper divertido. He hecho muchos spots, primero para la televisión y hoy para las redes sociales. De cada trabajo he aprendido muchísimo.

¿Cómo y por qué decidiste concentrar gran parte de tu trabajo en la creación audiovisual, particularmente en la animación?

Decidí concentrar casi todo mi trabajo de creación en la parte audiovisual y en la animación porque, imagínate… hay trabajo para los diseñadores, pero no todo el tiempo hay trabajo para los diseñadores. Por eso ser multitask es bueno. Hacía los carteles, pero hacía falta alguien que hiciera los spots. Fue una cuenta que saqué rápido: necesitaba más trabajo, entonces, necesitaba hacer el spot.

Empecé a hacer spots en 2004, como parte de un ejercicio preprofesional en el ISDi. Al terminarlo dije: “sí, claro que sí, puedo seguir haciéndolo”. No soy el tipo que se sabe todas las tallas en After Effects y en otros programas de animación. Lo que sí sé es que debo hacer lo que me proponga. La naturaleza obliga. Necesitaba hacerlo. Primero porque me gusta, y luego por necesidad.

En la Muestra quise dirigir mi primer spot filmado. La gente me decía: “tú estás loco”. Lo hice con Roberto Ramos, creo que para la 10ma Muestra… o para la 9na, en fin, no recuerdo. Roberto Ramos estaba encargado del vestuario y era el modelo también. Parecía un samurái. Para ese spot contraté a personas con mi dinero. Cuando uno tiene una inquietud va por ahí pa’llá y la hace.

En un momento me empecé a molestar porque siempre me llamaban para hacer el spot, nunca la imagen, es decir, nunca el cartel. Eso me encabronaba un poco. Era terrible porque me decían: “a ver Raupa, para que hagas el spot de tal cosa”. Pero bueno, lo asumí. En el mundo del diseño uno se tiene que labrar un camino, sea por donde sea.

La animación me cuadra. El mundo de la animación siempre me ha atraído. Aunque hoy, debo decirlo, casi no quiero hacer más trabajos de animación. Es algo que te confieso de pronto. Ahora mismo tengo más deseos de trabajar en la ilustración, cartel, ese tipo de cosas.

¿Qué significa para ti formar parte del grupo Nocturnal, junto a Giselle Monzón, Michelle Millares, Nelson Ponce y Edel Rodríguez, Mola?

Significa mucho. Necesitábamos que ese grupo no fuera comercial. Que no fuera una cooperativa. Cada uno de nosotros cinco tenemos una carrera hecha, aun así, necesitábamos reunirnos porque siempre creímos que es más divertido hacer exposiciones colectivas. Nos divertimos más. Nos apoyamos más. Nos dividimos las tareas. Como grupo llegamos más lejos.

Aunque últimamente, cuando comenzamos a trabajar para el Festival de Cine de La Habana, trabajamos casi como una cooperativa. Pero ese no era el punto. Nocturnal se creó para reunirnos, dar muela, tomarnos algo, arreglar el mundo del diseño, como hacen todos los piquetes de diseñadores en el mundo entero. Aunque a veces no estemos todos en Cuba para hacer los proyectos, tratamos de poner el mismo nivel de interés, potencia y fuerza a la hora de hacer los trabajos. Por eso Nocturnal es tan importante para nosotros. Aunque todo el mundo esté fundí’o, la alegría en el trabajo, la alegría en los proyectos conjuntos es algo que nos mueve hacia adelante.

¿Crees que Nocturnal, en alguna medida, sea continuador del ya casi mítico grupo Camaleón?

En cierta medida Nocturnal es un continuador de Camaleón. Quizá un poco más serio, un poco más enfocado en las cosas que hace. Sin dudas, creo que la misma sensación que tenían los integrantes de Camaleón las tenemos hoy nosotros con Nocturnal.

¿Sabes por qué se llama Nocturnal?

¿Por qué?

Vaya, te voy a contar esto: se llama Nocturnal por el bar Nocturnal que está en Ayestarán y Perfecto Lacoste. Un bar que existe desde los ochenta. Quizá desde muchísimo antes. Es un bar bastante viejo. Un bar de esos de barra de madera donde la gente pedía una o dos líneas de ron. Ahí vivía una socia de nosotros, arriba. Cuando estábamos buscando el nombre aparecieron de todo tipo. Nosotros los diseñadores ponemos mil nombres. Al final estábamos tan fundí’os que fuimos a buscar unas cervezas allá abajo y vimos el cartel del Nocturnal. Ahí dijimos: “eso es lo que somos”. No unos alcohólicos, claro. Pero eso somos: personas que trabajamos mucho de noche y que de vez en cuando nos gusta tomarnos una cerveza. Seguiremos siendo Nocturnal porque nos gusta trabajar juntos, divertirnos, explicarles las cosas a los demás, y tomarnos unos lagers.

¿Hacia dónde crees que apunta la creación gráfica en Cuba?

En estos momentos, con las nuevas aperturas de cooperativas y negocios privados, hay más diseñadores trabajando. Aunque Cuba no sea un país súper industrializado, creo que empezar por esos pequeños negocios es un paso de avance. Hasta cierto punto, los diseñadores también desarrollan el país.

Raupa, ¿cuál es tu posición con respecto al diseño gráfico cubano?

Creo que a este país le hace falta enfocar el diseño. No se debe tener miedo a una idea por radical que sea. Un ejemplo de eso es algo que nos ha pasado con ese cartel del Festival de Cine de La Habana que ha despertado tanta polémica. La gente entiende. La gente no entiende. A la gente le gusta. A la gente no le gusta. Se ha formado un lío enorme; pero eso es lo bueno del diseño. El diseño debe ser así: debe sacarles sentimientos a las personas. Eso es lo que yo quiero con el diseño en Cuba.

A mí me encanta el trabajo de muchos diseñadores cubanos. Creo que todavía hay pocos, aunque el ISDi se está encargando de graduar a muchos que el día de mañana serán los letales. Como país nos falta bastante para establecer un diseño libre, diverso. Eso es lo que yo quiero. Esa es mi posición.

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