Chloé Zhao y Frances McDormand durante la filmación de ‘Nomadland’

Hace un año, cuando en una entrevista con Daniel Céspedes dije que “también en Hollywood existe un decreto 349”, algunos creyeron que se trataba de otra de mis exageraciones. El caso de la cineasta Chloé Zhao demuestra que no exageraba, y que tal vez me quedé corto.

La crítica no ha perdido tiempo en apuntar sus reflectores sobre este extraño personaje, y lo que salió a la luz no siempre fue del agrado de la susodicha.

Nacida en Pekín en 1982, e hija de un pincho de la industria estatal del acero, Chloé Zhao emigró a Londres a los quince años, estudió en internados para señoritas de la aristocracia china, completó su educación secundaria en Los Ángeles, y fue a estudiar cine a la Tisch School of the Arts de New York University, y ciencias políticas en Mount Holyoke College, de Massachusetts.

A los 29 años, se encontraba instalada en “la parte más hippie de Brooklyn”, según refiere Sandy Cohen en un artículo de 2018 para American Way Magazine. Allí oyó hablar de la alta incidencia de suicidios entre los jóvenes lakota, y decidió trasladarse a la Reserva India de Park Ridge, en Dakota del Sur, escenario de su primera película, Songs My Brothers Taught Me (2013). Desde entonces, ha pasado diez años dando rueda a lo largo y ancho de la geografía estadounidense.

Según Wenlei Ma, que la entrevistó por el estreno de Nomadland (2020) para el portal australiano news.com.au, Chloé ha vivido “una década en las ciudades de ambas costas de Estados Unidos y otra en el corazón rural del país”. La visión bipolar de una nación escindida en zonas urbanas costeras y una región agraria del centro, enmarcada en el estereotipo del choque de culturas, es un relato que la obra fílmica de Chloé Zhao pone en entredicho.

“Dejamos que las cosas que la sociedad nos dice que somos, las cosas superficiales, nos definan, y las usamos para definirnos los unos a los otros, en lugar de mirar realmente a los ojos de alguien y reconocerlo como un ser humano”, afirma Zhao. “Creo que hay un deseo de la gente de Nueva York, Los Ángeles, quizás de Massachusetts, de aprender y conocer a las personas con las que no estás necesariamente de acuerdo o que viven de manera diferente a ti”.

Sucedió que la señorita Zhao pensaba por sí misma y decía cosas inapropiadas. En 2013, conversando con Daniel Eagan de Filmmaker Magazine, Chloé Zhao hizo declaraciones que la catapultaron al centro del debate identitario. La crítica quería saber si era china o americana, y por qué se interesaba en asuntos de indios y vaqueros. “A menudo me preguntan: «¿Por qué estás haciendo esto?»”, contaba.

La respuesta ha sido, invariablemente, que su interés en la experiencia de los jóvenes lakota obedece a las mismas inquietudes que la llevaron a estudiar ciencias políticas. Le interesaba observar unas vidas que transcurren en un ambiente confinado, donde el suicidio está a la orden del día. De hecho, el tema de las reservas indias entroncaba con sus experiencias en la China comunista.

“Se remonta a la época en que era una adolescente en China, un lugar donde hay mentiras por todas partes”, contó Zhao al reportero de Filmmaker sin saber que, ocho años más tarde, esas declaraciones serían usadas en su contra. “Uno sentía que nunca iba a poder salir de allí. Mucha de la información que recibí cuando era joven no era cierta, y me volví muy rebelde contra mi familia y mi clase social. Fui a Inglaterra y, de repente, reaprendí mi propia historia. Estudiar ciencias políticas en una universidad de artes liberales fue la manera de enterarme de lo que es real”.

Hace unos meses, el diario Global Times se adelantó a aplaudir el Golden Globe de Chloé Zhao por Nomadland, calificándolo de “un orgullo patrio de China”. De inmediato, la Academia China de Ciencias Sociales pidió a la prensa “moderar el entusiasmo”. Entonces las ciberclarias exhumaron las declaraciones comprometedoras de Zhao: ¿de modo que la patria era “un lugar donde hay mentiras por todas partes”? ¿Había dicho a news.com.au que “este es mi país, en última instancia”, refiriéndose a Estados Unidos, o que “este no es mi país, en última instancia”, como aparece en la versión corregida, acompañada de aclaración editorial?

De acuerdo a un reporte de The New York Times, “la cita en la que la señora Zhao dijo que había «mentiras en todas partes» en China apareció por primera vez en 2013, en un artículo de la revista Filmmaker, con sede en Nueva York. Todavía en octubre podía consultarse, según las versiones archivadas de la página web. Pero a mediados de febrero, se eliminó la cita y se agregó una nota que decía que el artículo había sido «editado y condensado después de la publicación». La cita no está en la última versión del artículo, aunque aparece en otra parte del sitio web de la revista”.

Las reporteras chinoamericanas Amy Quin y Amy Chang Chien, de The New York Times, calificaron de “nacionalistas” y “little pinkies” a las ciberclarias de la prensa oficialista china. Para las corresponsales, China tiene su manera particular de entender lo político y sus propias valoraciones artísticas: de un lado están los “nacionalistas” y los “rosaditos”, del otro, gente como Zhao y Ai Weiwei.

Poco importa que el mismo tipo de “nacionalismo” sea tachado de “fascismo” en otros contextos, o que la historia maoísta china incluya un holocausto de 35 millones. El despotismo chino es degradado, en las páginas de The New York Times, a un simple caso de “nacionalismo rosa”, porque la alternativa sería llamarlo “terror comunista”, algo que acarrea serias consecuencias en la historia local de Hollywood.

Declarar que China es un lugar de “muchas mentiras” era ir demasiado lejos, por lo que Filmmaker se arrogó el derecho de “editar y condensar” las declaraciones de la cineasta. El nuevo modo de “vigilar y castigar” es “cortar-y-pegar”, y hasta la acepción de las palabras es controlada por las corporaciones. En cada redacción existe hoy un departamento de parametración.

Chloé Zhao descubrió en los libros de historia lo que no le habían enseñado en su país de origen, pero en los Estados Unidos aprendió que para no contrariar a las multinacionales del entretenimiento debía hacerse pasar por china y renegar de su patria adoptiva. Con tal de complacer a los socios de su padre, los camaradas de Netflix eran capaces de tirarla bajo las mismas ruedas que molieron a Chaplin en Tiempos modernos, o devolverla en efigie al lugar de donde escapó.

*  *  *

En el área no incorporada de Empire, en el estado de Nevada, la United States Gypsun Corporation produjo paneles de estuco durante 88 años. Cuando la demanda menguó, la fábrica se declaró en bancarrota, convirtiéndose en un dinosaurio de yeso en medio del desierto.

La película Nomadland, abre con esta sucinta noticia: “En agosto de 2011, el último habitante de Empire abandonó el pueblo. El código postal 89405 dejó de existir”. Hoy el lugar es una locación fílmica y una atracción turística.

Entretanto, el Centro de Salud Medioambiental, con sede en Arkansas, expedía el siguiente reporte: “Las pruebas de toxicología de las planchas de estuco producidas por la compañía china Knauf Plasterboard Tianjin Ltd., reveló que emitían niveles notables de compuestos que contienen azufre de origen natural”.

Otros productos manufacturados en China presentaban el mismo tufo a huevo podrido. Al notar que las joyas de su esposa comenzaron a ponerse prietas, un capitán de bomberos de Chalmette, Louisiana, reportó, por la época en que cerraba la United States Gypsun de Nevada, que “al colocar dos dólares de plata en los conductos de aire de la planta alta, notamos, en un par de semanas, que ya no eran plateados sino de un tono parduzco”.

Los defensores de los derechos del consumidor le prestaron poca atención al asunto, y la noticia pasó por los titulares sin hacer demasiado ruido. El caso de las planchas de estuco producidas en China con desechos tóxicos fue un desastre menor en la época de la gran debacle inmobiliaria.

Una de las que se queda sin casa, sin empleo y sin rumbo, es Fern (Frances McDormand), la protagonista de Nomadland, la película con la que el género del road movie entra en un callejón sin salida.

Llegado el momento de decirle adiós a Empire, Fern recoge sus cheles y los mete en uno de los tantos depósitos de almacenaje que puntean la geografía americana. Lo que le queda es una vieja furgoneta habilitada para la vida nómada, una vajilla, unas fotos, y el atroz sentido del deber que caracteriza a la raza americana.

Entendemos que su caso particular tiene algo de general, tal vez de universal, y que constituye una advertencia a la nación: lo que le sucedió a Fern nos pasará a todos. Vagar de pueblo en pueblo, ser extranjeros en nuestra propia tierra, orinar en la planicie y hacer caca en un cubo. A la expansión desorbitada de los Estados Unidos corresponde una ineluctable, acaso aconsejable, deflación. Es decir: una conclusión.

China se cierne sobre Occidente como el planeta Melancholia de la película homónima de Lars von Trier. Los cierres de fábricas y las apariciones de megadepósitos de distribución de Amazon responden a la misma monstruosa fuerza gravitatoria. La irrupción en Hollywood de una luminaria llamada Chloé Zhao tal vez sea otro efecto chino.

Rodando a la bartola en busca de empleos estacionales, recorremos con Fern las mesetas del desierto alto, los campamentos de casas rodantes y las comunidades de perroflautas que creen haber dejado atrás la civilización, sólo para volver a topársela en una gasolinera y un puesto de rosquillas.

Los personajes de Nomadland (Swanki, Linda May, Bob Wells), como los de Songs My Brothers Thaught Me, son seres reales, porque Chloé y su novio, el gran cinematógrafo Joshua James Richards, están interesados en investigar eso que hoy llamamos reality. En la bifurcación de reality y realidad convergen los intereses estéticos de la extraordinaria pareja Zhao Richards.

Fern ha perdido algo más que un empleo y un domicilio: toda una civilización parece haberse desintegrado en torno suyo. Ya habíamos visto, en Songs My Brothers Thaught Me, el detrito de los pueblos ancestrales que alguna vez dominaron estos grandiosos paisajes. El problema del nomadismo no se limita a los mexicanos braceros, los haitianos pateros o los cubanos balseros, sino que afecta a todo el Sistema del mundo.

Por eso, una vez que ha salido al camino, a Fern le resulta difícil volver a asentarse, aunque las oportunidades de hacerlo no falten, ya sea una hermana distanciada que se brinda a acogerla, o la familia de un compañero de viaje que se transa por la normalidad a cambio de un poco de cariño, algo que Fern parece estar imposibilitada de dar: todo lo que le queda es la dicha de sobrevivir.

Si el futuro pertenece por entero al nomadismo, Nomadland admite lecturas diversas de lo que podría ser un pueblo fantasma. Entre ellas, la del imperio en desbandada, la del país que huye de sí mismo. También una meditación sobre el destino y el sentido de China, de esa nación entendida como universo inflacionario.

Si Chloé Zhao logró enterarse por fin de “lo que es real” acerca su propio país, es porque debe haberlo visto como una infinita colección de barrios chinos desparramados por el globo: Nomadland como Chinatown. Un imperio que cogió camino, sabe dios hace cuánto tiempo, y que fue a recalar a Londres, La Habana, Los Ángeles, Mexicali y Melbourne. La nación fantasma que parió a Wifredo Lam y a Terence Tao, el Yang-Mills, el Chow Mein y el Tik Tok. La productora de todas las chinerías del mundo, cuyo nombre aparece inscrito en todas las cosas habidas y por haber.

Al abandonar el hogar y buscar refugio en el hiperalmacén de Amazon, Fern escapa de Empire pero no de China. Por mucho que corra, tampoco Chloé escapará. Netflix y Hulu la devolverán al corral, el rodeo y la reservación ideológica. Ai Weiwei será un disidente del PCCh, pero no de Sundance. China es la Melancholia omnipresente y todopoderosa.

El código postal del lugar llamado China es pi, un infinito. La palabra “China” significa “centro del mundo”, una región que debió quedar vacante alrededor de 1948, en tiempos de la gran Revolución comunista. Luego vendría la Revolución Cultural de 1966-1976, que liquidó a su genius loci y exterminó violines, gatos, partituras, universidades, gorriones y dos millones de almas.

Sin haberse recuperado del holocausto, China devino el Detroit pantocrátor, la nueva necrópolis de las factorías americanas, un Macondo con trenes bala, cielos envenenados y ríos putrefactos. El pueblo fantasma del Oriente convertido en un parque temático socialista diseñado por Rem Koolhaas, Zaha Hadid y Herzog & de Meuron. Ya los chinos clavan estacas en territorios colindantes y reclaman nuevos centros del mundo.

¿Qué nos puede ofrecer el viejo nuevo imperio? ¿Qué nos ha dado, aparte de la manufactura fractal de variaciones baratas, un vacío de valores, un exceso de todo y una fiebre del oro? ¿Un virus que escapa y se vuelve trashumante ciudadano del mundo? ¿Una toxicología aerotransportada y una Gestalt del terror virtual? ¿Ha producido China una cultura moderna o sólo una imitación inflable, el Renacimiento mikimáus?

El apetito chino por lo japonés, por lo europeo, por todo lo Supreme, por la reelaboración de la existencia misma, ¿no es capricho de nómadas? Nixon, Kissinger, Halston, Wozniak y los teóricos libertinos franceses que abrazaron el maoísmo nos trajeron a este punto, a esta dictadura de consumidores caníbales. Nomadland, de Chloé Zhao, aparece al final de esa larga cadena de relaciones.

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