Ilustración ‘Manual de béisbol’, Sancti Spíritus, 1893

Presentación

El 18 de septiembre pasado recibí el siguiente correo de un Jason Mishelow, residente en Wisconsin: “Profesor, he tenido la suerte de conseguir lo que yo creo sea el ejemplar de autor de un Manual de Base Ball Para Uso de Los Principiantes por Juan Canizares Gomez [sic]. La única mención de este libro que he encontrado es en su libro The Pride of Havana. Me pregunto si Ud. tiene alguna información adicional. El ejemplar parece haber sido conservado en la familia y fue encuadernado por Josefina Jacobs Canizares [sic], que parece haber sido reportera y poeta. Cualquier información suplementaria sobre ella sería muy apreciada”. La verdad es que no me acordaba de Cañizares, ni de haberlo mencionado en The Pride; pero, en efecto, en la página 93 le dedico un párrafo. Allí digo que este había traído la pelota a Sancti Spíritus en 1888, juego que había aprendido en los Estados Unidos, a donde había sido deportado con su padre por el gobierno español a principios de la Guerra del 68. Añado que llegó a jugar en el Fe, de la Liga Cubana, y que el 29 de enero de 1888, dos equipos, Libertad y Yayabo, jugaron el primer partido celebrado en Sancti Spíritus, y en efecto, menciono el Manual de béisbol para uso principiantes, de 1893. No recuerdo dónde obtuve la información, supongo que del libro de Wenceslao Gálvez El base-ball en Cuba (1889), que no tengo a mi alcance porque mi colección completa de pelota cubana se encuentra ahora en la Howard-Tilton Memorial Library, de Tulane University, en la Nueva Orleans. No he visto mención ninguna de Josefina Jacobs Cañizares.

Enseguida le contesté a Jason diciéndole que me interesaba ver el documento y pidiéndole una copia del mismo. Me mandó una, hecha a base de fotografías tomadas con su celular, que no era muy buena, pero descifrable. La leí con lupa y enseguida me di cuenta del valor del Manual para conocer mejor la historia de la pelota en Cuba en el siglo XIX. Le pedí entonces que hiciera, de ser posible, un scan del documento para poder leerlo más fácilmente y hacer una copia facsimilar para su publicación. Me dijo que no tenía cómo hacerlo, pero que estaba dispuesto a mandarme el original para que yo mismo lo hiciera. Confiando en FedEx y la buena suerte le pedí que me lo mandara, lo cual hizo. Gran emoción me dio tener en mis manos ese testimonio material de nuestra historia; frágil, quebradizo, pero real y tangible, un contacto auténtico con el pasado. Lo llevé a Docuprint, en New Haven, donde siempre me hacen copias, y se lo entregué a Antonio Colasanto, el dueño, encareciéndole el valor y rareza del panfleto, de lo cual se dio cuenta enseguida. A los pocos días me lo devolvió y me mandó por correo la copia escaneada en colores que aquí reproduzco. FedEx me sirvió de nuevo para devolverle aquella joya a su dueño, con mi más sincero agradecimiento.

No pude menos que interesarme por quién era Jason Mishelow. He aquí lo que me ha dicho. Es de profesión abogado, habiendo hecho sus estudios en la Universidad de Georgetown. Es actualmente comisionado asistente del juzgado de asuntos familiares del condado de Milwaukee, donde preside sobre casos relativos a la custodia de menores, la distribución de bienes, y los decretos de protección. Antes de ese puesto había sido el abogado de una agencia llamada Centro Legal de Derechos Humanos, localizada en el sureste de Milwaukee, que es donde reside la mayor parte de la población hispana. Aunque fungió por quince años no aprendió el español. Casado con una música y maestra, es padre de dos hijos. En su tiempo libre es coleccionista de objetos relacionados con la historia del béisbol, que adquiere sobre todo en eBay. Durante veinte años ha atesorado materiales de las Ligas Independientes de Color y la pelota latinoamericana; le atraían esos temas porque allí se cruzaban el béisbol y la justicia social.

De la pelota cubana posee más de cien documentos, me dice, que se remontan a 1886 y llegan a los años cuarenta del siglo pasado. Se concentra actualmente en los Long Branch Cubans, equipo de New Jersey en el que jugaron no pocos cubanos blancos con ambición de llegar a las Mayores en la década de 1910, entre ellos Adolfo Luque. Sobre ese equipo Jason aspira a escribir un libro. (ver The Pride, pp. 140-141). En la actualidad se siente feliz porque acaba de conseguir la segunda edición del rarísimo libro de Raúl Diez Muro sobre la pelota en Cuba. ¿Qué otros tesoros tendrá Jason? No ha hecho lista de sus posesiones.

‘Manual de béisbol’, Sancti Spíritus, 1893

Empezando por el título, Manual de base-ball para uso de los principiantes, conteniendo las reglas prácticas y generales del juego, modo de medir y marcar el terreno, explicación de los términos más usuales, pronunciación de los mismos, etc. etc…, vemos que se trata, en efecto, de instrucciones para llevar a cabo el juego a partir de un terreno liso y podado, y la disponibilidad de unos veinte jóvenes atletas. No se presupone conocimiento alguno; se parte de cero. El autor es “Un aficionado”, el lugar es la ciudad de Sancti Spíritus, la imprenta local es La Propaganda, y la fecha, 1893. Lo de “principiantes” sugiere que habrá otros que sabían algo del béisbol, pero las explicaciones sobre cómo balizar el terreno sugiere que no se conocen campos de pelota en la zona que podrían copiarse.

La ciudad y fecha son mucho más elocuentes. Guiándonos por el estupendo libro de Félix Julio Alfonso López, El juego galante: béisbol y sociedad en La Habana (1864-1895), con prólogo del autor de estas líneas, publicado en La Habana, Ediciones Boloña, 2016, podemos deducir lo siguiente. La pelota llegó a Cuba por La Habana y Matanzas, es decir, la parte occidental de la Isla, donde alcanzó muy pronto gran popularidad. Es una zona de gran actividad azucarera y próxima a los Estados Unidos, país con quien se tenía un intenso comercio de toda índole. Especialmente al este de Matanzas, en la antigua provincia de Las Villas, en pueblos como Sagua la Grande y Sancti Spíritus hubo brotes, pero muy pocos en la región oriental. Esto se debió a que la Guerra de los Diez Años (1868-1878) causó grandes estragos en lo que fueron las provincias de Camagüey y Oriente, y los sufrirían otra vez en la Guerra del 95.

1893 es un año significativo. Para esa fecha ya hacía tres décadas que el deporte se practicaba en La Habana y Matanzas, existía una Liga Cubana, ya esencialmente profesional y tal vez cientos de clubes amateurs independientes. Había, además, no pocos establecimientos comerciales que vendían los adminículos necesarios para el juego, desde bates, pelotas, petos hasta uniformes y gorras, la mayoría de marcas norteamericanas como la Spalding. (Esta fábrica de pelotas nos dio, mal pronunciada “poli”, que es como le decíamos a la pelota dura en mi niñez, no a las de confección improvisada). Lo otro es que la afición por el béisbol e influencia norteamericana era común entre los jugadores y seguidores del deporte, lo cual los hacía o autonomistas o independentistas, por ello vistos mal por las autoridades españolas. ¿Será por eso que el autor del Manual se firma “Un aficionado” y no da su nombre? Que en una ciudad como Sancti Spíritus, a unos 380 kilómetros al sureste de La Habana, apareciera este Manual y sobre todo si, en efecto, en 1888 jugaron dos equipos, uno de los cuales se llamaba Libertad, refleja esta tendencia. La expansión del deporte hacia el este de cierta manera anuncia la Guerra de Independencia, que iba a empezar en 1895, como siempre en Oriente, lo más lejos posible de La Habana, centro del poder colonial.

En “Dos palabras”, texto que sirve de prólogo, el autor declara la popularidad del béisbol en las ciudades importantes, donde no faltan clubes y “millares” de fanáticos, y se muestra entusiasta por tres características del deporte que también se proclamaban en La Habana: el beneficio físico de los jugadores, en un “clima enervante” como el de Cuba (esto refleja un debate en el que participó nada menos que Carlos Finlay); el beneficio moral para los practicantes que tienen que atenerse a reglas establecidas; y el entretenimiento que el espectáculo deportivo les brinda a las mujeres, que asisten al pasatiempo. Explica, además, que va a suministrar la terminología del juego tal y como se conoce en inglés, sin atreverse a traducirla al castellano, aunque podría. Declara, además, la existencia de una Guía Oficial de la Liga, que cree todos los clubes deben poseer –esta, por cierto, se había publicado en 1889 en la capital–. En cuanto al beneficio moral, el prologuista se refiere al béisbol como un juego “culto”, algo que se repite en las publicaciones de la época, a juzgar por El juego galante. Esto quería decir que los jugadores debían ser caballeros (gentlemen), muchos educados en los Estados Unidos, y que el deporte era lo opuesto de la fiesta bárbara de las corridas de toros, favorecidas por los españoles en la isla y los partidarios del gobierno colonial.

Antes del “Vocabulario de los términos del juego” aparece una ilustración cuyo artista no se identifica; se menciona además un croquis que no aparece en el ejemplar de Mishelow con que contamos. La disposición del terreno y de los jugadores es consecuente con los actuales, pero se observan algunos detalles distintos. Uno es la posición del árbitro, sentado a buena distancia del juego y bajo una sombrilla; da la impresión de estar demasiado lejos para cantar las bolas y los strikes, y es notorio que hubo muchas disputas en La Habana y Matanzas por las decisiones del umpire. Otra es que los jugadores no tienen guantes, y el receptor o cátcher no tiene ni peto, ni careta ni mascota. La frecuencia de lesiones se registra en las publicaciones de la época, muchas en La Habana, donde, como he hecho notar en The Pride, se combinan el deporte y la literatura. Algunos médicos ofrecen opiniones sobre el asunto. El lanzador, por cierto, parece estar a punto de tirar la bola por debajo del brazo. Hubo titubeos sobre si lanzar por arriba o por debajo el brazo en los inicios del béisbol en los Estados Unidos, imponiéndose el primero a la larga (aunque todavía se encuentran lanzadores que lo hacen por debajo). Hay, en lo profundo del terreno, una especie de muy concurrida glorieta, pero en un lugar muy apartado del centro de juego, donde obran el lanzador, el receptor, y jugadores de las bases. En todo caso, por las banderas se ve que es un día de viento y que todos parecen estar divirtiéndose.

El “vocabulario” suministra los términos en inglés, su pronunciación fonética, y su significado en castellano. No ofrece mayor interés, excepto en la palabra “ten”, que se traduce “diez o una decena de jugadores”. El Manual aparece cuando ya se ha generalizado la práctica de que cada equipo tenga nueve jugadores, y que se le llame una novena, pero todavía persiste en algunos lugares la práctica de jugar con diez; el décimo se colocaba detrás del jugador de segunda base, una especie de short-right, como todavía persiste en el softball. Un equipo improvisado, o aun un juego cualquiera, se llamaba un “picked ten”, o sea una decena escogida o seleccionada. En la página 14 del Manual se explica lo del número de jugadores. Ten a veces se confunde con team en la época. El diez nos dio en Cuba, por lo menos en mi niñez y juventud, la palabra pitén para un juego en que un grupo de muchachos se dividía en dos bandos para improvisar un juego. Esto ya lo expliqué en The Pride junto con lo de “poli” y josear, del inglés “to hustle”, “echar p’alante” o hacer algo con agresividad. No sé por qué se incluye “five balls”, cinco bolas, cuando son cuatro las que le permiten al bateador ir a primera, lo cual se repite más adelante. Creo recordar que en los inicios del juego en Estados Unidos hubo vacilaciones sobre esta regla, que terminó siendo cuatro.

En cuanto al terreno, hay pocas diferencias con el de hoy. La principal es la distancia del lanzador al home, algo en que hubo indecisiones hasta definirse en 60 pies y seis pulgadas de la pieza de goma rectangular donde se apoya el lanzador (la “gomita” le decimos los cubanos) hasta el home. En el Manual lo que se llamaba entonces en inglés el “box” –sitio del lanzador– estaba a 50 pies con 5 más hasta el fondo; era un rectángulo. Todavía hoy se le dice en inglés “box”, aunque el área del lanzador es en realidad redonda. La creciente velocidad de los lanzamientos forzó a que se alejara a los 60 y medio de ahora. Otra peculiaridad consiste en las “líneas del capitán”, que no son más que un espacio para lo que hoy llamamos el coach de tercera y el de primera, desde donde se podía dirigir a los corredores en las bases. También hay una línea que separa al árbitro de la acción, que sólo se puede cruzar para hacer protestas sobre sus decisiones. Todo lo demás es más o menos igual a como se baliza un terreno de pelota hoy.

Los aparejos del juego no han cambiado mucho, excepto que en el Manual sólo se mencionan el bate y la pelota. Por eso, en parte, se popularizó el juego, que se podía practicar con una pelota de fabricación casera y cualquier palo, sin incurrir en muchos gastos. Se recomiendan pelotas hechas en Estados Unidos; como ya dije, las Spalding estaban a la venta en Cuba (había otras marcas), no sé si en Sancti Spíritus. Se especifica que la bola debía estar “forrada de badana blanco [sic] ó roja, su peso ser de 5 a 5 1/4 onzas y la circunferencia de 9 a 9 1/4 pulgadas”. El peso y medida son iguales a los de hoy, pero lo del color del forro, blanco o rojo, es raro, a no ser que el rojo, como hoy, sea el hilo con que se cose la piel, de caballo entonces, y hoy de vaca. Pero llama la atención que no se mencionen guantes ni petos o caretas para el receptor (las rodilleras vinieron mucho más tarde en el siglo XX). Tampoco se hace mención de zapatos especiales, los hoy llamados spikes, necesarios para poder correr en redondo alrededor del diamante, que se vendían en la capital (en un anuncio en las últimas páginas del Manual una zapatería –en Cuba les decimos “peleterías”– proclama que “Para los de base-ball se construyen zapatos propios para el juego, modelo del Sr. Capitán del ten Alerta”. Suponemos que tenían púas, pero no se dice.

En lo que sigue, referente a las reglas y prácticas del béisbol, nunca sabremos si el Aficionado traduce de alguna publicación norteamericana –con todos esos años en el Norte, se ve que sabía el inglés bien–, o si se las agenció para describirlas tal y como él las sabía. Las reglas y normas del deporte son muy arbitrarias, no como las de los deportes que yo llamo “de un lado para otro”, o “de aquí para allá”, como el fútbol, el baloncesto, el rugby, etc. Son juegos en que la metáfora de la guerra es palmaria: ocupo tu territorio, que tú defiendes, para anotar un gol, un tanto, un punto o lo que sea. Si se lleva a un marciano acabado de bajar de su nave a un juego de fútbol al poco entiende de qué se trata el juego. Pero los que hemos ido a partidos de pelota con un chileno o un argentino sabemos que es muy difícil, casi imposible, explicarles lo que sucede en el terreno. Por eso escribir unas reglas del béisbol, en Sancti Spíritus, en 1893, a partir de la ausencia de conocimientos previos fue una tarea difícil. El lector descubrirá torpezas dado el forcejeo necesario para explicar un “fuera forzado”, por ejemplo. ¿Cómo se lo aclaro a mi amigo ecuatoriano sentado al lado mío en el juego?

Hay reglas y prácticas que para un aficionado actual se hacen extrañas. Por ejemplo, que el capitán, el que hoy llamaríamos el manager, decide quién batea primero para dar comienzo al juego, y que, de ser los dos equipos de la misma localidad, se tira al azar quién lo hace (p. 14). Otra, que debe ser una errata, es que, después de definir “fair ball” como la pelota “que lanzada por el Pitcher dentro de su posición y mirando al Batsman, pasa por sobre el Home base á una altura no menor de la rodilla ni mayor del hombro de aquel” (p. 16), lo cual para nosotros es un strike excepto que la altura superior hoy es el pecho, no el hombro, se asevera en la entrada siguiente “Un fair ball es aquella pelota que lanzada por el Pitcher no reúna las condiciones que cita el párrafo anterior” (p. 16). Debe referirse a una bola mala, a ball, porque el párrafo anterior describe, como vimos, un strike. Tal vez quiso decir “foul ball”, lo cual tampoco tiene sentido. Luego, cuando en la página 19 leemos que “Ningún corredor podrá ser sustituido por otro”, suponemos que se refiere a un corredor emergente sacado del line up del equipo al bate. Ya he mencionado lo de las cinco bolas malas. Pero hay ambigüedad con respecto a la posición del cátcher cuyas “obligaciones son: recibir las pelotas que tira el Pitcher, estando ya algo retirado del Home base, o ya al pie de ella cuando ya hay corredor en base o tuviese dos strikes el Batsman” (p. 13). No entiendo cómo el cátcher puede estar a pie de home o por qué cuando el bateador tiene dos strikes.

Ya mencioné uno de los anuncios de patrocinadores en el Manual. Salta a la vista de esta publicidad lo próspero que era Sancti Spíritus en esa época –el período entre guerras fue próspero y la zona espirituana mucho por la boyante industria azucarera–. Se ve que hay negocios que importan mercancías, inclusive libros, pero sobre todo ropas, máquinas de coser (Singer, por supuesto, pero también una llamada Advance), y que sus dueños forman parte de la clase “culta” que asistía a los juegos. Resulta evidente también que el Aficionado estaba muy al tanto de la pelota que se jugaba en la capital.

Es algo muy afortunado que haya llegado hasta nosotros una muestra de las prácticas culturales de esos grupos por medio de este documento que ellos hicieron posible.


Manual de base-ball para uso de los principiantes (Sancti Spíritus, 1893)


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ROBERTO GONZÁLEZ ECHEVARRÍA
Roberto González Echevarría (Sagua la Grande, Cuba, 1943). Investigador y ensayista. Es miembro de la Academia Estadounidense de las Artes y las Ciencias y Sterling Professor de literatura hispanoamericana y comparada en la Universidad de Yale. Impartió cátedra en Cornell (1971-77), donde fue uno de los primeros editores de la revista Diacritics. Ha dado conferencias en Estados Unidos, Canadá, Hispanoamérica y Europa, y fue el primer hispanista en dirigir un seminario en la School for Criticism and Theory. Entre sus libros destacan Myth and Archive: A Theory of Latin American Narrative (Cambridge, 1990), Alejo Carpentier: The Pilgrim at Home (1977), Isla a su vuelo fugitiva: ensayos críticos sobre literatura hispanoamericana (1983), La ruta de Severo Sarduy (1986), entre otros. En 2004 la revista Encuentro de la Cultura Cubana (Madrid), n. 33, le hizo un homenaje. En marzo del 2011, el presidente Barack Obama le otorgó, en la Casa Blanca, la Medalla Nacional de Humanidades. Ha recibido becas de la Guggenheim Foundation, la National Endowment for the Humanities, el Social Science Research Council y la Fundación Rockefeller, entre otras. Su trabajo ha sido publicado en español, inglés, francés, alemán, portugués, polaco, italiano, persa y chino. Ver más de RGE aquí.
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