LA HABANA, Cuba.- “Yo no me meto en política”, me dijo una vez, incómodo, un vecino, tratando de eludir una conversación embarazosa sobre la manera tan miserable en que ha malgastado su vida bajo la bota de los Castros. Como tantos millares de cubanos, mi vecino vio esfumarse sus mejores años en trabajos voluntarios, en guardias del CDR, en zafras inútiles. Primero él, y después sus hijos, se despellejaron los dedos guataqueando surcos y escardando malas hierbas en la escuela al campo; de haberse negado, la dictadura les habría tronchado sus estudios. Como a tantos millares de cubanos, a mi vecino casi nunca le alcanzó el sueldo. Tuvo que hacer malabares para poner comida en la mesa, para procurarse el vestido, para proveer para su familia.
Y ni hablar de pasear o divertirse. Mi vecino nunca supo de vacaciones en Cancún o Punta Cana, mucho menos conoció París o Roma. Nada de hoteles, aviones ni cruceros. Ni siquiera pudo hacer turismo nacional a voluntad. Algo de playa o campismo en el verano, algún cine de vez en cuando y pocas veces comer fuera, pero de esos tiempos ya quién se acuerda. Los juguetes de sus hijos fueron el “básico”, el “no básico” y el “dirigido”. Como tantos millares de cubanos que “no se meten en política”, mi vecino dejó que otros decidieran su destino.
Y es que la política, lo queramos o no, es parte de nuestra existencia, de la cotidianeidad de todo ser humano. Y al desentendernos de ella, al anular nuestras opiniones, estamos dando carta blanca a otros para que tomen las riendas de nuestras vidas, de nuestro futuro. Y créeme, vecino mío, con casi total seguridad esos otros resultarán individuos inescrupulosos que no regirán sus acciones con base en nuestro bienestar, sino persiguiendo su propio provecho y satisfaciendo sus intereses personales. Así pues, tendencias aparte, el ciudadano libre, o el que aspira a ser libre en un futuro cercano, hace bien en tener (y sostener) un criterio informado sobre lo que acontece en el contexto sociopolítico tanto internacional como doméstico, máxime si se trata de una dictadura totalitaria como es la castrista.
Valga aclarar que mi vecino no nació abominando de la política. “Aprendió” a distanciarse de ella cuando vio fusilar a quienes se oponían abiertamente al régimen, o siquiera osaban disentir en lo más mínimo. Esa aversión se consolidó al constatar cómo las represalias de los Castros no se limitaban a los disidentes, sino que se extendían a sus familiares y amigos. No son pocos los cubanos que por expresar sus opiniones han acabado en una mazmorra sin posibilidad de defensa, pues poco o nada puede hacer un abogado contra una sentencia ya pactada de antemano por el juez y el verdugo, que son uno y lo mismo. Así fue creciendo el miedo a la vigilancia de los CDR, al acoso de la Seguridad del Estado, a ser expulsados del trabajo, a que a los hijos no se les permitiera ingresar en la universidad. Miedo a quedar atrapados en una isla prisión, sin esperanzas para el futuro.
Durante décadas, “no meterse en política” fue también la postura de decenas de cubanos perseguidos por sus creencias religiosas, por su orientación sexual, por sus actividades económicas al margen del Estado y por otros motivos igualmente arbitrarios, pues de esos no faltan en la mayor de las Antillas. De esa manera creían ingenuamente pasar desapercibidos para el régimen, mientras en la práctica lo estaban perpetuando.
Afortunadamente, los cubanos como mi vecino ya comenzaron a sacudirse la apatía y la mansedumbre. Finalmente han comprendido que no pueden seguir indiferentes a sus necesidades básicas, a la carestía de la vida, al peligro de estar expuestos a los robos y los asaltos, a las montañas de basura en pueblos y ciudades, a la falta de alimentos, de medicamentos, de atención de salud, a la falta de agua, de electricidad, de transporte. A la falta de tolerancia, de democracia y de libertades. Han comprendido que no podemos apoyar, ni por comisión ni por omisión, a un régimen que nos ha degradado a existir en la más brutal miseria. Han comprendido que no se puede vivir al margen de los acontecimientos. Que nuestra situación actual es el resultado de un mal gobierno, y que poner fin a un mal gobierno, así como elegir uno competente, es responsabilidad de todos los ciudadanos.
Hace poco, agobiados por más de veinte horas sin corriente y después de varios días sin agua, los hijos de mi vecino salieron a la calle a exigir sus derechos. Mi vecino fue también.









