Protestas del 11 de julio de 2021 en La Habana.
Protestas del 11 de julio de 2021 en La Habana. FACEBOOK / Marcos Evora

“Hemos perdido el sueño” es una frase que retomo en su sentido literal. Hemos perdido el sueño, encerrados en las luces de las pantallas, con “un temblor en el cuerpo y en el corazón” que no nos deja vivir, como escribió Julio Antonio Fernández, pocos días después de que repicaran las calles en Cuba bajo el estruendo de cuerpos, gritos, deseos y todos los golpes que llegaron con ello. He escrito estas reflexiones a propósito de los acontecimientos que atraviesan nuestras vidas, la de muchas personas que nacimos en la isla y de otras también afectadas por lo que allí sucede.[1] Inevitablemente, también escribo a partir de reconocer, desde mi propia experiencia, que la rabia ha sido un carburante que alimenta el pensamiento –le debemos esta idea a Bauman–; y a partir del silencio elocuente y performativo de buena parte de intelectuales y artistas de la llamada izquierda que, en nombre de un mito al que no pueden renunciar –como muchos han dicho–, se posicionan no por la vida, como habíamos creído que hacían, sino por la represión, la falsificación y el monolítico discurso ideológico. He pensado mucho en los afectos, en el modo en que viajan, se transforman o enmascaran. Me inquietan las permutaciones entre ideologías y afectos, entre performatividad y silencio, entre discurso y pensamiento, entre estrategias neocoloniales y la supervivencia de pensamientos en los que se sostiene una mirada decolonial.

En un texto reciente Rafael Rojas dijo que “la realidad cubana está sobredeterminada por el diferendo con Estados Unidos”; lo que de alguna manera la sujeta a cierta dimensión colonial. Habría que insistir en la “textura” ideológica de esta posibilidad. Cuba ha devenido colonia ideológica de partidos y discursos de izquierda que han ido construyendo lo que Rojas nombra como “colonialismo al revés”, a partir de una trama que transfiere toda responsabilidad a Estados extranjeros y que descarta actores nacionales. Ese “colonialismo al revés” puede también entenderse como una configuración neocolonial de las izquierdas organizadas en torno a discursos asumidos, momificados tras plataformas partidistas, para los que cualquier pensamiento puede implicar amenaza o peligro.

En el discurso se tejen pensamiento y habla, lo dicho y lo escrito; pero cuando los discursos proliferan bajo la repetición de un pensamiento que no es puesto en cuestión, que deviene inamovible, es como si la práctica del pensar abandonara el discurso, lo deshabitara, para dejar en su lugar una construcción catacrética. El discurso es un espacio de disputa a través del cual se interpela o se afirma. Como ha expresado Foucault, “no es simplemente aquello que traduce las luchas o los sistemas de dominación, sino aquello por lo que, y por medio de lo cual se lucha, aquel poder del que quiere uno adueñarse”.[2] El poder hecho discurso, o el discurso como proliferación de determinado poder, refiere una producción enunciativa que apunta a la perpetuación de las ideas bajo una construcción retórica que debe fijarse, repetirse, memorizarse. Como si el poder se inmortalizara en el discurso. Un discurso que desea ser identificado como una voluntad de verdad y poder, que se afirma por sobre cualquier otra posibilidad discursiva, remite a la advertencia sobre la necesidad de reconocer “el discurso como una violencia que se ejerce sobre las cosas”. En los días que han seguido a los acontecimientos del 11 de julio en Cuba, he leído la repetición de frases en una letanía cacofónica, como si el sujeto que las pronuncia no fuera capaz de comprender la cosificación que produce.

Hace poco más de diez años, una reconocida investigadora y socióloga argentina interpeló a la izquierda latinoamericana respecto a la manera en que se ha congelado a Cuba en un arcaico deseo. Claudia Hilb directamente preguntó si lo que aún se defiende en la isla es lo que se quiso imaginar hace ya más de cincuenta años y que “muy pronto demostró que no sería”.[3] Se ha construido un discurso mítico en torno a Cuba que bien podría explicarse desde el modelo arcaico sugerido por Foucault al referirse a grupos de rapsodas entrenados en el arte de la recitación de un conocimiento que era protegido, defendido y conservado a la manera de un secreto, y que a la vez está vinculado a formas doctrinales que tienden a la difusión y a “la puesta en común de un solo y mismo conjunto de discursos”, donde “la única condición requerida es el reconocimiento de las mismas verdades y la aceptación de una cierta regla”, y donde los sujetos hablantes pueden ser sometidos a “reglas de exclusión”, cuando son formulados otros enunciados inadmisibles. Pese al profundo y documentado análisis que Claudia Hilb desarrolla en su libro sobre la construcción social, económica y política en Cuba, argumentando la insostenibilidad del credo mantenido por la izquierda hace más de medio centenar de años, sus palabras han sido recibidas con cautela por esa misma izquierda que aplica reglas de exclusión al pensamiento crítico.

El argumento desarrollado por Hilb en torno al “proceso revolucionario cubano” se centra en mostrar que la promoción de la igualdad, impulsada por la Revolución cubana, “estaba indisociablemente ligado a la conformación de un régimen de dominación total”. Hilb recabó datos duros que daban cuenta del fracaso económico de aquella “utopía”, aportó singulares reflexiones sobre el modo en que un hombre concentró el poder de manera absoluta mientras se convertía en el corifeo aplaudido por el pensamiento progresista latinoamericano. Silencio, Cuba cerraba con la esperanza de que lo expuesto en sus páginas aportara otra mirada a la izquierda democrática, la alentara a abandonar “su silencio vergonzoso” y su “apoyo explícito al régimen de dominación total surgido de la Revolución cubana”.

Han pasado diez años o casi once y, pese al profundo abismo al que hoy se enfrenta la promesa revolucionaria, el “pensamiento progresista” sigue repitiendo las mismas historias, los mismos mitos que ayudó a construir. Los hechos no cuentan. Es un comportamiento fanático, poseso, ante el cual no hay argumentos sino mimesis delirante. Ante las imágenes y testimonios de los hechos ocurridos a partir del 11 de julio en Cuba, la respuesta de la izquierda monolítica es repetir una consigna –“abajo el bloqueo”– que evidencia la anulación de la escucha y la imposibilidad del diálogo. Los problemas de Cuba no vienen del embargo, que no debería existir, pero que de ninguna manera justifica la represión desatada por el Estado. Pese al también llamado “bloqueo”, la oligarquía que monopoliza la producción y el comercio nacional e internacional ha continuado con sus visibles privilegios. Como ha expresado Erika Guevara, directora para las Américas de Amnistía Internacional, “el mayor exportador de alimentos y medicamentos a la isla es el propio Estados Unidos. El 80% del consumo proteínico de carne y pollo proviene de los Estados Unidos”, y sin embargo se ha “generado una narrativa como si se tratara de un bloqueo completo y se trata de un embargo económico y financiero”.

El discurso basado en la exclusión de toda diferencia, repetido por intelectuales y artistas latinoamericanos –que sin embargo defienden en sus países, como Colombia, Chile, Brasil, el derecho a la protesta pacífica–, resuena en mi presente como un mandato neocolonial. Decir, como han dicho, que entienden lo que sucede en Cuba pero que no pueden renunciar al “sueño” que los ha sostenido requiere de un alto grado de cinismo, o tal vez de cierta capacidad para los juegos de des/enmascaramiento. Los colonialismos se siguen produciendo de muchas maneras. Creo que varios estaríamos de acuerdo en que la pedagogía colonial se fue consolidando con los manuales “marxistas” y los “círculos de estudio” implementados por los partidos únicos de los totalitarismos.

Al régimen que gobierna en Cuba se le ha asociado a una dictadura que es un referente latinoamericano del terror impuesto por un grupo de poder militar. Pero, como ha dicho Claudia Hilb, “el concepto de dictadura tal como se usa es más una calificación moral que un concepto político conveniente para este tipo de régimen”, y es necesario considerarlo “en la senda de las definiciones de los regímenes totalitarios” o “régimen de dominación total”. En Cuba vivimos bajo las formas de control totalitarias –en lo económico, social y político– a la usanza del modelo soviético; fuimos educados bajo formas de control y vigilancia policial disfrazadas de formas colectivas barriales, como los Comités de Defensa de la Revolución, desde los cuales cada vecino es el vigilante e informante de lo que sucedía en casas contiguas. En consecuencia, el aparato de la policía secreta es la institución más eficaz en la isla, la más temida, pero también la más indeseada.

Desde las reflexiones de Michel Foucault sobre la biopolítica se ha entendido el dominio y control de la vida como forma de funcionamiento de los estados modernos. A partir de esta filosofía analítica sobre el poder, Achille Mbembe ha introducido consideraciones que implican una radicalización respecto al pensamiento biopolítico y una proposición analítica en torno a la necropolítica. La percepción del otro/la otra como una amenaza mortal o un peligro absoluto “cuya eliminación biofísica reforzaría mi potencial de vida y de seguridad” es planteada por Mbembe como parte de los imaginarios de las soberanías, tanto de la primera como de la segunda modernidad. Las relaciones entre Estado y terror provienen de fuentes múltiples, pero el terror siempre se ha erigido como componente necesario de lo político. El terror está ligado a la “creencia utópica del poder sin límites de la razón humana”, como también a “los diferentes relatos de la dominación y la emancipación, que se han apoyado mayoritariamente en las concepciones de la verdad y el error, de lo «real» y lo simbólico, heredadas del Siglo de las Luces”.[4] El terror revolucionario, tal y como se ha practicado, ha hecho de la pluralidad humana un obstáculo para “la realización final del telos predeterminado de la Historia”. Y en particular, expone Mbembe, “el sujeto de la modernidad marxista es fundamentalmente un sujeto que intenta demostrar su soberanía mediante la lucha a muerte”. El sacrificio y la muerte hacen parte fundamental de la retórica de este sujeto. Como sabemos desde nuestras experiencias de vida, la eliminación – de diversas maneras– del otro o la otra que piensa diferente no cabe en una sociedad no sólo no-plural sino totalitaria, como la cubana.

Para Mbembe la biopolítica es hoy insuficiente para explicar las tecnologías de sometimiento, e introduce el necropoder para pensar los procesos de dominación en la modernidad tardía. Expone la ocupación colonial de Palestina como situación de explícito necropoder donde violencia y soberanía reivindican un fundamento divino y la cualidad de pueblo se encuentra forjada por la veneración de una deidad mítica. Pienso, salvando las inmensas diferencias culturales, territoriales, religiosas, sociopolíticas, el modo en que esta expresión resuena para quienes habitualmente escuchamos los discursos de mitificación en torno a la Revolución cubana y su líder principal, idealizado como si se tratara de una deidad. Como si ese mito importara más que la vida de miles de personas y justificara los procesos represivos y el control absoluto bajo el cual vive su población.

Algunas de las reflexiones planteadas por Mbembe en la franja de Gaza para dar cuenta del funcionamiento de la forma específica del terror nombrada necropoder, pueden servirnos para pensar los modos en que operaran las políticas autoritarias en Cuba, donde también la vigilancia –como en los procesos de ocupación contemporánea– “está orientada tanto hacia el exterior como hacia el interior; el ojo actúa como un arma y viceversa”. Ese ojo en la isla es también una boca que habla: se llama delación, chivatería. Es una zona de vigilancia sociopolítica activada que convierte a todos en posibles enemigos. Para despojar al enemigo se le hurta cuanto sea necesario: se convence al casero para que te suspenda la renta y te eche a la calle, te decomisan obras y mercancías, te multan, te roban o confiscan tus medios de comunicación (teléfonos y, cuando hay, tabletas o computadoras), te cortan la electricidad y el internet, te organizan actos de repudio en el barrio, te ponen policías a vigilar el lugar donde vives e impedir que salgas a la calle, te interrogan, te golpean supuestos civiles que son militares camuflados, te detienen, te desnudan, te humillan, te desaparecen o te incomunican por días sin que ningún familiar puede saber dónde ni cómo te encuentras, te juzgan mediante procesos sumarios sin derecho a defensa, te convierten en su prisionero/a. Hay muchas maneras de matar, no necesariamente como muerte física, sino sobre todo como muerte social, política, hasta reducirte a lo que ellos –los señores del poder– llaman “marginales”, “contrarrevolucionarios”, “mercenarios”. Dar la muerte es intentar reducir al otro a un/a “ilegal” en su propio país, un/a sin derechos.

El encadenamiento de poderes múltiples disciplinares, biopolíticos y necropolíticos, como ha pensado Mbembe para la modernidad tardía, aporta un conjunto de reflexiones y nociones necesarias para comprender el régimen de dominación totalitaria en Cuba. También las problemáticas del neocolonialismo, como determinadas estrategias decoloniales, pueden ayudarnos a pensar la producción discursiva y performativa en torno a Cuba. La proliferación de “ficciones que crean la ilusión de lo real” en los discursos de quienes además participan de la lógica de la “ficcionalización del enemigo” –cito a Mbembe– no puedo sino pensarla desde un posicionamiento de izquierda neocolonial. A Cuba la han hecho discurso, bandera ideológica, colonia del imperio totalitarista.

En estos días he recordado la conversación entre Zygmunt Bauman y Leonidas Donskis. Para el sociólogo polaco “la adiaforización del comportamiento es uno de los problemas más sensibles de nuestra época”.[5] Adiaphora, el término de la ética estoica, es retomado aquí para reflexionar sobre la retirada temporal de la sensibilidad, no sólo en la escena –de la vida– contemporánea, sino desde antaño, cuando se contemplaban las ejecuciones públicas del terror revolucionario que se infligían a los llamados “enemigos del pueblo”. La adiaforización es una estratagema para situarse fuera del universo de responsabilidades ante situaciones que pueden ser llamadas “irrelevantes” o que parecieran necesarias para defender un “fin superior”. El comportamiento adiafórico de tantas personas que además justifican –cuando no niegan– los hechos, hace suponer entonces que el drama o la tragedia de muchas vidas es irrelevante para la continuidad del idilio revolucionario. En la trayectoria de la banalidad del mal (Arendt), Bauman y Donskis han considerado “formas anónimas de insensibilidad que pasan inadvertidas”: “En nuestra época, el mal es mucho más difícil de reconocer, se oculta bajo diversas máscaras de un anonimato que declama una retórica cuasi liberal y se «invisibiliza» mucho mejor que cuando se erguía despojado de todo camuflaje”.

Las palabras son un escenario, afirmaba Mijaíl Bajtín. Las palabras expresan y enmascaran, despliegan o reducen realidades: “Las palabras dichas están impregnadas de lo supuesto y lo no dicho”.[6] El silencio, lo no dicho, también despliega energía y comunica. Si el silencio afecta es porque actúa. El silencio, como las palabras, es performativo. Pienso que en el silencio y en la repetición cacofónica de buena parte de la izquierda hay un comportamiento adiafórico, una performatividad cuya trama es neocolonial.


Notas:

[1] En estos tiempos ha sido de especial importancia el diálogo con algunos amigos a quienes agradezco su acompañamiento intelectual y afectivo. Quiero agradecer a Rubén Chababo, principal interlocutor en estos días cargados de dolor y rabia, y desde hace meses, cuando nos acercamos –gracias al contacto de Ana Longoni– y comenzamos a intercambiar recuerdos, memorias encarnadas en nuestros cuerpos, de los años vividos en Cuba, de las escrituras y lecturas de hombres y mujeres que desbordan la dimensión insular y que son parte de nuestros imaginarios y alientos. A Rubén le agradezco su pensamiento, la experiencia que me ha ido compartiendo, las lecturas que me fue indicando. Gracias a él he leído un texto fundamental para pensarnos hoy, como lo es Silencio, Cuba, de Claudia Hilb.

[2] Michel Foucault: El orden del discurso, Tusquets, Barcelona, 2005, p. 15. Todas las citas de Foucault en el texto son tomadas de esta edición.

[3] Claudia Hilb: Silencio, Cuba. La izquierda democrática frente al régimen de la Revolución cubana, Edhasa, Buenos Aires, 2010, p. 127. Todas las citas de Hilb han sido tomadas de esta edición salvo que se indique lo contrario.

[4] Achille Mbembe: Necropolítica, Melusina, Santa Cruz de Tenerife, 2011, p. 28. Todas las citas de Mbembe son tomadas de esta edición.

[5] Zygmunt Bauman y Leonidas Donskis: Ceguera moral. La pérdida de sensibilidad en la modernidad líquida, Paidós, Barcelona, 2015, p. 10.

[6] Mijaíl Bajtín: Hacia una filosofía del acto ético. De los borradores y otros escritos, Anthropos/ Universidad de Puerto Rico, Barcelona/ San Juan, 1997, p. 123.

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Ileana Diéguez. Profesora investigadora en el Departamento de Humanidades de la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Cuajimalpa, Ciudad de México. Su trabajo se centra en las problemáticas de las prácticas artísticas y estéticas, las memorias, las representaciones de las violencias, el duelo, la performatividad de la falta por desaparición forzada, las teatralidades y performatividades expandidas y sociales. Entre sus libros destacan Cuerpos sin duelo. Iconografías y teatralidades del dolor (2013, aumentado y corregido en 2016); Cuerpos ex/puestos. Prácticas de duelo (2009); y Escenarios Liminales. Teatralidades, performances y política (2007, traducido al portugués en 2011, aumentado y revisado en 2014). Es curadora independiente de exposiciones y proyectos vinculados a los temas que investiga.

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