Enfermos crónicos en Cuba: la salud a merced del mercado informal 

Generalmente, por cada municipio existe un grupo de Telegram con el nombre de “Farmacia”, en el cual los vendedores de medicamentos publican a diario sus ofertas.
Un anciano hipertenso muestra sus medicamentos
Un anciano hipertenso muestra sus medicamentos (Foto de la autora)

SANTA CLARA, Cuba ― Hace tres meses que ni Josefa ni su esposo, ambos diagnosticados con hipertensión arterial, han logrado alcanzar los medicamentos recetados por el llamado tarjetón en la farmacia que corresponde a su consultorio, lo mismo que la mayor parte de sus vecinos. Lo han intentado varias veces, pero apenas corre el rumor de que ha llegado un nuevo lote de medicinas a la farmacia, las colas se forman y alargan, a veces incluso antes de que las encargadas de esos establecimientos logren contabilizar y organizar el despacho. En teoría, el stock debería coincidir con lo que necesita cada paciente; en la práctica, nunca alcanza para cubrir la demanda.

“A mí me mandaron el enalapril que no viene hace siglos y me dijeron que ya no va entrar más, por lo que tuve que cambiarlo por otro que me da tremendos dolores de cabeza”, dice la anciana, que también padece de hipotiroidismo y diabetes. Gran parte de los adultos de la tercera edad en Cuba sufre a la vez varios tipos de enfermedades crónicas que exigen, por lógica, medicación estable. 

Muchas veces, y ante las crisis de escasez de medicamentos prescritos, los cubanos hipertensos se ven obligados a buscar sucedáneos en el mercado informal, aunque la bibliografía médica advierte que estos cambios bruscos sin supervisión pueden generar efectos secundarios como la misma variabilidad tensional marcada. 

Medicamentos antihipertensivos comprados en el mercado informal (Foto de la autora)

En total, a Josefa Martínez le deberían vender con frecuencia mensual unos seis medicamentos incluyendo los diuréticos: “No me acuerdo cuando fue la última vez que los tuve todos a la vez, fue hace muchos años”, asegura. “Para no morir, he tenido que comprarlos por la calle”. El costo total de los fármacos que utiliza —entre los antihipertensivos y otros como la levotiroxina y la metformina— asciende a un promedio superior a 3.500 pesos, cifra muy por encima del monto que percibe por su jubilación.

La escasez de medicamentos en las farmacias cubanas comenzó a hacerse evidente desde mediados de la década de 2010, pero se intensificó en plena pandemia alcanzando niveles críticos. En aquel entonces, los informes de BioCubaFarma, el grupo empresarial que concentra la producción y desarrollo de fármacos en Cuba, arrojaban un déficit de casi un centenar mensual de los correspondientes a tratamientos ambulatorios. Lo que parecía una crisis transitoria, terminó agravándose hasta los días de hoy con faltantes de más del 60% del llamado Cuadro básico. El último reporte de medicamentos en falta disponible en la web de esta entidad, responsable de suministrar 395, advierte que 255 de ellos estaban en falta al cierre de enero de 2025. Hasta el momento, no existen estadísticas actualizadas sobre el año en curso. 

“Los medicamentos no están”

En el tarjetón de Juan de Jesús, otro jubilado de 69 años, aparece la prescripción de dos medicamentos para tratar su tensión arterial elevada. Tras cuatro meses sin consumir el amlodipino, la última vez que el medicamento entró a su farmacia del reparto Condado solo le dieron dos blísteres, y ninguna hidroclorotiazida, el diurético correspondiente a su tratamiento. Cada blíster del antihipertensivo contiene solamente 10 unidades, por lo que en total ni siquiera le alcanzaron para cubrir la demanda mensual que necesita. Sucede que cuando llegan los fármacos solo entregan los correspondientes al mes en curso, sin los atrasos pendientes, ni para etapas posteriores.

Una farmacia vacía en Santa Clara (Foto de la autora)

“Mi jubilación no llega a los 4.000 pesos y, si cuento lo que me cuestan las pastillas, me quedaría con 200 nada más para vivir”, asegura el anciano, que nada más toma los medicamentos cuando entran a la farmacia y dice sentir malestar cuando supone que tiene la presión alta. “No me ha dado el infarto, pienso yo, por la cantidad de cocimientos que tomo”.

Un doctor del Hospital Provincial de Villa Clara consultado, que solicitó el anonimato para evitar represalias en su contra, advirtió al respecto que la discontinuidad en el consumo de fármacos resulta extremadamente peligrosa para la vida de los pacientes. Lo describe que “es como abrir y cerrar una llave”, ya que la presión sube y baja sin lograr una estabilidad. Además, subraya que puede derivar en descompensaciones y llevar al hipertenso a quedar expuesto a un riesgo alto de infarto, accidente cerebrovascular, retinopatías o daño renal. “Es cierto que hasta nosotros mismos los médicos, les recomendamos buscar en el mercado informal, si pueden pagarlos, claro está, pero lo peor es dejar de consumirlos”.

Comprobante manuscrito de una compra en el mercado informal de Santa Clara
Comprobante manuscrito de una compra en el mercado informal de Santa Clara (Foto de la autora)

El mercado informal de medicamentos en Cuba comenzó a engrosarse con la entrada en vigor de la Resolución 309 del Ministerio de Finanzas y Precios en 202, la cual autoriza la importación de estos sin carácter comercial, sin límites en su valor y exenta del pago de aranceles de aduana. Las ventas se gestionan mayormente a través de Telegram, al ser una plataforma que ofrece mayores facilidades para la creación y funcionamiento de grupos sin restricciones específicas sobre la compraventa informal, a diferencia de Facebook, donde las políticas de Meta bloquean las publicaciones relacionadas con medicamentos.

En un escenario de crisis prolongada, la comercialización de fármacos en Cuba está reservada solamente para el MINSAP, según la Ley 141 de Salud Pública. Los medios estatales han insistido en que solo las farmacias son las autorizadas a vender medicamentos y que cualquier “otra acción que se haga fuera de ese contexto es ilegal y constituye un delito”. Es decir, cualquier cubano puede importarlos, pero no puede comercializarlos; una paradoja que deja en desventaja a quienes no cuentan con familiares en el exterior, y que solo pueden acceder a ellos mediante esta vía. 

A finales del año pasado, el sitio oficial Cubadebate publicó un artículo en el que se recalcaba lo anterior. El medio incluyó declaraciones de Cristina Lara Bastanzuri, directora de Medicamentos y Tecnologías Médicas del MINSAP, quien reconoció la gravedad objetiva de la situación: “Hay un desabastecimiento prácticamente total en la farmacia. Eso es real, los medicamentos no están”. 

En peor situación: los epilépticos

Generalmente, por cada municipio existe un grupo de Telegram con el nombre de “Farmacia”, en el cual los vendedores de medicamentos publican a diario sus ofertas. Por testimonios de pacientes que los compran con regularidad, así como de mensajeros y vendedores, conocemos que estas operaciones se realizan mayormente a través de perfiles con sobrenombres e incluso líneas telefónicas que no pertenecen a la fuente primaria. Para evitar ser rastreados, tampoco ofrecen direcciones exactas, limitan la transacción al servicio a domicilio y suelen desconfiar cuando les escriben solicitándoles con insistencia fármacos de producción nacional. 

Tras una búsqueda en uno de estos canales se advierte que existen muy pocas ofertas de medicamentos importados destinados a controlar la epilepsia, una enfermedad crónica que requiere tratamiento continuo y cuya interrupción coloca al paciente en riesgo inmediato de crisis. Los que están a la venta de forma pública, como el clonazepam o el valproato, se comercializan a casi 1.000 pesos por blíster. A este costo se le suma el valor de servicio a domicilio. Si hace cuatro años la mensajería en zonas céntricas de ciudades con extensión promedio como Santa Clara costaba unos 100 pesos, ahora vale el triple, pero en otras como Camagüey o La Habana tan solo la entrega puede llegar a costar miles. 

“Esto es una cuestión de vida o muerte, no es un lujo”, dice Patricia, madre de un menor de cinco años que padece episodios críticos de epilepsia y arritmia, y que incluso sufre pérdida de conciencia momentánea. “Se me queda con la mirada fija y también ha convulsionado. Como nunca se sabe si van a venir o no [los medicamentos] a la farmacia, empiezo a comprarlos por precaución desde antes que se me acaben. Lo peor es que últimamente los vendedores no quieren meterse en esa candela y están en falta hasta en las mismas farmacias particulares”. 

En la zona hospitalaria de Santa Clara, existe un mercado al aire libre al que llaman “La Candonga” y donde puede hallarse a la venta solapada toda clase de insumos médicos desaparecidos de las propias instalaciones de salud. Sin embargo, en los últimos tiempos los comerciantes han evitado exponer al público este tipo de mercancía, sobre todo porque en meses recientes se notificaron sanciones a vendedores de medicamentos de uso controlado en el país.

Medicamentos a la venta en La Candonga, en Santa Clara (Foto de la autora)

Una nota publicada en Cubadebate presentó recientemente el caso de la candonga del puente de 100 y Boyeros en La Habana, donde se vendía la carbamazepina, “un fármaco que requiere supervisión médica estricta” y que allí “se ofrece como si fuera una mercancía cualquiera”, según el medio citado. Cubadebate subrayó que quienes vendan psicotrópicos o sustancias de efectos similares pueden verse involucrados en un delito de tráfico de drogas.

Estos medicamentos están regulados por la Aduana General de la República, que impide su ingreso al país sin la debida certificación médica traducida al español y legalizada, y la historia clínica que justifique el tratamiento. En la práctica, esto significa que fármacos como carbamazepina, fenitoína, clonazepam o valproato de sodio, indispensables para el control de las crisis de epilepsia, solo pueden importarse en cantidades limitadas y estrictamente vinculadas al tiempo de permanencia del paciente. El doctor consultado refiere que son pocos los médicos que se arriesgarían a recetar este tipo de medicamentos a personas que no padecen la enfermedad para que lo ingresen al país. Todo ello condiciona que quien logra traerlos por la vía de equipaje acompañado, por lógica, lo venda a precios en extremo privativos.

Un frasco de 100 píldoras de carbamazepina alcanza el precio de 4.000 pesos en el mercado informal. A muchos pacientes que padecen de crisis parciales con sintomatología compleja y pérdida de la conciencia les recetan unas tres pastillas diarias. “Un mes las dejé de tomar y me dio una convulsión tan grande que hasta puntos me tuvieron que dar en la cabeza”, recuerda María Claudia, una santaclareña que padece epilepsia. Para poder comprarse el tratamiento íntegro, esta madre de dos niñas revende ropa y artículos de aseo en la puerta de su casa cuando termina su jornada laboral como dependiente gastronómica. “El dinero que pudiera tener para darles una mejor vida y mejor alimentación a ellas, se me va en medicamentos”, lamenta. 

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