Jinetear o luchar en los tiempos de la pandemia

Jinetear o luchar en los tiempos de la pandemia

La pandemia de coronavirus y el cierre de fronteras asestaron un duro golpe contra los trabajadores sexuales de la Isla, quienes ya se movían en una zona de la sociedad cubana negada por el oficialismo.

El turismo sexual es uno de los mayores atractivos del destino Cuba. En la foto, una discoteca de La Habana. (Foto del autor)

LA HABANA, Cuba. – “Nunca me acosté con un cubano ni cobré menos de 40 dólares”, dice la joven Yaíma después de aceptar que las cosas no le han ido bien, que incluso tuvo el peor fin de año de su vida, aun cuando a mediados de noviembre de 2020 comenzaron a llegar los turistas extranjeros a La Habana con la reapertura del aeropuerto.

Debido al confinamiento pasó un par de meses sin trabajar, encerrada en el cuartico que, por 30 dólares al mes, rentaba en Luyanó junto a Daniel, su pareja. Pero el dinero se les acabó y, para no quedarse en la calle y ser deportados por la policía a su natal Cienfuegos, Yaíma echó a un lado la selectividad y volvió a su oficio de prostituta. Incluso arriesgándose a terminar contagiada con la COVID-19, ella que es asmática, además de portadora de VIH y, por tanto, aún con solo 23 años pudiera desarrollar un cuadro grave de la enfermedad. Igual se pondría en riesgo Daniel, también seropositivo.

“Siempre dije que jamás me iría con un cubano. Ni yo ni mi marido. Era la regla número uno; la número dos era que por menos de 40 pesos (dólares) no hacíamos nada. Lo otro es que él luchaba por su lado y yo por el mío, pero jamás tríos ni nada de eso, porque el objetivo era encontrar un yuma (extranjero) que nos sacara de Cuba, no un descarado, y con eso del relajo no se llega a nada. No son momentos de ponerse a escoger, ni siquiera a pensar en lo malo que nos puede pasar”, dice la joven desde la resignación, con poca fe en que retornen los tiempos en los que soñaba con reunir dinero suficiente para emigrar y, con algo de suerte, comenzar una vida diferente a la que tiene en Cuba.

“Ahora es hacer el día. Si puedes comer y pagar el alquiler ya es bastante. Los cubanos no pagan más de 20 dólares. Ya que te paguen eso es un milagro. Ni siquiera los cubanoamericanos quieren pagar más de 20; piensan que las cosas en Cuba siguen igual que antes. Con ese dinero no se compra casi nada. Un jabón que antes costaba centavos ahora cuesta dos y tres dólares, y también los alquileres han subido el doble porque mucha gente los han puesto en dólares, en euros, no aceptan moneda nacional o te cogen a 35 y 37 pesos el dólar, sabiendo que la gente no tiene de dónde sacarlos. El cubano es así de abusador con el propio cubano; para unas cosas quieren libertad pero para otras enseguida sacan el abusador y el chivato que llevan dentro”, dice Yaíma, y posiblemente un criterio tan amargo se justifique con sus malas experiencias.

De acuerdo con su testimonio, un vecino del barrio, presidente del CDR (Comité de Defensa de la Revolución) en la cuartería donde vivió hasta octubre del año pasado, y a quien no quiso aceptar como cliente, amenazó con denunciarla a la policía. Incluso Daniel, el esposo de Yaíma, fue encerrado en un calabozo durante tres días, acusado de proxenetismo, después de una pelea con el sujeto que los chantajeaba.

“Daniel no es chulo (proxeneta) mío. Jamás lo ha sido. Ni él me pide dinero ni yo a él. Llegamos a La Habana como amigos, para luchar juntos, y aquí nos hicimos pareja, pero no es mi chulo. La cosa se puso difícil. No había una discoteca abierta, las calles estaban peladas, entonces empezamos a matar jugada en el cuarto. Cuando él conseguía algo yo salía a dar una vuelta hasta que él terminaba, y cuando yo tenía clientes él se iba un rato. Hasta que el viejo descarado ese se llevó el pase y quiso chantajearme. Me dijo que tres dólares por estar conmigo pero le dije redondamente que no, y ya después llamó a la policía, dijo que Daniel era mi chulo, que aquí entraban menores. Lo que él no sabía es que yo conozco a muchos policías y a los tres días soltaron a Daniel. Pero nos tuvimos que mudar porque el muy chivatón se encarnó”, cuenta la joven.

Antes del cierre de fronteras por el coronavirus, en marzo de 2020,  Daniel, de 25 años, ganaba entre 50 y 100 dólares diarios por sus servicios sexuales, ofrecidos exclusivamente a turistas extranjeros, hombres y mujeres que lo contactaban por Internet días antes de viajar a la Isla. La mayoría eran clientes que repetían con él o con Yaíma, también personas que llegaban por recomendación o que leían los anuncios y veían las fotos que él mismo había subido a sus perfiles en redes sociales. 

No es un secreto que buena parte de los turistas que vacacionan en Cuba vienen atraídos por los servicios sexuales de jóvenes que se promueven en Internet. La Isla ha alcanzado fama internacional por ser un destino de sol y playa pero, sobre todo, por lo fácil y barato que resulta el comercio sexual en las calles, y por burlar las leyes que lo prohíben. En La Habana, donde a ratos y sobre todo en las noches pareciera que la búsqueda desesperada del placer y el dinero lo inundan todo, “luchadores” y “luchadoras” suelen ir al seguro a bares, playas y hoteles del centro de la ciudad cuando no tienen una cita previa.

De modo que Daniel y Yaíma “resolvían por ahí” cuando la situación no era la mejor. En especial en temporada baja del turismo, es decir, desde mayo hasta octubre. Entonces el joven, acompañado de su esposa, recorría los bares, discotecas y hoteles de La Habana Vieja, el Vedado y Miramar en busca de clientes o al menos de esa compañía azarosa que, aún sin tener que llegar a la cama, les ofrecía comida y diversión gratis en una ciudad que se torna extremadamente aburrida, ridícula y miserable cuando se es un cubano que vive de un salario estatal.

“Para los ‘yumas’ Cuba no es lo mismo que para uno”, dice Daniel: “A veces salíamos solo para eso. Para que alguien nos invitara a una discoteca, a una casa en la playa y pensar que éramos igual que un extranjero. Llega el momento en que no sabes si jineteas (te prostituyes) por dinero o por sentirte que eres un tipo normal en tu propio país, que puedes sentarte a tomar una cerveza, comprarte el par de zapatos que te gusta, sin pensar que vas a estar pasmado al otro día (sin dinero)”. 

Y continúa Daniel: “Muchos amigos que conozco, que están en la lucha igual que yo, lo hacen por eso. Por eso no se van con cubanos. Es la ilusión de sentirse normal”, señala Daniel con un peculiar tiempo remoto, como si se refiriera a otra vida ya muy lejana, irrecuperable. Pienso que no intenta justificar lo que hizo y lo que hace, porque ni siquiera asume la prostitución como algo “malo” o “bueno”, sino que apenas revela sus frustraciones y, a la vez, sus aspiraciones desde la conciencia de ser un “ciudadano de segunda”, como lo somos casi todos los cubanos frente a un visitante extranjero.  

“Yo me gradué de Informática, aprendí inglés, fui profesor de secundaria y hasta trabajé de mesero en una paladar de Cienfuegos; también componía canciones y dibujaba pero de nada me sirvieron esas cosas. Ni siquiera me gustan los hombres, jamás me imaginé estar con un hombre, y nada, no pasa nada, el simple hecho de sentirme normal en mi propio país me hizo hacer lo que hago. Hoy tengo VIH por andar en este mundo pero no hago drama. Esto no es lo que me gusta hacer, creo que a nadie le gusta, pero me da la posibilidad de alcanzar lo que quiero. Eso es lo que vale”, sostiene quien hoy, a diferencia de Yaíma, no ha dejado de soñar con escapar de Cuba, tal como lo planearon los dos al principio, cuando llegaron a La Habana en 2016, confiados en sus cuerpos jóvenes, en la belleza indiscutible de ambos, muy seguros de que en apenas un par de años alcanzarían sus metas.

“Me parecía fácil en aquel momento. Había días de 100 dólares, el día más malo eran 50 pero así como mismo entraba el dinero se nos iba. Llegamos de Cienfuegos con un par de trapitos, parecíamos unos bichos raros, y cuando empezó a entrar dinero era ropa y discoteca todos los días, y dinero para mi mamá, cigarros buenos. Guardábamos dinero, por supuesto, pero no todo el que debimos guardar. ¿Quién se iba a imaginar que vendría una pandemia? Todo el dinero que hicimos se nos fue pero yo sé que voy a volver a reunirlo, no ahora ni mañana pero yo estoy seguro de que sí. Yo tengo que ver algún día cómo es vivir afuera, cómo es tener una vida normal, porque aquí en Cuba esto no es vida, esto no es nada”, insiste el joven mientras sonríe y mira a su mujer, como intentando transmitirle el optimismo que la muchacha dejó atrás con el año que se fue. 

Yaíma lo escucha pero mueve ligeramente la cabeza de un lado a otro, negándose a aceptar que, tal como van las cosas en Cuba, pueda haber para ellos un destino semejante a sus sueños. Niega con una discreta sonrisa en la que intenta ocultar la profunda tristeza que la desborda.

Un poco más tarde, mientras el joven conversa en la puerta con unos amigos que han llegado para convencerlo de ir a un party en casa de un “puntico” (un cliente), un cubanoamericano recién llegado del “Yuma” que pagará 10 dólares a cada uno, solo por tocarlos, Yaíma me dice en voz baja, para que Daniel no la escuche:

“Él sueña mucho. A veces pienso que no es normal. Ahora estamos sobreviviendo, cerrando los ojos y tragando buches amargos porque no se puede ser demasiado exquisito, lo que venga hay que aceptarlo, sea cubano o extraterrestre. La cosa es aguantar hasta que esto pase. Si es que pasa algún día porque esto parece no tener fin. Hay un alquiler que pagar, comida que comprar y no la hay en ningún lado, y nosotros tenemos que comer. Con VIH  y para colmo con coronavirus hay que comer, si no esa cosa va para arriba y entonces se acabó todo”.

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Ernesto Pérez Chang (El Cerro, La Habana, 15 de junio de 1971).
Escritor.
Licenciado en Filología por la Universidad de La Habana.
Cursó estudios de Lengua y Cultura Gallegas en la Universidad de Santiago de Compostela.
Ha publicado las novelas: Tus ojos frente a la nada están (2006) y Alicia bajo su propia sombra (2012).
Es autor, además, de los libros de relatos: Últimas fotos de mamá desnuda (2000); Los fantasmas de Sade (2002); Historias de seda (2003); Variaciones para ágrafos (2007), El arte de morir a solas (2011) y Cien cuentos letales (2014).
Su obra narrativa ha sido reconocida con los premios: David de Cuento, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), en 1999; Premio de Cuento de La Gaceta de Cuba, en dos ocasiones, 1998 y 2008; Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar, en su primera convocatoria en 2002; Premio Nacional de la Crítica, en 2007; Premio Alejo Carpentier de Cuento 2011, entre otros. Ha trabajado como editor para numerosas instituciones culturales cubanas como la Casa de las Américas (1997-2008), Editorial Arte y Literatura, el Centro de Investigaciones y Desarrollo de la Música Cubana. Fue Jefe de Redacción de la revista Unión (2008-2011).

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