LA HABANA.- Por mucho que los mandamases digan estar agradecidos a Claudia Sheinbaum, la presidenta de México, por su ayuda y su alcahueta solidaridad, deben de estar bastante decepcionados con ella por la suspensión de los envíos de petróleo a Cuba ante el cerco energético impuesto por el Gobierno norteamericano.
La discípula y sucesora de Andrés Manuel López Obrador, que es como su alter ego femenino en populismo y tejemanejes politiqueros, ha demostrado ser lo suficientemente astuta como para quedar bien tanto con Donald Trump como con el régimen castrista, mientras continúa «la Cuarta Transformación» que inventó e inició AMLO.
A un castrista acérrimo de mi barrio, a propósito de lo que él calificó como “el pie que se dejó meter por los yanquis el Gobierno mexicano con el petróleo que enviaba a Cuba”, le escuché comentar en una cola, utilizando el lenguaje asere: “Esa Sheinbaum es amiga del muerto y ambia del matador”.
Pese a los varios rifirrafes que ha tenido Sheinbaum con Trump —como el que sostuvieron a propósito de la intención del presidente norteamericano de cambiar el nombre del golfo de México por el de golfo de América—, ambos han mantenido un trato cordial. Trump ha hablado maravillas de ella y ha dicho que la admira. Y Sheinbaum se hace la que no toma demasiado en serio las ocurrencias de Trump.
La presidenta mexicana, a pesar de la retórica izquierdista de su discurso y de su nacionalismo soberanista, termina encontrando modos de entenderse con Trump y aceptar sus exigencias, ya sea mediante la cooperación con la Administración para el Control de Drogas (DEA) en la lucha contra el narcotráfico, el reforzamiento de la frontera con Estados Unidos, la entrega de criminales solicitados por la justicia norteamericana o la recepción de deportados.
¿Qué va a hacer Sheinbaum con un vecino así? Recordemos aquella vieja frase sobre México: “Tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”.
Tal vez eso de las distancias influya en el hecho de que Claudia Sheinbaum, haciendo gala de un revanchismo indigenista trasnochado, no cese de exigir a España que pida perdón por la conquista de México. No puede pasar página ante el hecho de que Hernán Cortés y sus hombres, que estuvieron a punto de ser aniquilados en Tenochtitlan, lograran destruir el imperio azteca con engaños, supercherías y la ayuda de la Malinche y de los pueblos sojuzgados por los aztecas (véase Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, escrita por un participante y testigo de los hechos, Bernal Díaz del Castillo).
Buenas relaciones con Estados Unidos aparte, la presidenta mexicana, siempre que puede y que eso no le trae demasiados problemas, sigue mostrándose obsequiosa con el régimen cubano, agasajándolo y buscando argumentos para justificar sus tropelías.
En eso, Sheinbaum y AMLO han superado a todos los gobiernos mexicanos anteriores. México fue el único país latinoamericano que mantuvo ininterrumpidamente sus relaciones diplomáticas con Cuba cuando los demás las rompieron en la década de 1960. Como contrapartida de esa actitud, el régimen castrista se abstuvo de respaldar abiertamente los movimientos guerrilleros mexicanos y de condenar la masacre de estudiantes en Tlatelolco en 1968.
Uno de los pocos disgustos entre ambos gobiernos ocurrió cuando Fidel Castro dijo que los niños mexicanos conocían más al Pato Donald que a los próceres patrios. El peor fue cuando el Comandante grabó y divulgó la conversación telefónica en la que el presidente Vicente Fox, que lo había invitado a comer un cabrito, le pidió que comiera y se fuera para que no coincidiera con el presidente norteamericano George W. Bush.
Sheinbaum y su mentor, AMLO, siguen admirando a Fidel Castro y, aunque no lo confiesen, parecen envidiarle a él y a sus sucesores su larga permanencia en el poder y su modo de imponer sus designios al margen de esas boberías de la democracia. Si ellos dispusiesen de la mitad de los poderes de los mandamases castristas, podrían implementar en México no solo la Cuarta, sino todas las transformaciones que se les antojaran. ¡Vaya personajes!
Para explicar la existencia de políticos así, hay que remontarse a la Revolución mexicana. Aquel enrevesado y sangriento lío a tiros, protagonizado por liberales, anarquistas, populistas, agraristas y socialistas, tuvo personajes tan curiosos como Pancho Villa, una mezcla de bandido y revolucionario cuyo verdadero nombre era Doroteo Arango.
Los ejércitos campesinos de Pancho Villa y Emiliano Zapata, cuyos jefes eran pródigos en conferir grados de general a sus subordinados, llegaron a ocupar la Ciudad de México el 6 de diciembre de 1914. Ese día, Villa se hizo retratar sentado en la silla presidencial.
Luego, en 1916, tuvo la osadía de atacar Columbus, en Nuevo México, en represalia por el apoyo norteamericano al Gobierno de Venustiano Carranza. Aquella incursión ocurrió 25 años antes del ataque a Pearl Harbor y 85 antes de que los terroristas suicidas de Al Qaeda estrellaran aviones contra las Torres Gemelas y el Pentágono.
De la Revolución mexicana surgió el sistema político que acabaría convirtiéndose en la “dictadura perfecta”, como la definió Mario Vargas Llosa: la del Partido Revolucionario Institucional (PRI). Tras siete décadas de gobiernos del PRI y de sus antecesores, hubo una transición a la democracia y al pluripartidismo a la manera mexicana.
Con tanta violencia generada por el narcotráfico, la vida de las personas llegó a importar menos de lo que les importaba a los matarifes y gatillos sueltos de la época de la revolución. Y no fueron solo las víctimas de los cárteles de la droga. Desde que el Gobierno de Felipe Calderón alborotó el avispero al militarizar la lucha contra el narcotráfico, cientos de miles de mexicanos han sido asesinados o han desaparecido.
No pocos fueron ultimados por fuerzas de seguridad del Estado mexicano, particularmente por cuerpos policiales, proverbialmente corruptos y, en muchos casos, involucrados con los narcos y con políticos locales. Esa complicidad quedó expuesta en el caso de los 43 estudiantes de Ayotzinapa desaparecidos en 2014.
La institucionalidad, los partidos políticos: todo entró en crisis. Eso explica por qué AMLO, el eterno candidato que no se resignaba a perder una elección sin crear un caos, llegó a la presidencia. Y, tras él, su continuadora, Claudia Sheinbaum.










